Mulan en mí

Capítulo 20: El hombre del bolsón de cuero

Xiao Ce nos convocó al anochecer. El brasero apenas templaba. Chen Yan ya estaba allí, de pie junto a la entrada, los brazos cruzados y el ceño fruncido. Sobre la mesa, un pergamino con caracteres apretados y manchas de tinta.

—Lo intercepté esta mañana —dijo Xiao Ce—. Iba dirigido a Gao Gong. El mensajero dijo que lo recibió de alguien dentro del campamento.

Me incliné sobre el pergamino. Reconocí palabras sueltas: «muralla este», «patrulla nocturna», «punto débil».

—Alguien está pasando información al enemigo. Sabe cuántos somos, dónde están los centinelas, cuándo cambian las guardias.

—¿Quién la envió? —preguntó Chen Yan.

—El mensajero no soltó el nombre. Pero dijo que su contacto llevaba una bolsa de cuero con un broche de bronce.

Levanté la cabeza.

—El asistente de Gao Wei. Un hombre pequeño, calvo. Siempre carga un bolsón de cuero. Lo he visto merodear cerca del almacén de grano. Tres veces. De noche.

Xiao Ce y Chen Yan intercambiaron una mirada. Chen Yan apretó los puños.

—Vigílalo —dijo Xiao Ce—. No lo enfrentes. Solo síguelo.

Durante tres días fui una sombra. Aprovechaba los descansos para merodear cerca de la tienda de Gao Wei, fingiendo recolectar hierbas. El asistente era un hombrecillo nervioso. Se movía a saltitos. Siempre miraba por encima del hombro. Siempre apretaba el bolsón contra el pecho como si llevara oro.

Al cuarto día lo seguí de noche.

Mis pies, entrenados en los cerros de Cusco, no hacían ruido sobre la tierra. El asistente entró en el almacén de grano. Esperé fuera. Contuve el aliento. El corazón me golpeaba.

Entonces lo oí. Un silbido. No era un pájaro.

Me asomé por una rendija. El asistente estaba arrodillado junto a los sacos. Le hablaba a una figura que no pude ver. Intercambiaron algo pequeño. La figura desapareció por una trampilla que yo nunca había notado.

Corrí a buscar a Xiao Ce.

La captura fue rápida. Cuatro hombres rodearon el almacén. Cuando el asistente salió, se encontró con cinco espadas apuntándole al cuello. Se quedó pálido. El bolsón le temblaba en las manos.

—¿Qué hacías en el almacén a estas horas? —preguntó Xiao Ce.

—Yo solo contaba sacos. El teniente Gao me pidió...

—Registradlo.

En el bolsón encontraron dos cartas más. Una con un plano de las defensas. Otra con una lista de oficiales y sus puntos débiles. El asistente empezó a temblar.

—¿Quién te paga?

—No sé quién es. Solo sé que las cartas van a la residencia del señor Gao Gong.

Se echó a reír. Una risa nerviosa, aguda, que me raspó los oídos.

—No sirve de nada que me atrapéis. Mi señor Gao Gong ya lo sabe todo. Dentro de tres días, los rouran atacarán. Vuestra suerte está echada.

Xiao Ce lo mandó encerrar. Luego se quedó un momento apoyado en la mesa, los nudillos blancos.

—Tres días. Tenemos tres días.

Esa noche no dormí. El reloj de arena se había volteado.

El espía fue capturado pero la amenaza es inminente. ¿Crees que el campamento estará listo para el ataque en tres días?
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