Tres días después, Chen Yan llegó al campamento.
Sofía lo vio desde lejos, durante el entrenamiento matutino. Un grupo de soldados acababa de llegar desde la guarnición del este, con las botas polvorientas y los rostros cansados por la marcha. Entre ellos, uno destacaba sin hacer nada por destacar: era más joven que la mayoría, de porte sereno y hombros relajados, con una túnica que le sentaba mejor que a los demás. No llevaba armadura completa, solo una protección de cuero sobre el pecho, y el cabello recogido en una cola baja le rozaba la nuca.
El corazón le dio un vuelco.
No era su corazón. Era el corazón de Mulan.
Sofía se quedó inmóvil, la espada de entrenamiento colgando de una mano, mientras un torrente de sensaciones ajenas le inundaba el pecho. Reconocía ese rostro. O más bien, su cuerpo lo reconocía. Era como si cada célula de la piel tirara hacia ese hombre, como si los huesos le susurraran un nombre que su mente no conocía.
Chen Yan.
El amigo de la infancia. El que le había enseñado a trepar a los árboles, a nadar en el río, a silbar con una hoja de hierba entre los dientes. El que le había prometido, cuando eran niños, que se casaría con ella.
Pero también era el hombre que ahora la miraba con el ceño fruncido.
Sofía apartó la vista. Demasiado tarde.
Chen Yan se acercó caminando con paso tranquilo, esquivando a los soldados que se apresuraban a formar filas. Se detuvo a unos pasos de ella y la observó con una expresión que Sofía no supo interpretar: no era hostilidad, no era alegría. Era algo intermedio, suspendido entre la esperanza y la desconfianza.
—Mulan.
La forma en que pronunció ese nombre le atravesó el pecho. Había peso en esa palabra, una historia larga y compartida que Sofía no conocía pero que su cuerpo añoraba.
Sofía bajó la cabeza y asintió.
—Me dijeron que estabas aquí. Que habías venido en lugar de tu padre. No quería creerlo.
Chen Yan dio otro paso. Estaba lo bastante cerca para que Sofía pudiera oler el cuero de su armadura y algo más, un aroma limpio a jabón de ceniza.
—¿Estás bien?
Sofía asintió otra vez, sin levantar la vista.
—¿Por qué no me hablas?
Ella señaló su garganta y negó con la cabeza, el gesto que había perfeccionado hasta convertirlo en un reflejo automático.
—¿Estás enfermo?
Asintió.
Chen Yan guardó silencio. Luego, con un movimiento lento, metió la mano en su bolsa y sacó un ramillete de flores silvestres. Eran pequeñas, de un violeta pálido, con los pétalos ligeramente aplastados por el viaje.
—Las encontré de camino. Son de las que siempre te gustaban. ¿Te acuerdas? Las que crecían junto al río, cerca del viejo molino.
Sofía tomó el ramillete con manos torpes. No recordaba nada. No sabía qué río, qué molino, qué tardes compartidas estaban grabadas en la memoria del cuerpo que habitaba. Para ella, esas flores eran solo flores.
Pero el cuerpo de Mulan sí las recordaba. Los dedos le temblaron. Los ojos se le humedecieron sin que pudiera controlarlo.
—Has cambiado —dijo Chen Yan.
No era una pregunta. Era una constatación. Su tono no era dulce ni nostálgico: era frío, evaluador, como el de un cazador que examina unas huellas que no reconoce.
—No sé qué te ha pasado —continuó, bajando la voz—. Pero no eres la misma. Te mueves distinto. Miras distinto. Incluso hueles distinto.
Sofía sintió que la sangre se le helaba. Primero Xiao Ce. Ahora él. ¿Cuánto tardarían los demás en notarlo?
—No voy a preguntarte nada —dijo Chen Yan, y por primera vez su voz perdió parte de su frialdad—. No todavía. Pero necesito saber si la Mulan que yo conocía sigue ahí dentro.
La pregunta quedó flotando entre ellos como una espada suspendida de un hilo.
Sofía quiso responder. Quiso decirle la verdad: que ella no era Mulan, que Mulan probablemente había muerto o había desaparecido en el momento en que su alma ocupó ese cuerpo, que lo sentía más de lo que podía expresar. Pero todo lo que consiguió fue sostener el ramillete contra su pecho y negar con la cabeza, un gesto ambiguo que podía significar cualquier cosa.
Chen Yan la miró largamente. Luego asintió, como quien anota una información para procesarla más tarde.
—Cuídate —dijo.
Y se fue.
Sofía se quedó plantada en medio del campo de entrenamiento, las flores apretadas contra el corazón, mientras los soldados reanudaban sus ejercicios a su alrededor. Nadie parecía haberse percatado del intercambio. Nadie excepto A Chai, que se acercó con su paso despreocupado de siempre.
—¿Amigo tuyo? —preguntó, señalando con la barbilla hacia donde Chen Yan había desaparecido.
Sofía asintió.
—No parecía muy contento de verte.
Sofía negó con la cabeza.
—Bueno, no importa —A Chai se encogió de hombros—. Yo sí me alegro de verte. Y Piedra también. Y Dayong. Ya somos unos cuantos. Ese amigo tuyo se lo pierde.
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Editado: 03.06.2026