Mulan en mí

Capítulo 16: El vigía de cuatro patas

Bai Ling me salvó la vida por segunda vez. O, al menos, la integridad del campamento.

Estaba de guardia en el perímetro norte. Una zona poco transitada que lindaba con un bosquecillo de pinos enanos. El frío me mordía las mejillas. El sueño me pesaba en los párpados. A mi lado, Bai Ling dormitaba hecho un ovillo, la cola peluda cubriéndole el hocico.

De repente, el zorro levantó la cabeza.

Las orejas le giraron hacia el bosque. Un gruñido grave le vibró en la garganta. No era el gruñido de cuando pedía comida. Era otro. Más profundo.

—¿Qué pasa?

Me clavó los dientes en la manga de la túnica y tiró. Con insistencia. Gimió por lo bajo. Me puse en pie y lo seguí.

Avanzó pegado a la empalizada, el vientre contra el suelo, las patas sin hacer ruido. Yo iba detrás, agachada, la mano en el mango del cuchillo. Llegamos a un punto ciego. La empalizada hacía un recodo y la luz de las antorchas no alcanzaba.

Contuve el aliento. Escuché.

Un crujido. Voces. No hablaban chino.

Me asomé por un hueco. Dos hombres se deslizaban entre los árboles. Túnicas oscuras. Espadas curvas a la espalda. Uno sostenía una linterna sorda. El otro escribía algo en un pergamino.

Retrocedí y encontré al centinela más cercano, un veterano de bigote cano que dormitaba contra un poste.

—Rouran —le dije al oído—. Dos. Ahí.

Se despabiló al instante. Le hice gestos: dos dedos para los hombres, un arco para la dirección, un puño cerrado para rodearlos. El veterano asintió y fue a buscar refuerzos.

La captura fue rápida. Cuatro soldados rodearon a los espías mientras intentaban escalar la empalizada. Los rouran se resistieron, pero eran dos contra cuatro. Los redujeron en un minuto.

—¡Traed antorchas! —gritó el sargento.

Registraron a los prisioneros. Yo esperaba mapas del campamento. Anotaciones sobre las defensas. Pero lo que sacaron de la bolsa de uno de ellos me dejó sin aire.

Era un pergamino con una descripción. Demasiado precisa.

«Soldado conocido como "el mudo". Estatura media, complexión menuda. Cabello oculto bajo el casco. No habla. Cura con hierbas desconocidas. Teje vendas. Opera las catapultas. Se mueve con sigilo inusual. Posiblemente no sea un hombre.»

El sargento frunció el ceño.

—Esto no es un informe militar. Es una descripción personal. Alguien les ha dado esto. Alguien de dentro.

El suelo se abrió bajo mis pies. Aquel pergamino no era un documento de inteligencia. Era un retrato. Mi retrato.

—¿Quién les pagó? —El sargento agarró a uno de los rouran por el cuello.

El hombre escupió. No dijo nada.

—Lleváoslos. Que los interroguen.

Esa noche, Xiao Ce me citó en su tienda. Estaba solo, el pergamino requisado sobre la mesa. La vela le temblaba en la cara.

—Esto es grave. Alguien ha dado a los rouran información muy precisa sobre ti. Sabe que no hablas. Que curas con hierbas. Que mejoraste las catapultas. Incluso sospecha que no eres un hombre.

—Gao Wei.

—Posiblemente. O quizás alguien más. —Me miró fijamente—. A partir de ahora, no vayas sola a ningún sitio. No salgas de patrulla sin escolta. Y no confíes en nadie que no haya demostrado su lealtad.

—Confío en A Chai. En Zhou Dayong. En Piedra.

—Confías en poca gente.

—Suficiente.

Xiao Ce asintió despacio.

—Hay algo más. El sargento dice que fue el zorro quien dio la alarma.

—Bai Ling. Sí.

—Ese animal no es normal.

—Lo sé.

—¿De dónde salió?

—No lo sé. Apareció una noche y se quedó.

Xiao Ce apagó la vela. La oscuridad nos tragó.

—Cuídalo. Puede que te salve la vida otra vez.

Al día siguiente, el comandante me llamó a la tienda de mando. Bai Ling me siguió hasta la entrada y esperó sentado, la cola enrollada sobre las patas. El comandante soltó una carcajada.

—Así que un zorro descubrió a los espías. Tenemos un zorro de guardia. Habrá que darle una medalla.

Esa tarde, A Chai le fabricó un collar con cuerda trenzada. Bai Ling se lo dejó poner con indiferencia imperial. En cuanto A Chai se dio la vuelta, el zorro intentó mordérselo.

—¡Ni se te ocurra! ¡Ese collar te convierte en soldado!

Los hombres empezaron a llamarlo «el vigía de cuatro patas». Le dejaban restos de comida. Le rascaban detrás de las orejas. Bai Ling aceptaba los tributos como un emperador.

Pero yo no podía celebrar. El pergamino me daba vueltas en la cabeza. Una descripción demasiado precisa. Alguien quería verme muerta. Y esa persona dormía a menos de cien pasos de mi tienda.

Esa noche saqué el cuchillo de Aina y lo sostuve bajo la luna.




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