Mantener un secreto en el piso ejecutivo de la Corporación Vance era como intentar contener el agua con las manos desnudas. En un edificio donde los pasillos estaban alfombrados para silenciar los pasos y las paredes de cristal blindado aislaban el sonido, las miradas se convertían en el lenguaje más peligroso de todos. Los empleados, ávidos de cualquier chisme que pudiera humanizar al implacable magnate de veintinueve años, vigilaban cada movimiento. Sin embargo, detrás de la pesada puerta de roble del despacho presidencial, el juego de poder había cambiado por completo.
Durante las dos semanas posteriores a la fiesta anual, la rutina de la oficina se transformó en una coreografía milimétrica de deseo y simulación. Para el resto del mundo, Gin seguía siendo la asistente personal perfecta: impecable, eficiente y siempre a un paso de distancia de su jefe, vistiendo trajes ejecutivos que resaltaban su inteligencia y profesionalismo. Pero cuando el reloj marcaba las ocho de la noche, el último analista abandonaba el piso y las luces principales se apagaban para dar paso a la iluminación de cortesía, la fría fachada corporativa se derretía por completo.
Aquella noche de martes, Gin terminaba de organizar los archivos de la fusión hotelera en su computadora. De repente, la cerradura electrónica de la puerta principal emitió un suave pitido, indicando que el piso estaba sellado. Antes de que pudiera levantar la vista, una mano grande y cálida se apoyó sobre la superficie de su escritorio, interrumpiendo su trabajo.
Arthur estaba de pie junto a ella. Se había quitado el saco del traje y se había desabrochado los dos primeros botones de la camisa, revelando la tensión de su cuello. Sus ojos negros, habitualmente gélidos, brillaban con una intensidad fiera que hizo que el estómago de Gin diera un vuelco.
—Has trabajado suficiente por hoy, Ginebra —dijo él, con esa voz profunda y estricta que solía usar para intimidar a las juntas directivas, pero que ahora arrastraba un matiz peligrosamente ronco.
—Señor Vance, aún tengo que revisar el presupuesto de... —comenzó Gin, intentando aferrarse a la poca cordura profesional que le quedaba, pero Arthur no la dejó terminar.
Con un movimiento fluido y posesivo, la tomó de la cintura y la levantó de la silla giratoria, sentándola directamente sobre el borde del escritorio de roble. Los papeles se desordenaron bajo su cuerpo y la pantalla de la computadora quedó en el olvido. Gin jadeó, enredando por instinto sus manos en los hombros de la camisa de Arthur mientras él se interponía entre sus piernas, acortando toda distancia.
—Te dije que es suficiente —reiteró él, inclinándose para atrapar sus labios en un beso hambriento y profundo.
El contacto fue instantáneo y abrasador. Gin soltó un gemido sutil entre sus labios, perdiendo el control ante la urgencia de sus manos, que recorrían la curva de su espalda con una firmeza que rozaba el dolor. Cada encuentro clandestino en la oficina cargaba con la adrenalina del peligro; sabían que un guardia de seguridad nocturno o una llamada imprevista al intercomunicador podían destruirlos, pero el riesgo solo avivaba el fuego. Arthur la besó con una desesperación contenida, castigándola y adorándola al mismo tiempo por haber roto su inquebrantable regla de "Prohibido el romance". Ella lo había doblegado, y él tomó su boca con la posesión de un hombre que se negaba a dejarla ir.
Cuando se separaron por la falta de aire, Arthur apoyó la frente contra la de ella, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en sus labios hinchados.
—Esto es una locura, Arthur —susurró Gin, acariciándole la nuca con los dedos temblorosos—. Si alguien del personal de limpieza nos ve, o si Elena vuelve a aparecer sin avisar...
—Que miren —gruñó él, besándole la línea de la mandíbula hasta llegar a la sensibilidad de su cuello, haciéndola estremecer—. Esta es mi empresa. Yo pongo las malditas reglas, Ginebra, y mi única regla ahora es que me perteneces. No voy a permitir que nadie camine por este piso pensando que tiene una oportunidad contigo.
Gin sonrió débilmente, perdiéndose en el calor de su pecho, sin saber que la paz de ese rincón oculto estaba a punto de ser demolida por la realidad exterior.
___________________________________________________________________________________
Dos días después, la burbuja estalló de la manera más cruda posible. Arthur fue convocado de urgencia a una cena privada en la residencia de sus padres, un majestuoso ático en el sector más costoso de la ciudad que funcionaba como el verdadero cuartel general del clan Vance.
La opulencia del lugar —suelos de mármol pulido, candelabros de cristal de Murano y retratos de antepasados severos— se sentía esa noche como una prisión de alta seguridad. Arthur permanecía de pie junto a la chimenea apagada, sosteniendo un vaso de whisky de malta pura que ni se había molestado en probar. Sus facciones parecían esculpidas en piedra.
Frente a él, sentados en un sofá de seda damasquina, sus padres lo observaban con la frialdad de dos jueces listos para dictar sentencia. Charles Vance, a sus sesenta y dos años, mantenía la mirada fiera que Arthur había heredado, mientras que su madre, Eleanor, sostenía una taza de porcelana con una elegancia que ocultaba una voluntad de hierro.
—Dejar plantada a Elena Rostov en tres ocasiones consecutivas ya no es un descuido, Arthur; es una afrenta directa a nuestra posición y al apellido de esta familia —sentenció Charles, y su voz profunda resonó con un eco autoritario en las paredes altas del salón.
#65 en Joven Adulto
#742 en Novela contemporánea
dolor, secuestro venganza romance, jefe posesivo y asistente
Editado: 17.10.2026