El silencio después de la batalla era peor que el estruendo.
Caminé entre las hileras de heridos con las manos entumecidas. El sol de la mañana revelaba lo que la noche había ocultado: cadáveres apilados junto a la empalizada, charcos de sangre negra, armaduras rotas. El olor era una mezcla de hierro oxidado, madera quemada y algo dulzón que preferí no identificar. Me ardía en la nariz.
El recuento de bajas llegó al mediodía. Cuarenta y tres muertos. Más de ochenta heridos. La mitad de los defensores del flanco sur habían perecido en la brecha.
—Piedra —dijo el mensajero, leyendo los nombres.
Cerré los ojos. Lo sabía desde que su sangre me empapó las manos. Pero oír su nombre, en voz alta, fue como recibir una segunda flecha.
A Chai me encontró detrás del almacén de grano. No sé cuánto tiempo llevaba allí, la espalda contra la pared de adobe, los ojos secos.
—No es tu culpa.
—Lo sé. Pero duele igual.
—Claro que duele. Si no doliera, seríamos como las piedras.
Se apoyó a mi lado. No dijo nada más. Piedra era el que me había dado las gracias con una palmada que casi me tiró al fuego. El que había brindado por mí. El que había dicho: «Si me hieren, quiero que sea el mudo quien me cure.» Y yo había fallado.
Esa tarde, Xiao Ce convocó a los oficiales. El hombro vendado, el brazo en cabestrillo, pero la voz firme. Las ojeras le llegaban a media mejilla.
—Los refuerzos han llegado. Trescientos hombres de la guarnición del oeste.
—Eso es bueno —dijo un oficial.
—Lo sería si no fuera por lo que traen. —Xiao Ce desenrolló un pergamino—. El emperador ha nombrado a Gao Gong comandante supremo de la campaña del norte. Todas las tropas de la frontera quedan bajo su autoridad directa.
Un murmullo recorrió la tienda. Chen Yan apretó los puños.
—Gao Gong no sabe nada de guerra. Es un burócrata.
—Lo sé. Pero ahora es nuestro superior. Nos ha enviado refuerzos no para salvarnos, sino para ganarse el mérito. En cuanto pueda, nos usará como carne de cañón.
—¿Qué sugieres?
—Cautela. Cumpliremos sus órdenes en apariencia. Pero mantendremos nuestras propias líneas de mando. Y nadie debe darle motivos para sospechar. El espía mencionó su nombre. Él lo sabe. Tarde o temprano vendrá a ajustar cuentas.
Sentí un escalofrío en la nuca. Gao Gong era el titiritero. Y ahora estaba más cerca que nunca.
Esa noche me senté junto al fuego y tallé un trozo de madera con la punta del cuchillo. Le di forma de pájaro, tosco y desproporcionado. Lo dejé junto al poste donde Piedra solía sentarse.
—Descansa.
A Chai me pasó una taza de chicha.
—Por Piedra.
—Por Piedra.
Bebimos en silencio. Las estrellas seguían brillando, ajenas.
�� Gao Gong ahora es el comandante supremo. ¿Qué crees que hará para perjudicar a Xiao Ce y a Sofía?
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Editado: 03.06.2026