Muros de Ceniza

Capitulo 02: El precio de la ambición

La madera de roble de la puerta presidencial era gruesa, diseñada específicamente para mantener los secretos de Arthur Vance a salvo del resto del mundo. Pero esa mañana, el silencio en el piso ejecutivo era tan denso que Gin podía escuchar el murmullo amortiguado de las voces que provenían del interior.

Fijó la vista en la pantalla de su computadora, obligándose a teclear un informe financiero que de repente parecía escrito en un idioma extranjero. Sus dedos se movían por inercia, pero su mente seguía atrapada en la oficina. No podía sacarse de la cabeza la mirada que Elena Rostov le había dedicado al pasar. Había sido una inspección minuciosa, fría, como la de un depredador evaluando si una presa valía el esfuerzo de ser cazada.

Dentro del despacho, la atmósfera no era menos tensa.

Arthur permanecía sentado detrás de su escritorio, con los bolígrafos perfectamente alineados y la espalda apoyada en el respaldo de cuero. Su rostro era una máscara de granito. Frente a él, Elena se movía por la habitación con una familiaridad exasperante. Dejó su bolso de diseñador sobre una de las sillas de lectura y caminó hacia el ventanal, balanceando suavemente la copa de agua que llevaba en la mano. Su vestido negro se ceñía a su cuerpo con una precisión matemática, y cada uno de sus movimientos desprendía una calculada provocación.

—Tus padres están muy decepcionados, Arthur —dijo Elena, rompiendo el silencio con una voz aterciopelada que ocultaba un filo afilado—. Dejarme plantada en el restaurante el mes pasado fue una falta de cortesía bastante baja, incluso para alguien con tu reputación de hombre implacable.

—Tengo una empresa que dirigir, Elena —respondió Arthur, sin un ápice de emoción en su voz profunda—. No tengo tiempo para las agendas sociales de mis padres, ni para citas a ciegas concertadas como si estuviéramos en el siglo pasado. Si has venido hasta aquí solo para reclamar por una cena perdida, estás perdiendo el tiempo. Mi asistente puede programarte una cita con mi secretaria de relaciones públicas.

Elena soltó una risa suave, un sonido melodioso pero carente de verdadera alegría. Se dio la vuelta, apoyándose contra el marco del ventanal, y lo miró fijamente a los ojos.

—Sabes perfectamente que esto no se trata de una cena —replicó ella, dando un paso lento hacia el escritorio—. Se trata de una alianza. Tu imperio y el de mi familia prácticamente controlan el mercado hotelero y de bienes raíces. Un matrimonio entre nosotros no es solo lo que nuestros padres quieren; es lo que dictan los negocios. Es el paso lógico.

—Yo no sigo la lógica de nadie más que la mía —sentenció Arthur, inclinándose ligeramente hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. No necesito una alianza matrimonial para expandir mi corporación. Lo hago solo. Y no me voy a casar por contrato.

—Todos tienen un precio, Arthur. Incluso tú —Elena extendió la mano, rozando con la punta de sus dedos perfectamente manicurados el borde del escritorio de roble, acercándose a él—. Además, no pretendas que soy una mala opción. Soy la única mujer en esta ciudad que puede estar a tu nivel sin eclipsarte. Ambos queremos el poder. Ambos sabemos cómo conservarlo.

Arthur no se movió, pero sus ojos oscuros se entrecerraron con peligro.

—Ya te di mi respuesta. Ahora, si me disculpas, tengo trabajo.

Elena no se dio por vencida tan fácilmente. Sabía que Arthur era un muro difícil de escalar, pero la resistencia solo la incitaba más. Con una sonrisa de suficiencia, tomó su bolso de la silla, pero antes de caminar hacia la salida, se detuvo deliberadamente frente al escritorio, clavando la mirada en la puerta de cristal que daba a la recepción.

—Tienes una asistente muy eficiente, por lo que veo —comentó Elena, cambiando el tono de voz a uno aparentemente casual—. Y muy hermosa. Aunque... supongo que la belleza es un requisito secundario para el puesto, considerando tu estricta política de no involucrarte con el personal. ¿Verdad?

Arthur sintió una punzada imperceptible de tensión en la mandíbula, un reflejo casi invisible que Elena, sin embargo, captó con la precisión de un halcón.

—Ginebra es excelente en su trabajo. Eso es lo único que me importa —respondió él, con una frialdad cortante.

—Me alegra oírlo. Sería una lástima que una pieza tan útil tuviera que ser reemplazada por no conocer su lugar —dijo Elena, con una dulzura venenosa.

Sin esperar respuesta, caminó hacia la salida. Al abrir la puerta pesada de roble, la luz del pasillo inundó el despacho. Gin alzó la vista de inmediato, manteniendo la expresión profesional que había practicado frente al espejo durante años.

Elena salió con paso firme, pero al llegar frente al escritorio de Gin, se detuvo por segunda vez. Esta vez no se limitó a mirarla. Se inclinó ligeramente, lo suficiente para que el aroma de su perfume, dulce y sofocante, inundara el espacio de la secretaria.

—Ginebra, ¿cierto? —preguntó Elena, arrastrando las sílabas—. Asegúrate de cuidar bien la agenda de Arthur. A los hombres como él no les gusta perder el tiempo con... distracciones innecesarias. Nos veremos muy seguido a partir de ahora.

—Es mi trabajo, señorita Rostov. Descuide, el señor Vance siempre tiene exactamente lo que necesita en su escritorio —respondió Gin, sosteniéndole la mirada con una calma que ocultaba la tormenta que rugía en su interior.




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