El despacho presidencial de la Corporación Vance olía a café cargado, a madera de roble y, desde hacía unas semanas, al sutil perfume floral de Ginebra. Era el único rastro que quedaba de ella cuando las pesadas puertas se abrían y el implacable Arthur Vance volvía a transformarse en el director ejecutivo fiero y calculador al que todo el mundo temía.
Habían pasado tres días desde la violenta confrontación con Eleanor y Elena Rostov. Aunque Arthur había blindado la posición de Gin en la empresa con una ferocidad inquebrantable, el ambiente en el piso ejecutivo se había vuelto gélido y denso, casi asfixiante. Los murmullos en el comedor de empleados, los silencios abruptos en los pasillos y las miradas de reojo de los analistas de finanzas eran constantes; nadie en la corporación era estúpido, todos sabían que algo inaudito había ocurrido; el hecho de que el implacable jefe hubiera expulsado a su propia madre y a la poderosa heredera Rostov del piso para defender a su asistente personal no era un detalle que se pudiera sepultar bajo los informes diarios.
Gin lo sabía perfectamente, y la paranoia colectiva estaba empezando a desgastarle los nervios. Sentía el peso de las sospechas cada vez que cruzaba las puertas del ascensor.
Esa tarde de viernes, vestía un elegante traje sastre gris que se ajustaba a sus curvas con sutil discreción. Tecleaba con rapidez en su computadora, procesando las solicitudes de la junta de la próxima semana, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia el cristal translúcido que la separaba de Arthur. Sabía que él la observaba. Podía sentir el peso de su mirada oscura a través del vidrio, una atención constante, pesada y posesiva que la hacía estremecer incluso a la distancia. Trabajaban en un acuario de cristal, expuestos al escrutinio de cientos de subordinados, y cada movimiento debía ser fríamente calculado.
A las seis de la tarde, justo cuando el piso ejecutivo comenzaba a vaciarse y el personal de finanzas recogía sus pertenencias, el intercomunicador de su escritorio emitió un suave pitido.
—Ginebra. Trae las carpetas de rendimiento del cuarto trimestre. Ahora. —la orden de Arthur fue tosca, cortante, diseñada específicamente para el beneficio de cualquier empleado que estuviera escuchando en los cubículos cercanos. Era la máscara perfecta.
Gin respiró hondo para calmar los latidos de su corazón, tomó los documentos impresos entre sus manos temblorosas y se levantó. Caminó con pasos firmes, empujó la puerta de roble y entró al despacho presidencial, asegurándose de cerrarla a su espalda con un clic casi inaudible que los aisló por completo del resto del mundo.
Arthur estaba sentado detrás de su escritorio, pero en cuanto la cerradura electrónica se selló, la rigidez de su postura desapareció por completo. Se quitó los lentes de descanso que usaba para revisar los balances financieros y los arrojó sobre la mesa con desdén. Su mirada negra, intensa y hambrienta, se clavó en ella de inmediato, recorriendo su silueta con una necesidad que rayaba en la obsesión.
—Señor Vance, aquí tiene las... —comenzó Gin, intentando aferrarse a la formalidad corporativa por mera inercia de supervivencia.
—No me importan las malditas carpetas —la interrumpió él, levantándose de su silla de cuero con la agilidad felina de un depredador que finalmente tiene a su presa al alcance.
Rodeó el escritorio a grandes zancadas, acortando el espacio entre ellos en un abrir y cerrar de ojos. Gin dejó los documentos sobre el borde del mueble e intentó dar un paso atrás para recuperar un poco de espacio, pero Arthur fue infinitamente más rápido. La tomó de la cintura con una mano firme y dominante, atrayéndola hacia su cuerpo con una brusquedad que le robó el aliento. Su otra mano subió directamente a su nuca, enredando los dedos con fuerza en su cabello largo para inclinarle el rostro hacia arriba, exponiéndola por completo ante él.
—Estás demasiado lejos hoy —gruñó Arthur en un susurro ronco, justo antes de atrapar sus labios en un beso profundo, posesivo y cargado de una urgencia salvaje.
Gin soltó un suspiro ahogado entre sus labios y se entregó por completo al contacto, rodeándole el cuello con los brazos y pegándose a su pecho firme. Cada beso clandestino en esa oficina se sentía como un acto de rebelión pura contra todo y contra todos. La adrenalina de saber que cualquier persona del personal de limpieza podía golpear la puerta, o que los rumores seguían corriendo pasillo abajo, solo avivaba el fuego que los consumía. Arthur la presionó contra su cuerpo con una fuerza que casi rozaba el dolor, recordándole con la firmeza de sus manos que, a pesar de las amenazas de sus padres y de la presencia venenosa de Elena, ella seguía estando bajo su estricta y absoluta protección. Su lengua delineó la boca de Gin con un hambre que parecía no saciarse jamás, obligándola a apoyarse enteramente en él para no perder el equilibrio.
Cuando Arthur finalmente se apartó unos milímetros, manteniendo sus labios rozando los de ella y compartiendo el mismo aire agitado, Gin apoyó las palmas de sus manos en su camisa de seda, intentando estabilizar su respiración.
—Arthur... los empleados están hablando demasiado —susurró ella, con los ojos entornados y la voz empañada por el deseo—. Hoy en el ascensor, dos analistas del departamento de riesgos se callaron en seco en cuanto me vieron entrar. Se siente la tensión en el aire. Sienten que algo cambió de manera drástica entre nosotros. Tu coartada del otro día... todos están uniendo los puntos. Tarde o temprano, la junta va a presionar.
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Editado: 17.10.2026