Mulan en mí

Capítulo 15: El día que callé al maestro armero

A la mañana siguiente, la noticia corrió por el campamento como un reguero de pólvora: los rouran se estaban reagrupando al norte del paso oriental. No era una escaramuza. Era una invasión.

Xiao Ce convocó a los oficiales en la tienda de mando. Sofía no fue convocada, pero A Chai le contó todo al volver.

—Dice que hay que reforzar las defensas —dijo, dejándose caer en su petate—. Las catapultas, las empalizadas, todo. El que no sirva, fuera.

Sofía no respondió. Desde la batalla del puesto avanzado, algo había cambiado en ella. Ya no era solo la curandera que se escondía en un rincón. Ahora sabía que podía luchar. Que podía salvar vidas. Que podía ser útil.

Aquella tarde, durante el entrenamiento, el instructor los puso a practicar con las catapultas. Eran máquinas viejas, de madera agrietada y cuerdas deshilachadas. Lanzaban piedras a una distancia ridícula. El maestro armero, un viejo de barba cana que llevaba treinta años en el oficio, las revisaba con gesto de desprecio.

—No hay dinero para repararlas —masculló—. Así que apunten bien, que solo tienen una oportunidad.

Sofía observó el mecanismo. El brazo era recto, tensado con cuerdas retorcidas. Algo en su diseño le recordó a las hondas que su abuelo le enseñaba en los cerros de Cusco. «El brazo tiene que ser curvo», le decía don Ernesto, dibujando en la tierra con un palo. «Y las cuerdas, trenzadas, no retorcidas. Así acumulas más energía.»

Sin decir nada, se agachó y dibujó en la tierra un diagrama: una catapulta con el brazo curvo y las cuerdas trenzadas. A Chai, que estaba a su lado, la vio.

—¿Qué haces?

Sofía señaló el dibujo, luego la catapulta.

—Mejorar —dijo, en el chino más simple que pudo reunir—. Tirar más lejos.

A Chai parpadeó. Luego se giró hacia el maestro armero.

—¡Oiga! ¡El mudo dice que puede mejorar la catapulta!

El maestro armero se rió en su cara.

—¿El mudo? ¿El que no sabe ni hablar? Llevo treinta años construyendo máquinas de asedio. ¿Qué va a enseñarme un recluta?

Sofía no se inmutó. Señaló su dibujo. El viejo lo miró por encima del hombro. Luego se agachó. Lo examinó más de cerca. Su expresión cambió.

—El brazo curvo... —murmuró—. Eso no es estándar.

—Prueba —dijo una voz detrás de ellos.

Era Xiao Ce. Había llegado sin hacer ruido, como siempre. Llevaba los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido.

—Si funciona, tendremos ventaja. Si no, habremos perdido una tarde.

El maestro armero refunfuñó, pero obedeció. Trabajaron toda la tarde. Sofía curvó el brazo de madera usando calor y vapor, como le había enseñado su abuelo. Luego trenzó las cuerdas con la misma técnica que usaba para las vendas: núcleo de doble hebra, capa externa apretada.

Cuando terminaron, la catapulta parecía otra. El brazo describía una curva suave, como un arco tensado.

—Probemos —dijo Xiao Ce.

Cargaron una piedra del mismo peso de siempre. Tensaron el mecanismo. Dispararon.

La piedra voló. Y voló. Y siguió volando hasta estrellarse un cuarto de legua más lejos de lo que jamás había alcanzado.

El maestro armero se quedó con la boca abierta.

—¿Cómo...? ¿Cómo ha hecho eso?

—El brazo curvo —dijo Xiao Ce—. Las cuerdas trenzadas. Lo que el mudo dibujó en la tierra.

—Pero eso no es... ¿De dónde has aprendido esto, muchacho?

Sofía señaló hacia las montañas. Luego imitó el gesto de lanzar una honda.

—Cazando —dijo.

El viejo la miró largamente. Luego asintió, despacio.

—Pues tendrás que enseñarme ese truco de caza. Porque esto —señaló la catapulta— va a salvar vidas.

Esa noche se corrió la voz. Los soldados se acercaban a Sofía y le daban palmadas en la espalda. Alguien le puso una taza de chicha en las manos. Otro le ofreció un trozo de carne seca. A Chai organizó una celebración improvisada alrededor del fuego.

—¡Por el mudo! —brindó—. Que no sabe hablar, pero sabe de todo.

—¡Por el mudo! —corearon los demás.

Sofía bebió un sorbo de chicha. No sonrió del todo, pero sus hombros se relajaron y sus dedos dejaron de temblar. Xiao Ce se acercó con su taza.

—Cazadora, tejedora, curandera y ahora ingeniera —dijo—. ¿Hay algo que no sepas hacer?

—Hablar —respondió Sofía.

Xiao Ce casi sonrió. Casi.

—Eso también se aprende.

Se fue. Sofía se quedó junto al fuego, la taza caliente entre las manos. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que había hecho algo bien. No por obligación, no por supervivencia. Porque sabía cómo hacerlo.

Pero mientras los soldados celebraban, una figura observaba desde la distancia.

Gao Wei estaba apoyado contra un poste, con un pergamino en la mano. Había visto la demostración de la catapulta. Había visto al «mudo» recibir las felicitaciones de los soldados. Y había visto a Xiao Ce casi sonreír.

—Interesante —murmuró.

Se fue a su tienda, desenrolló el pergamino y escribió una nota con su caligrafía impecable:

«Tío: Hay un soldado en este campamento que no es lo que parece. Cura con hierbas extrañas. Teje mejor que las mujeres. Mejora las catapultas. Los hombres lo llaman "el mudo". Creo que es una mujer. Y creo que Xiao Ce lo sabe. Espero instrucciones.»

Dobló la nota, la selló con lacre y llamó a un mensajero.

—Para mi tío, el consejero Gao Gong. Entrega en mano. ¿Entendido?

—Sí, señor.

El mensajero partió al galope. Gao Wei se quedó en la entrada de su tienda, mirando el fuego donde Sofía seguía sentada con su taza de chicha.

—Pronto —dijo en voz baja—. Pronto sabremos quién eres en realidad.

Esa noche, cuando el campamento se quedó en silencio, Sofía sacó las dos notas que guardaba bajo el petate. La primera: «Lo sé.» La segunda: «No confíes en el teniente Gao.» Las leyó otra vez. Luego las guardó bajo el vendaje del pecho, junto al corazón.

Alguien la observaba en silencio. Alguien quería protegerla. Y ella todavía no sabía quién era.




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