Muros de Ceniza

Capitulo 03: El umbral del fuego

La madera de la puerta a la espalda de Gin se sentía fría, un contraste violento con el calor sofocante que emanaba del cuerpo de Arthur mientras se detenía a escasos centímetros de ella. El espacio entre los dos se redujo a un suspiro. Gin podía ver el sutil pulso latiendo con fuerza en la base del cuello de su jefe, la rigidez inquebrantable de sus hombros y esa mirada fiera, casi salvaje, que contradecía por completo el corte pulcro e impecable de su traje ejecutivo.

—¿Incluso después de lo que pasó anoche, Ginebra? —la pregunta de Arthur volvió a resonar, esta vez más baja, más peligrosa, vibrando directamente en el pecho de la joven.

Gin tragó saliva, obligándose a sostenerle la mirada a pesar de que el pánico y la anticipación amenazaban con dejarla sin aire. Su corazón golpeaba con tanta fuerza contra sus costillas que temió que él pudiera escucharlo en el absoluto silencio del despacho. El vestido azul oscuro de tirantes, que por la mañana le había parecido elegante y profesional, ahora se sentía como una armadura de papel frente a la imponente presencia del magnate.

—Lo de anoche fue un error provocado por el alcohol, señor Vance. Usted mismo lo dijo hace menos de diez minutos —replicó ella, intentando con todas sus fuerzas que su voz sonara profesional, aunque el ligero temblor en sus palabras la traicionara por completo—. Solo soy su secretaria. No tiene por qué mezclar las cosas ni usarlo como una herramienta para medir mi competencia o mi permanencia en esta empresa.

Arthur soltó un bufido ronco, una risa seca, oscura y carente de humor que erizó los vellos de los brazos de Gin. Apoyó una mano con firmeza sobre la madera de la puerta, justo al lado de la cabeza de ella, acorralándola por completo y limitando cualquier posibilidad de escape. El aroma a madera, a tabaco caro y a su perfume magnético volvió a inundar los sentidos de la joven, nublando por completo su capacidad de razonar con claridad.

—Un error —repitió Arthur, saboreando las palabras con un desprecio que parecía dirigido a sí mismo—. Un error no se siente de esta manera, Ginebra. Un error no hace que pase la noche entera en vela, caminando de un lado a otro en mi departamento, maldiciendo el maldito momento en que decidí asistir a esa fiesta. Un error no hace que, cada vez que te miro sentada en ese escritorio a través del cristal, lo único en lo que pueda pensar sea en arrastrarte de vuelta aquí y cerrar la puerta con llave para que nadie más te mire.

El aire se evaporó por completo de los pulmones de Gin. Las barreras de frialdad, distancia y control absoluto que Arthur Vance construía minuciosamente frente al mundo se estaban desmoronando y agrietando ante sus propios ojos. El jefe estricto, el dictador de la oficina que jamás permitía que nadie tuviera la razón, estaba admitiendo una debilidad colosal. Y esa debilidad, para bien o para mal, era ella.

—Señor Vance... Arthur... —susurró Gin, perdiendo por un segundo la formalidad. Apoyó las palmas de sus manos débilmente contra el duro pecho de él, sintiendo el latido acelerado y errático de su corazón—. Su regla... la circular que firmó... las consecuencias si alguien se entera...

—Al diablo la maldita regla… —gruñó Arthur, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.

Rompiendo la última pizca de distancia que los separaba, Arthur la tomó de la cintura con una mano firme, grande y posesiva, pegando el cuerpo de ella contra el suyo con una urgencia que le cortó el aliento. Con la otra mano, le sostuvo la barbilla con fijeza, obligándola a inclinar el rostro hacia arriba. No hubo espacio para dudas, ni tiempo para el arrepentimiento. Sus labios buscaron los de Gin con una desesperación contenida por meses, desatando un beso hambriento, rudo y abrasador que quemó cualquier rastro de cordura que les quedara a ambos.

Gin soltó un débil jadeo de sorpresa que él aprovechó de inmediato para profundizar el contacto. Sus dedos, liberados del miedo y de las ataduras de la etiqueta profesional, se enredaron con fuerza en el cabello oscuro de Arthur. En ese instante, olvidó la fría e inquietante presencia de Elena Rostov, olvidó las amenazas implícitas, olvidó el riesgo de perder el empleo que tanto le costaba mantener. Los muros de ceniza que ambos intentaban levantar para proteger sus respectivos mundos se estaban incendiando desde los cimientos. El deseo prohibido, contenido durante interminables jornadas de miradas furtivas sobre contratos, llamadas telefónicas e informes, finalmente los reclamaba con la fuerza de un huracán.

Arthur la presionó con más fuerza contra la madera de la puerta, sus manos recorriendo la curva de su espalda con una urgencia que rozaba el dolor, pero que a ella solo la incitaba a pegarse más a él. Gin se entregó por completo al contacto, perdiéndose en el sabor a peligro, alcohol residual y poder absoluto que él desprendía. Era una rendición total, una declaración de guerra encubierta entre el jefe que se negaba rotundamente a perder el control y la secretaria que, sin pretenderlo, ya lo había doblegado por completo.

Cuando finalmente se separaron por la acuciante falta de aire, Arthur no la soltó. Apoyó su frente contra la de ella, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando de forma errática. Sus ojos negros, antes fríos y distantes como el espacio exterior, ahora ardían con una luz de posesión absoluta que la estremeció.

—Eres mía, Ginebra —sentenció él en un susurro ronco, una orden tajante que, sin embargo, sonaba como una súplica desesperada nacida desde lo más profundo de su ser—. No me importa quién intente entrometerse. Eres mía.




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