El segundo día amaneció con un sol pálido que apenas atravesaba la humareda. El campo frente a la empalizada estaba sembrado de cadáveres. Los cuervos ya trazaban círculos. El olor era dulzón y metálico.
—Vuelven —dijo A Chai.
Los cuernos rouran sonaron otra vez. Pero esta vez no era un ataque frontal. Traían torres de asedio, armazones de madera cubiertas de pieles mojadas que avanzaban despacio hacia la empalizada. Detrás, arqueros montados.
—¡Cubríos! —gritó Xiao Ce desde la muralla.
Las flechas cayeron como lluvia. Me pegué contra un saco terrero. Una flecha se clavó a un palmo de mi cabeza. El mozo de la cocina recibió un flechazo en el brazo y cayó gritando.
—¡Aquí!
Corrí hacia él. Mientras le vendaba, el estruendo de las torres al chocar contra la empalizada resonó por todo el campamento.
—¡La empalizada sur ha cedido!
—¡Refuerzos al sur!
Terminé el vendaje y corrí hacia el sur. Lo que encontré fue el infierno. Chen Yan estaba en primera línea, la espada centelleando bajo el sol pálido. Le sangraba un corte en la mejilla.
—¡Mulan! ¡Xiao Ce está herido!
Lo encontré apoyado contra un carro volcado. Una flecha le sobresalía del hombro. La punta asomaba por detrás del omóplato. Sangraba, pero seguía consciente. Los ojos fríos como siempre.
—No es nada —dijo, con los dientes apretados.
—No es nada una mierda.
Le rompí la túnica alrededor de la herida. La flecha había entrado limpia, pero había que sacarla ya. Agarré el astil con las dos manos.
—Aguanta.
Partí el astil de un golpe seco. Tiré de los dos extremos. Xiao Ce soltó un gemido ronco. Los tendones del cuello se le marcaron.
—Ya casi está.
Vertí licor sobre la herida. Apretó los dientes. Apliqué una cataplasma de muña y corteza amarga y vendé el hombro con tres cintas trenzadas.
—Ya está. No muevas el brazo.
—No pienso moverlo. Vete.
Obedecí. Chen Yan había contenido la brecha sur, pero la situación era desesperada. Los rouran eran demasiados. Las torres seguían avanzando. Las flechas no paraban.
Entonces un sonido nuevo se alzó sobre el fragor. Cuernos Han.
—¡Los refuerzos!
Desde el oeste, una columna de soldados con los estandartes del imperio avanzaba a paso de carga. Cientos. Un alud de acero que barrió el flanco rouran como una ola. Los enemigos se giraron. Dudaron. Empezaron a retroceder.
Al caer la noche, el campo quedó sembrado de cadáveres. Pero el estandarte del campamento seguía en pie. Chen Yan me encontró arrodillada entre los heridos, las manos manchadas, la espalda dolorida.
—Lo logramos.
—Lo logramos.
Me dejé caer a su lado. No dije nada más. No hacía falta. A lo lejos, las fogatas rouran se apagaban. Habían resistido.
Pero mientras miraba a Xiao Ce —el hombro vendado, la mirada fija en el horizonte— supe que aquello no había sido más que el principio.
Sobrevivieron a la batalla, pero Xiao Ce está herido. ¿Qué crees que pasará ahora con Gao Gong?
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Editado: 03.06.2026