Mulan en mí

Capítulo 17: No soy Mulan

Chen Yan me esperaba junto al arroyo.

Era la primera vez que me citaba. Nuestras conversaciones siempre ocurrían por casualidad: junto al pozo, en el entrenamiento, en los relevos de guardia. Esta vez me dejó una nota bajo el petate. «Arroyo. Al atardecer. Tenemos que hablar.»

Fui con el corazón apretado.

Lo encontré sentado en una piedra, los codos en las rodillas. Sin armadura. Solo la túnica suelta. El cabello recogido con prisa. Parecía cansado de una manera que no era física.

—Siéntate.

El arroyo corría manso. El sol de la tarde teñía de naranja las copas de los pinos. Chen Yan no habló durante un rato largo. Se miraba las manos.

—Llevo semanas observándote —dijo al fin—. Al principio creí que eras Mulan. La de verdad. La que conocí de niño. Pero luego empecé a notar cosas. No recuerdas el viejo molino. No recuerdas el árbol del columpio. No recuerdas la canción que cantaba su madre.

Tragué saliva. La garganta me dolía.

—No me acuerdo.

—Lo sé. Y hay más. Te mueves distinto. Hueles distinto. Incluso respiras distinto. No eres ella.

Lo dijo sin rodeos. Sin dudas. Las palabras me cayeron encima como piedras.

—No soy ella.

—¿Quién eres, entonces?

La pregunta se quedó flotando. Era el momento que más había temido. Podía mentir. Inventar una historia. Pero ya no me quedaban mentiras.

—No soy de aquí. No de este campamento, no de esta provincia. Ni siquiera de este tiempo.

—¿Qué quieres decir?

—Vengo de muy lejos. De una tierra que no está en ningún mapa de este mundo. No sé cómo llegué. Estaba leyendo un libro sobre Mulan y de repente estaba aquí. En su cuerpo.

Chen Yan palideció. Sus manos se aferraron a la piedra. Los nudillos se le pusieron blancos.

—Eso es imposible.

—Lo sé. Pero es la verdad.

—¿Y Mulan? ¿La de verdad?

—No lo sé. Creo que se fue cuando yo llegué. O quizás nunca estuvo. No lo sé. Lo siento.

Se puso en pie. Caminó hacia el arroyo y se quedó de espaldas. Los hombros rígidos. La cabeza baja. No dijo nada durante un minuto entero. El agua corría. Un pájaro cantó en alguna parte.

—He estado esperándola —dijo al fin, con la voz rota—. Desde que me dijeron que se había alistado. Cada día. Cada noche. Y ahora...

—Lo siento. Siento haber ocupado su lugar. No fue mi elección.

—Lo sé.

Se giró. Tenía los ojos húmedos, pero no lloraba.

—No te culpo. No puedes culparte por algo que no elegiste.

—Pero tú la querías.

—La quería. Mucho tiempo. Pero ella ya no está. Y en su lugar estás tú.

Dio un paso hacia mí. Su expresión ya no era de dolor. Era otra cosa. Algo que no supe nombrar.

—No sé quién eres. No entiendo de dónde vienes ni cómo llegaste. Pero sé lo que has hecho. Salvaste a Zhou Dayong. Frenaste la epidemia. Mejoraste las catapultas. Enseñaste a Peonía a curar. Luchaste. Me salvaste la vida.

—No fue solo cosa mía.

—Pero fuiste tú quien lo hizo. Y ya no me importa quién eras antes. Me importa quién eres ahora.

Algo se me rompió en el pecho. Algo bueno. Por primera vez, alguien me aceptaba entera. Sin condiciones.

—Gracias.

—No me des las gracias. Solo no desaparezcas.

—No voy a desaparecer.

No sabía si podría cumplirlo. Lo dije de todos modos. Chen Yan me tendió la mano. La tomé. Sus dedos, cálidos y firmes.

—Hay algo más que tienes que saber. En mi tierra hay alguien. Alguien a quien quiero. Se llama Lin Hao.

Chen Yan no me soltó.

—Lo imaginaba. Siempre que hablabas de tu tierra, había algo en tu voz. Una culpa.

—No sé qué hacer.

—No tienes que decidir ahora.

Asintió. Luego, despacio, sonrió. Una sonrisa triste, como un atardecer de invierno.

—Decidas lo que decidas, aquí tienes a alguien que te quiere.

Esa noche volví a mi tienda con el corazón raro. Más ligero y más pesado al mismo tiempo. Le había dicho la verdad. Y él me había aceptado. Pero la sombra de Lin Hao seguía allí. Y la herida de ocupar el lugar de Mulan no terminaba de cerrarse.

Bai Ling se acurrucó a mis pies.

Chen Yan aceptó a Sofía incluso sabiendo que no es Mulan. ¿Crees que hizo bien en contarle la verdad o debería haber esperado?
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