Mulan en mí

Capítulo 9: Chicha bajo sospecha

Dos soldados irrumpieron en la tienda a medianoche.

Sofía se despertó con el ruido de las botas sobre la paja. No eran los ronquidos de siempre. No era el viento. Eran vocales. Secas. Exigiendo algo.

—¿Quién tiene las hierbas? —gritó uno de ellos, un tipo cuadrado con una cicatriz en el mentón—. El médico dice que faltan provisiones. Alguien ha estado robando.

Sofía se quedó inmóvil en su petate. El corazón le golpeaba la garganta. Su bolsita de hierbas estaba bajo su almohada de paja. Si la encontraban, no sabría explicar por qué tenía plantas que no existían en este mundo.

—Nadie se mueva —dijo el otro soldado—. Vamos a revisar petate por petate.

A Chai se incorporó con los ojos hinchados.

—¿Qué pasa? —murmuró.

—Cállate —le espetó el de la cicatriz.

Empezaron por el otro extremo de la tienda. Sofía calculó mentalmente cuánto tardarían en llegar a su rincón. Tres petates. Luego dos. Luego el suyo.

Bai Ling gruñó bajito.

—Shh —susurró Sofía.

—¿Qué has dicho? —el soldado de la cicatriz se giró hacia ella.

Sofía negó con la cabeza y se señaló la garganta. El gesto de siempre. El soldado entrecerró los ojos y dio un paso hacia ella.

—A este lo reviso yo.

Entonces A Chai se puso en pie.

—¿Alguien quiere chicha?

Los dos soldados se quedaron mirándolo.

—¿Qué?

—Chicha. Una bebida. La hace él —señaló a Sofía con el pulgar—. Sabe a maíz y a algo raro, pero es buena. Mejor que el rancho.

—No estamos aquí para beber.

—Claro que no. Pero mientras revisan, pueden probarla. Total, las hierbas no se van a escapar.

A Chai sonreía con su diente roto y una expresión tan inocente que parecía idiota. Pero Sofía sabía que no lo era. Lo había visto distraer a Lao Chen en el entrenamiento con la misma técnica. El soldado de la cicatriz dudó. Luego resopló.

—Date prisa.

Sofía entendió. Agarró la olla que había estado preparando esa tarde —una mezcla improvisada de maíz silvestre, bayas rojas y agua— y sirvió dos tazas. Se las tendió a los soldados con las manos temblorosas.

El de la cicatriz bebió primero. Hizo una mueca.

—Sabe raro.

—Pero pasa —dijo el otro—. Mejor que el agua podrida del pozo.

Bebieron. Se fueron. No revisaron su petate.

Cuando las botas se alejaron, A Chai se dejó caer sobre su petate y soltó un suspiro.

—Casi nos pillan.

—Gracias —dijo Sofía, en un susurro.

—No me des las gracias. Enséñame a hacer esa bebida. Si voy a distraer soldados, al menos que sea con algo que sepa bien.

Sofía casi sonrió.

Pasó la noche en vela, abrazada a Bai Ling. No sabía quién había enviado a esos soldados. Pero sabía que alguien en el campamento estaba buscando una excusa para atraparla. Y la chicha, esa bebida improvisada que le recordaba a las tardes de su abuela en Surquillo, acababa de salvarle la vida.

Al día siguiente, preparó más.

Esta vez, los soldados se acercaron solos. Primero Piedra, que olía todo lo que cocinaba. Luego Zhou Dayong, que nunca hablaba pero siempre tendía su taza. Luego otros, atraídos por el aroma dulzón que flotaba entre las tiendas.

—Sabe a algo —dijo Piedra, relamiéndose—. No sé a qué. Pero es bueno.

—Sabe a maíz —dijo otro—. ¿De dónde sacaste esto?

Sofía señaló el bosque.

—¿Del bosque? ¿Y las bayas?

Asintió.

—Este mudo es un misterio —dijo Piedra—. Pero mientras siga cocinando, no me importa de dónde salió.

Esa noche, cuando todos se hubieron ido, A Chai se sentó a su lado.

—Esa bebida es rara. Pero es buena. Y ha hecho que los soldados te miren distinto. ¿Cómo se llama?

Sofía dudó. No sabía cómo traducir «chicha morada» al chino. Pero sí sabía cómo llamarla en su idioma.

—Chicha —dijo.

—Chi-cha —repitió A Chai—. Suena a nombre de princesa.

Sofía negó con la cabeza.

—Es de mi tierra.

—Pues en tu tierra saben beber.

A Chai se fue a dormir. Sofía se quedó junto a las brasas, Bai Ling enroscado en su regazo. Pensó en su abuela. En las tardes de verano en Surquillo, cuando preparaba chicha morada en una olla enorme y la dejaba enfriar en jarras de barro. «Bebe, Sofita», le decía. «Esto quita el calor mejor que cualquier refresco.»

Había salvado su escondite de hierbas con una receta de su abuela. No con magia. No con fuerza. Con maíz morado y bayas silvestres.

—Gracias, abuela —susurró en español.

Bai Ling levantó una oreja.




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