El campamento hervía. No era el caos de la batalla, sino algo más tenso: la preparación. Los soldados afilaban espadas y el chirrido del metal me rozaba los oídos. Las catapultas se revisaban. Los oficiales gritaban órdenes. Todos sabían lo que se avecinaba. Nadie lo decía.
Yo trabajaba sin descanso en la tienda de curas. Mi equipo —Peonía, la tía Ming, Zhou Dayong, el mozo de cocina— me seguía sin que hiciera falta supervisarlos. Peonía trenzaba vendas con los dedos ágiles. La tía Ming preparaba una cuba enorme de infusión de corteza amarga. Zhou Dayong cargaba sacos de hierbas con sus manazas.
—Necesitamos el triple de vendas. Y mantas limpias. Muchas mantas.
—Las mantas están en el almacén —dijo Peonía—. Pero el teniente Gao Wei ha puesto un guardia. Dice que no se tocan sin su permiso.
—Voy yo.
Encontré a Gao Wei en la entrada del almacén, hablando con un criado. Al verme, sonrió. Esa sonrisa untuosa que me helaba la sangre.
—Ah, el mudo. ¿Qué necesitas?
—Mantas para los heridos.
—Las mantas son para los oficiales. No puedo dárselas a cualquiera.
—Mañana hay batalla. Los heridos necesitarán mantas.
Gao Wei me miró de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron en mis hombros, en mi cuello.
—Eres muy insistente para ser mudo.
—Soy curandera.
—Curandero —me corrigió, con una sonrisa afilada—. Eres un soldado, ¿recuerdas?
No respondí. El silencio se alargó. Al fin se echó a reír.
—Está bien. Llévate las mantas. Pero si falta alguna, responderás ante mi tío.
—Responderé ante quien haga falta.
Cargué las mantas y me fui. Sentí su mirada en la nuca todo el camino de vuelta. Me pesaba como una mano.
Al caer la tarde subí a la muralla. Necesitaba un momento a solas. Las fogatas rouran brillaban en la distancia, diminutas y numerosas como estrellas caídas. El viento soplaba del norte, frío y cortante. Me llegó olor a humo y a algo más. A guerra.
A Chai me encontró allí.
—Tengo miedo —dijo sin preámbulos.
Era la primera vez que lo admitía. Se apoyó en el parapeto, los hombros encogidos.
—Yo también.
—¿Crees que sobreviviremos?
—No lo sé. Pero vamos a intentarlo.
—Eso no es muy tranquilizador.
—No tengo nada tranquilizador que decir.
Soltó una risa corta. Luego se puso a mi lado, hombro con hombro.
—Oye, mudo. Si no salgo de esta, quiero que sepas algo.
—No hables así.
—Déjame terminar. Si no salgo, fuiste el mejor amigo que tuve aquí. Y tu chicha era horrible, pero la bebía porque me recordaba a mi aldea.
—Mi chicha no era horrible.
—Era horrible. Pero la bebía igual.
Me reí. Una risa breve, frágil, pero real.
—No voy a dejar que mueras.
—Eso no depende de ti.
—Lo sé. Pero voy a intentarlo.
Me dio una palmada en el hombro. Luego se fue, silbando una canción desafinada. Lo vi alejarse entre las tiendas, su silueta recortada contra las antorchas.
Esa noche, antes de dormir, escribí dos cartas. La primera, para mi madre de Lima. Le decía que la quería. Que estaba bien. Que volvería. La guardé bajo el petate. La segunda era para mí. La escribí en español, en un pedazo de tela: «Voy a sobrevivir. Lo prometo.» La doblé y la guardé en la bolsita de hierbas, junto a las hojas de muña.
Bai Ling se acurrucó a mis pies. Afuera, los cuernos de los centinelas marcaban las horas.
Cerré los ojos. Mañana habría batalla. Pero esta noche, todavía estaba viva.
La noche antes de la batalla. ¿Qué habrías escrito tú en esa carta?
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Editado: 03.06.2026