Los cuernos rouran sonaron al amanecer. Tres toques largos que hicieron vibrar las lonas.
Me incorporé de un salto. A Chai ya estaba calzándose las botas. Las manos le temblaban un poco.
—Ya están aquí.
El ataque fue masivo. Cientos de jinetes contra la empalizada oriental mientras otra fuerza flanqueaba por el sur. Las catapultas —mis catapultas— respondían con piedras que trazaban arcos en el cielo. Cada impacto levantaba una nube de polvo y gritos. El suelo temblaba.
Yo estaba en la tienda de curas con mi equipo. Los primeros heridos llegaron a los pocos minutos. Cortes de flecha. Golpes de maza. Quemaduras. La sangre me llegaba hasta los codos.
—¡Vendas!
Peonía me las pasaba sin que hiciera falta pedirlas. La tía Ming repartía tazas de infusión. Zhou Dayong cargaba con los heridos graves. El ritual nos envolvía: limpiar, masticar, aplicar, vendar. Repetir. No pensar. El olor a sangre y a muña se me pegó a la nariz.
Entonces un estruendo resonó desde el este. Una sección de la empalizada acababa de ceder.
—¡A la brecha! —gritó Xiao Ce.
Dudé un segundo. Luego agarré mi bolsa y corrí.
El caos era absoluto. Soldados Han y rouran luchaban cuerpo a cuerpo entre maderas astilladas. Gritos. Golpes. El ruido del acero contra el acero. Zhou Dayong defendía la posición como un oso, su maza subiendo y bajando. Busqué con la mirada a alguien que necesitara ayuda.
Entonces vi a Piedra.
Estaba en el suelo, una flecha clavada en el pecho. La sangre le empapaba la túnica. Oscura. Espesa. Demasiada.
Me arrodillé a su lado. Las rodillas se me hundieron en el barro.
—No te muevas. Voy a sacarla.
—Déjalo, mudo. —Su voz era un hilo—. Ya está.
—No digas tonterías.
—Siempre quise una de tus vendas. Pero ya no... —Tosió. Le salió sangre por la boca—. Cuida de A Chai.
—Piedra. Piedra, no te duermas.
No respondió. Los ojos se le quedaron fijos, mirando algo que yo no podía ver.
Me quedé arrodillada, las manos manchadas de su sangre. A mi alrededor la batalla seguía. Los gritos. Los golpes. Pero yo solo oía el silencio de Piedra. Su pecho quieto. Su boca entreabierta.
A Chai me encontró allí. Me levantó del suelo. Tenía los ojos rojos.
—No pudiste curarlo.
—Lo sé. Pero duele igual.
—Lo sé.
Me abrazó. Un abrazo torpe, breve, de esos que se dan las personas que no saben abrazar. Pero me sostuvo.
—Tenemos que seguir.
—Lo sé.
—¿Puedes?
—No. Pero voy a hacerlo.
A Chai asintió. Recogí mi bolsa y volví a la tienda de curas. Los heridos seguían llegando. La batalla seguía. Y yo seguía. Porque no había otra opción.
Al caer la noche, la brecha estaba sellada. Decenas de muertos. El doble de heridos. Piedra entre ellos.
Me senté junto al fuego con su cinta trenzada en las manos. La primera que le hice. La llevaba atada al muslo. Me había dicho: «Si me hieren, quiero que sea el mudo quien me cure.» Y yo había fallado.
—No fue tu culpa —dijo A Chai, sentándose a mi lado.
—Lo sé.
—Pero duele igual.
—Sí.
—Mañana habrá más. Los rouran no han terminado.
—Lo sé.
—¿Estás lista?
—No. Pero no importa.
A Chai asintió. Nos quedamos en silencio, mirando las llamas. La cinta de Piedra seguía en mis manos.
Piedra ha muerto. ¿Cómo crees que afectará esto a Sofía en la batalla de mañana?
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Editado: 03.06.2026