Mulan en mí

Capítulo 13: La primera vez que sangré

Los cuernos sonaron al amanecer. Tres toques largos, graves, que hicieron vibrar la lona de las tiendas.

Sofía se incorporó de un salto. A su lado, A Chai ya estaba de pie, la lanza en una mano y el casco en la otra.

—Es hoy —dijo, con una voz que no parecía la suya—. Los rouran atacan el puesto avanzado.

—¿Cuántos?

—Demasiados.

El campamento estalló en un caos organizado. Soldados corrían hacia la empalizada. Oficiales gritaban órdenes. Las catapultas —las que ella había ayudado a mejorar— se tensaban con el chirrido de las cuerdas. Sofía agarró su bolsa de hierbas, el cuchillo de Aina y un fardo de vendas limpias.

—Tú curas, no peleas —le dijo A Chai mientras corrían hacia el puesto avanzado.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. Te conozco. Vas a meterte donde no te llaman.

Sofía no respondió. Porque A Chai tenía razón.

El puesto avanzado era un fortín de madera a media legua del campamento principal. Cuando llegaron, el combate ya había empezado. Los rouran habían prendido fuego a la empalizada sur y penetraban por la brecha como hormigas furiosas. El olor la golpeó antes que las imágenes: madera quemada, sangre caliente, sudor de caballo. El ruido era ensordecedor.

—¡A las puertas! —gritó Xiao Ce, desenvainando la espada—. ¡Que no pasen al interior!

Sofía se pegó a A Chai. No tenía intención de luchar. Llevaba su bolsa de hierbas y las vendas. Solo iba a curar.

Pero la guerra no preguntaba.

Un jinete rouran irrumpió por la brecha, la espada curva levantada sobre la cabeza. A Chai se giró para hacerle frente, pero el suelo de tierra suelta le jugó una mala pasada. Resbaló. Cayó de espaldas. El jinete alzó la espada.

Sofía no pensó. Actuó.

La finta de Aina se desplegó en sus músculos como un resorte: amago con el pie izquierdo, el jinete se gira, y entonces su cuchillo describe un arco ascendente hacia el muslo. La hoja se hundió en la carne. El rouran gritó. El caballo se encabritó. El jinete cayó al suelo, y A Chai, ya de pie, lo remató con un golpe de lanza.

—¡Mudo! —jadeó—. ¡Me has salvado!

Sofía no respondió. Miraba su cuchillo, la hoja manchada de rojo. El peso del acero al cortar carne. El grito del hombre. La sangre, tan oscura, tan espesa, tan real. Sintió náuseas. Una arcada seca le subió por la garganta.

—¡Mudo! ¡Espabila!

A Chai la zarandeó por el hombro. El combate seguía. No había tiempo para vomitar.

—Quédate detrás —le dijo él—. Ya hiciste suficiente.

Sofía asintió, pero las manos le temblaban. Se guardó el cuchillo y corrió hacia los heridos.

El ritual la salvó. Limpiar, masticar, aplicar, vendar. Limpiar, masticar, aplicar, vendar. Repetir. No pensar. Las manos le funcionaban solas mientras la batalla rugía a su alrededor. Vendó a un soldado con un corte en el brazo. A otro con una flecha en el hombro. A un tercero que no dejaba de gritar.

Cuando los rouran se retiraron, Sofía estaba arrodillada junto a un herido, las manos manchadas de sangre hasta los codos.

A Chai la encontró allí. Traía una jarra de licor y dos tazas.

—Toma —le dijo, sirviéndole una—. Es asqueroso, pero ayuda.

Sofía bebió. El licor le quemó la garganta.

—La primera vez es la peor —dijo A Chai, con una voz más suave de lo habitual—. Yo lloré como un niño. Me pasé toda la noche despierto, viendo la cara del tipo al que había... bueno, ya sabes.

Sofía lo miró. A Chai no sonreía.

—Luego te acostumbras —continuó—. Eso es lo peor de todo. Que te acostumbras.

—No quiero acostumbrarme.

—Ya lo sé. Por eso eres distinto.

A Chai se sentó a su lado y se quedaron en silencio, mirando las brasas. Alrededor, los soldados hablaban en susurros o se quedaban callados, cada uno gestionando sus propios fantasmas.

Esa noche, antes de dormir, Sofía limpió su cuchillo con un trapo. Lo frotó hasta que no quedó rastro de sangre. Luego lo guardó bajo el petate, junto a la bolsita de hierbas.

—Esto es lo que soy ahora —se dijo en español—. Curandera y soldado. Las dos cosas.

Cerró los ojos. Detrás de los párpados, seguía viendo la cara del jinete rouran. Seguía sintiendo el peso del acero al cortar carne.

Pero no lloró. Ya no.

Sacó el cuchillo y lo sostuvo frente a sus ojos. La hoja brillaba bajo la luz de la luna. Se hizo un pequeño corte en la yema del pulgar. Una gota de sangre brotó, oscura.

—Esto es lo que soy —repitió—. Y no voy a acostumbrarme nunca.

Guardó el cuchillo. Se tumbó en el petate. Bai Ling se acurrucó a sus pies.

Mañana habría más batallas. Más heridos. Más muertos. Pero esta noche, Sofía había aprendido algo que ningún manual militar enseñaba: la diferencia entre matar y sobrevivir.

Ella solo quería sobrevivir. Y por primera vez, supo que sería capaz.




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