Mulan en mí

Capítulo 19: Lo que Aina me enseñó

Aina regresó una mañana de niebla. Los centinelas aún se frotaban los ojos. El rocío perlaba las lonas. Venía con dos muchachas jóvenes, casi niñas, de rostro anguloso y mirada recelosa. Las tres vestían túnicas rouran raídas y portaban cuchillos al cinto.

—El hombre que te busca ha subido el precio —dijo sin saludar, plantándose frente a mí—. Ahora ofrece oro. Mucho oro.

—¿Quién es?

—No lo sé. Pero mis contactos dicen que no es un soldado. Es alguien con poder. Alguien que no está acostumbrado a esperar.

Sentí el frío en la nuca. Gao Gong. No necesitaba pruebas.

—No he venido solo a darte malas noticias. —Aina se sentó en una piedra y sacó su cuchillo—. Vine a seguir enseñándote.

—¿Ahora?

—Ahora. Si ese hombre te encuentra, quiero que estés lista.

Entrenamos junto al arroyo. El mismo sitio de la primera vez. Aina me enseñó una finta nueva: amago con el pie izquierdo simulando retirada, y cuando el enemigo se confía, corte ascendente al flanco. El movimiento engañaba al ojo.

—No eres fuerte. Tienes que ser rápida. Una mujer no puede permitirse ser lenta.

Repetí diez veces. Veinte. El brazo me dolía. La muñeca me ardía. El sudor me pegaba la túnica a la espalda.

—No aprietes tanto el mango. Sujétalo como si acariciaras a un gato: firme pero suelto.

Aflojé los dedos. El siguiente corte me salió limpio. La hoja silbó en el aire.

—Eso es. Ya estás aprendiendo.

Le enseñé a cambio una cataplasma nueva: muña con grasa animal para que se adhiriera mejor. Aina se hizo un corte superficial en el antebrazo y se la aplicó ella misma.

—Funciona. Mejor que lo de los curanderos de mi tribu.

—Tu tribu no tiene curanderos.

—Por eso aprendo de ti.

Al caer la tarde, Aina se preparó para partir. Se ajustó los cuchillos al cinto. Las dos muchachas la esperaban junto a los árboles.

—Si algún día necesitas huir, ven al norte. Mi gente te esconderá.

—Soy Han. ¿Me aceptarían?

—Eres de las mías. Las que no encajan. Esas nos reconocemos.

Me tendió un brazalete de cuero trenzado con una piedra azul engarzada. El cuero estaba gastado. La piedra, pulida por los años.

—Es de mi madre. Lo único que me dejó. Ahora es tuyo.

—No puedo aceptarlo.

—Claro que puedes. Te di un cuchillo para aprender a luchar. Ahora te doy esto para que recuerdes que luchaste. Y que lo hiciste bien.

Cerré los dedos alrededor del brazalete. Noté el cuero caliente.

Aina se fue sin mirar atrás. Las muchachas la flanquearon. La niebla se las tragó. Me quedé junto al arroyo, el brazalete apretado contra el pecho, escuchando el agua correr.

Esa noche, bajo el petate, encontré otra nota. La misma caligrafía temblorosa de la primera vez. Dos palabras: «Ten cuidado.»

No era Xiao Ce. No era Chen Yan. Era alguien que aún no se había mostrado.

Doblé la nota. La guardé con las demás. Mi colección de advertencias anónimas crecía. Y con ellas, la certeza de que el peligro se acercaba.

Aina le regaló a Sofía el brazalete de su madre. ¿Qué te pareció este gesto? ¿Crees que volverán a verse?
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