Mulan en mí

Capítulo 10: No lo aprendí en un campamento

El explorador rouran salió de entre los árboles. Yo lo vi antes que nadie. Pero no por soldado. Por cazadora.

—¡Agáchate! —grité.

Mi voz sonó rara incluso para mí. Demasiado aguda. Demasiado desesperada.

A Chai se tiró al suelo un segundo antes de que la flecha le pasara rozando la oreja. Se clavó en el tronco detrás de nosotros, vibrando como un diapasón.

—¿Cómo...? —empezó a decir.

—Después.

No había tiempo. Mi abuelo me había enseñado a leer el monte como otros leen un libro. Cada huella era una palabra. Cada olor, una frase. Y aquel olor —sudor de caballo, cuero mojado, acero— no pertenecía a este bosque.

Xiao Ce levantó la mano. Todos se congelaron.

—¿Cuántos? —me preguntó en voz baja.

Cerré los ojos. Escuché. Las ramas crujiendo al norte. El resoplido de un caballo al este. Un silbido apenas audible, como de alguien pasando un cuchillo por una piedra.

—Cinco —dije—. Quizás seis. A caballo.

Xiao Ce me miró. Sus ojos eran dos rendijas frías.

—¿Cómo lo sabes?

—Por el ruido. Por el olor.

—Eso no es de soldado.

No respondí. Ya había dicho demasiado.

Chen Yan estaba a mi izquierda. No hablaba, pero sentía su mirada clavada en mi nuca. Desde que llegó al campamento, me observaba como quien examina un mapa antiguo buscando una ruta borrada. No me había vuelto a ofrecer flores. Tampoco me había vuelto a preguntar quién era. Pero su silencio era peor que sus preguntas.

—Emboscada —dijo Xiao Ce—. Se esperaban a alguien. Pero no a nosotros. Chen Yan, flanco derecho. A Chai, conmigo. Mudo, quédate atrás.

—No.

Xiao Ce enarcó una ceja.

—Sé moverme en el bosque —dije—. Mejor que en el campamento.

Era la primera vez que le llevaba la contraria. No sé de dónde saqué el valor. Quizás del miedo. Quizás de la certeza de que si me quedaba atrás y algo salía mal, no podría perdonármelo.

Los exploradores rouran atacaron en ese momento.

Eran seis. Salieron de entre los árboles como fantasmas, las espadas curvas brillando bajo el sol pálido. Uno de ellos cargó directamente contra mí.

Mi cuerpo se movió antes de que mi mente pudiera pensar.

La finta de Aina se desplegó en mis músculos como un resorte: amago con el pie izquierdo, el jinete espera verme huir, y entonces mi cuchillo describe un arco ascendente hacia su muslo. No fue un golpe profundo, pero sí lo bastante doloroso para que soltara las riendas.

El caballo se encabritó. El jinete cayó.

A Chai lo remató antes de que pudiera levantarse.

—¡Mudo! —gritó—. ¿De dónde has sacado eso?

—De una amiga.

El combate duró menos de lo que esperaba. Los rouran, superados en número, se retiraron entre los árboles. Dos quedaron tendidos en el suelo. Los demás huyeron.

Xiao Ce limpió su espada con un trapo. Luego se volvió hacia mí.

—Ese movimiento. El que hiciste con el cuchillo. No es de ningún manual militar que yo conozca.

—Me lo enseñó alguien.

—¿Quién?

—Una mujer rouran. Se llama Aina.

Xiao Ce no parpadeó.

—¿Una rouran te enseñó a pelear?

—Me enseñó a sobrevivir.

Se hizo un silencio. Chen Yan dio un paso adelante.

—¿Desde cuándo conoces a una rouran?

—Desde la patrulla de la aldea fronteriza. Me curó una herida. Yo le di hierbas. Ella me enseñó la finta.

—¿Y no pensaste en decírnoslo?

—No preguntasteis.

Chen Yan apretó la mandíbula. Iba a decir algo más, pero Xiao Ce lo interrumpió.

—Basta. —Me miró fijamente—. Eso que has hecho hoy no lo aprendiste en un campamento. Ni con una rouran. Tus reflejos son de cazador. ¿Quién te enseñó a rastrear?

La pregunta cayó como un martillo. No podía decirle la verdad. No podía hablarle de mi abuelo, de los cerros de Cusco, de las tardes persiguiendo conejos con una honda de cuero.

—Mi familia —dije—. Cazábamos para comer.

—¿En qué aldea se caza así?

No respondí.

Xiao Ce asintió lentamente, como quien anota una información para procesarla más tarde.

—Está bien. No voy a obligarte a hablar. Pero quiero que sepas una cosa. —Dio un paso hacia mí—. Sea cual sea tu secreto, tarde o temprano saldrá. Y cuando salga, espero que estés de nuestro lado.

Se fue. Chen Yan se quedó un momento más.

—Yo también quiero saber —dijo—. Pero no voy a preguntar.

—¿Por qué?

—Porque cuando estés lista para contármelo, lo harás. Y si no lo haces... —Se encogió de hombros—. Supongo que tendré que aceptarlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.