Mulan en mí

Capítulo 11: Me llamo Aina

La encontramos al día siguiente, en una aldea fronteriza a medio abandonar.

Era un lugar desolado: casas de adobe con los techos hundidos, un pozo seco, los restos de una empalizada caída. La guerra había pasado por allí como un arado, dejando surcos de ceniza y destrucción.

—Aquí no queda nadie —dijo A Chai.

—Esperad.

Señalé hacia el fondo del camino. Una figura se apoyaba contra un muro de piedra. Era menuda, con el cabello recogido en una trenza apretada y un cuchillo en cada mano. Dos soldados rouran yacían a sus pies.

Aina.

—Habéis llegado tarde —dijo, escupiendo sangre—. Ya me he encargado yo.

Tenía un corte profundo en el antebrazo derecho. La sangre le empapaba la manga y le goteaba entre los dedos. Pero seguía de pie. Siempre seguía de pie.

—Necesitas que te cure —dije, sacando mi bolsita de hierbas.

—Necesito que me enseñes.

—¿Qué?

—Tus hierbas. La que me diste la última vez. Me salvó de una infección. Pero no sé prepararla. Enséñame.

Me arrodillé a su lado y empecé a trabajar. Limpié la herida con agua de mi cantimplora, mastiqué hojas de muña e hice una pasta verde que apliqué sobre el corte. Aina no se quejó. Apenas parpadeó.

—Eres rara —dijo—. Sabes curar. Sabes pelear. Pero no pareces soldado.

—Tú tampoco pareces rouran.

—Porque no lo soy. —Aina sonrió, esa sonrisa torcida que parecía una grieta en una pared de piedra—. Soy de los de abajo. Los que no mandan. Los que se mueren primero.

—Como yo.

—Como tú.

Aina me miró fijamente. Luego tomó su cuchillo —el más pequeño, el que llevaba al cinto— y me lo tendió por el mango.

—Toma. Es mi cuchillo de repuesto. Aprende a usarlo.

—Ya tengo uno.

—Ahora tienes dos.

Lo cogí. Era ligero y equilibrado, distinto del cuchillo tosco que me había dado Piedra. La hoja brillaba bajo el sol con un fulgor aceitoso.

—Mira —dijo Aina, poniéndose en pie—. Te voy a enseñar algo que no sabes.

Hizo un movimiento simple: un corte diagonal de abajo arriba, rápido como un latigazo. Luego una finta con el pie izquierdo, como si fuera a retroceder, mientras la mano derecha describía un arco ascendente hacia el flanco.

—No se trata de fuerza —dijo—. Se trata de velocidad y ángulo. Si esperas a que el enemigo termine su golpe, estás muerta. Tienes que entrar mientras él está a medio camino.

Repetí el movimiento. Fue torpe al principio, pero Aina me corrigió con paciencia, ajustándome el codo y la muñeca.

—No aprietes tanto el mango. El cuchillo no es un garrote. Tienes que sujetarlo como si acariciaras a un gato: firme pero suelto.

Aflojé los dedos. El siguiente corte me salió más fluido.

—Eso es. Ya estás aprendiendo.

Aina se sentó en una piedra y me miró.

—Hay algo que tienes que saber —dijo—. Alguien en tu campamento está preguntando por ti.

—¿Quién?

—No lo sé. Un hombre. No es un soldado raso. Tiene dinero. Ha ofrecido oro por información sobre «la soldado que cura con hierbas».

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿Cuándo?

—Hace dos días. Mis contactos me lo dijeron. No saben quién es, pero saben lo que busca. Te busca a ti.

—¿Por qué me cuentas esto?

Aina me miró con aquellos ojos oscuros que lo habían visto todo.

—Porque eres de las mías. Las que no encajan en ningún sitio. Esas nos reconocemos.

Se puso en pie y recogió sus cuchillos.

—Cuídate, curandera. Y practica la finta. La vas a necesitar.

Se fue sin mirar atrás. Xiao Ce, que había observado la escena desde lejos, se acercó.

—Esa mujer es peligrosa —dijo.

—Esa mujer me ha salvado la vida.

—¿Confías en ella?

—Sí.

—Entonces yo también.

Xiao Ce se alejó. Yo me quedé junto al muro de piedra, apretando el nuevo cuchillo entre las manos. Alguien me buscaba. Alguien con oro. Alguien que sabía lo de las hierbas.

Y solo había una persona en el campamento que podía permitirse pagar por esa información.

Gao Gong.

Aina reveló que alguien está buscando a Sofía. ¿Crees que es Gao Gong? ¿O hay otro enemigo oculto? ¡Deja tu teoría!
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