Empezó con tres hombres.
Tres soldados que amanecieron con fiebre. Ojos vidriosos. El cuerpo empapado en sudor frío. El médico los examinó y dijo catarro de primavera. Les recetó reposo y jengibre. Al día siguiente eran doce. Doce hombres postrados, tiritando, vomitando, con una debilidad tan extrema que no podían sostenerse en pie.
Al tercer día, dos murieron.
El pánico se extendió como fuego en paja seca. Los soldados evitaban tocarse. Las raciones se repartían en silencio. Aislaron a los enfermos en una tienda apartada, pero ya era tarde. El mal había echado raíces.
Yo miraba todo con una creciente impotencia. Los síntomas me resultaban familiares. No por China. Por Lima. Por los barrios pobres donde las fiebres tropicales asolaban a las familias sin hospital. Mi abuela trataba esos casos con corteza de quina y cataplasmas de muña para bajar la fiebre.
Pero no tenía quina. Ni muña suficiente. Y no sabía si las plantas de esta tierra funcionarían igual.
Una noche, cuando los enfermos pasaban de treinta, me presenté en la tienda de Xiao Ce.
—Necesito ir al bosque. Buscar plantas para la fiebre.
Me miró desde detrás de su mesa. Los mapas desplegados. Las ojeras marcadas.
—El médico dice que no hay cura.
—El médico no conoce todas las plantas.
—¿Qué necesitas?
—Cuatro hombres. Dos días. Y que confíes en mí.
—Confío en ti. Pero si no encuentras nada, habrás perdido dos días. Con esta epidemia, dos días son muchos muertos.
—Si no voy, morirán más.
Asintió.
—Llévate a quien quieras. Y vuelve.
Escogí a A Chai, a Piedra y a Zhou Dayong. Ellos no cuestionarían mis métodos por raros que parecieran. Salimos al amanecer. Nos internamos en las colinas boscosas al este del campamento.
El terreno era agreste. Yo iba en cabeza, los ojos en el suelo, buscando entre la maleza las formas de hoja que memorizé en el patio de mi abuela. La quina: corteza amarga. La muña: hojas plateadas. Ninguna era idéntica en China, pero mi abuela me enseñó una regla: «Las plantas que curan crecen donde el suelo es pobre. La naturaleza pone la medicina donde más falta hace.»
Buscamos todo el día. Ortigas. Helechos. Bayas desconocidas. Nada.
—Se está haciendo de noche —dijo Piedra—. Deberíamos volver.
—Un poco más.
Y entonces, en un claro junto a un arroyo seco, la vi.
Un árbol mediano. Corteza rugosa. Hojas lanceoladas. Arranqué un trozo de corteza y lo mastiqué. El sabor me golpeó la lengua: amargo, intenso. Como la quina de Perú.
—Es esto. Puede funcionar.
—¿Estás segura? —preguntó A Chai.
—No. Pero es lo único que tenemos.
Recogimos toda la corteza que pudimos cargar. También encontramos matas de hojas plateadas, parientes de la muña. Con las alforjas llenas, volvimos.
Llegamos de noche. No descansé. Fui directo a la tienda de los enfermos. El médico militar me recibió con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
—Si esto falla...
—Si esto falla, será mi responsabilidad. Pero si no lo intentamos, no sabremos.
Herví la corteza en agua limpia, como hacía mi abuela en Surquillo. Añadí las hojas de muña. El brebaje olía a bosque y a tierra. Me recordó al patio de mi infancia.
—Dáselo a los que tengan más fiebre. Un cuenco cada cuatro horas.
Esa noche no dormí. Me quedé junto a los enfermos, viendo sus rostros congestionados. Bai Ling se acurrucó a mis pies. De vez en cuando, un soldado gemía. Otro tosía. El olor a sudor y a hierbas llenaba la tienda.
—¿Funcionará? —me preguntó A Chai, sentándose a mi lado.
—No lo sé. Mi abuela lo hacía. En mi tierra funcionaba.
Al amanecer, el primer soldado abrió los ojos. La mirada más clara. La piel menos encendida.
—Tiene menos fiebre —dijo el médico, incrédulo—. Está bajando.
Cerré los ojos y solté el aire. La epidemia no terminó ese día. Pero al tercero, no había nuevos contagios. Al quinto, los primeros soldados se levantaban de sus petates, pálidos y flacos, pero vivos.
—Lo has conseguido. Otra vez. Maldita sea, mudo, lo has conseguido otra vez.
A Chai me dio una palmada en la espalda. No respondí. Miraba a los hombres que había salvado. No con magia. No con fuerza. Con el conocimiento de una anciana que nunca salió de su barrio.
Pensé en mi abuela. En sus manos artríticas machacando hojas. En su voz: «Aprende, Sofita. Esto te servirá algún día.»
Aquel día había llegado.
Sofía frenó la epidemia. ¿Crees que esto la consolidará definitivamente o todavía habrá quien desconfíe?
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Editado: 03.06.2026