La mañana del lunes se instauró en la Corporación Vance con la precisión despiadada de un cronómetro de alta gama. El sol invernal se filtraba de manera oblicua por los ventanales del piso ejecutivo, proyectando sombras alargadas sobre la alfombra gris de felpa. Para cualquiera que cruzara los detectores de metales de la planta baja, todo parecía seguir igual: las fotocopiadoras zumbaban, los analistas de riesgos revisaban las fluctuaciones de la bolsa en pantallas dobles y el ritmo de trabajo era tan voraz como de costumbre.
Sin embargo, debajo de esa superficie perfecta, el piso de la alta dirección bullía con una tensión subterránea. El rumor del jueves anterior —cuando Arthur Vance expulsó a su propia madre y a Elena Rostov del edificio para defender a Ginebra— se había propagado por los servidores informáticos, los baños y las máquinas de café con la velocidad de un virus.
Gin lo sintió en el instante exacto en que las puertas del ascensor privado se abrieron a las ocho de la mañana.
Vestía un traje sastre negro de líneas impecables y cuello alto, un atuendo que había seleccionado deliberadamente para sentirse protegida, como si la tela pudiera actuar como un escudo contra las miradas ajenas. Al avanzar hacia su mostrador de asistente personal, el sutil crujido de sus tacones pareció provocar un efecto dominó en el ala norte. Sarah e Irene, dos de las secretarias del departamento legal que solían saludarla con condescendencia, detuvieron su conversación de golpe. Ambas fingieron revisar unas carpetas, pero sus ojos la escanearon de arriba abajo con una mezcla de recelo y una intensa curiosidad morbosa.
—¿Viste cómo la defendió? —susurró Irene en voz baja en cuanto Gin les dio la espalda, creyendo que el ruido del aire acondicionado sepultaría sus palabras—. Jamás en cinco años he visto al señor Vance levantarle la voz a su madre. Y mucho menos por un empleado.
—Ahí hay gato encerrado —le respondió Sarah, tecleando furiosamente sin apartar la vista de reojo de Gin—. "Prohibido el romance en la oficina", claro, claro. Las reglas solo aplican para los de abajo. Mira cómo camina ahora. Se cree la dueña del piso.
Gin apretó los dientes, manteniendo la espalda rígida mientras se sentaba en su silla de cuero. Sus labios aún conservaban el sutil recuerdo de los besos hambrientos de Arthur en el pent-house, un contraste violento con la distancia glacial que él había impuesto desde que ingresaron al edificio corporativo.
A las nueve en punto, la imponente figura de Arthur Vance cruzó el pasillo principal. Vestía un traje gris Oxford de tres piezas que acentuaba su aura de poder absoluto e inflexible. Su rostro era una máscara de granito. Al pasar frente al escritorio de Gin, ni siquiera disminuyó la velocidad de sus pasos, pero la atmósfera del lugar cambió de inmediato. Todos los analistas de los cubículos contiguos se quedaron inmóviles, conteniendo el aliento.
—Ginebra. Los informes de la fusión internacional en mi mesa en cinco minutos. Y que no tengan un solo error de margen como los de la semana pasada —ordenó Arthur con una voz tosca, seca y desprovista de cualquier matiz de calidez. El tono fue tan cortante que resonó en todo el espacio abierto.
Un murmullo de sorpresa contenida corrió entre los escritorios cercanos. Los empleados intercambiaron miradas rápidas. Para el ojo común, el jefe estaba siendo más estricto y fiero que de costumbre con ella, una aparente señal de que estaba intentando corregir el escándalo del jueves. Pero los veteranos de la oficina notaron algo diferente. Había una fijeza en los ojos negros de Arthur, un milisegundo de atención desmesurada sobre la figura de Gin que jamás le dedicaba a ningún otro subordinado. No era la distancia de un jefe indiferente; era la distancia forzada de un hombre que se estaba obligando a no tocarla.
—Se los llevo de inmediato, señor Vance —respondió Gin con una voz igualmente fría, manteniendo la fachada profesional con un esfuerzo supremo.
En cuanto la puerta de roble del despacho presidencial se cerró, las cabezas de los cubículos volvieron a alzarse como periscopios.
A las once de la mañana, la tensión informática del piso ejecutivo alcanzó su punto de ebullición. Mark de la Cruz, un analista de ciberseguridad que trabajaba en el soporte técnico de la planta, se acercó al mostrador de Gin. Era el mismo joven que en los últimos meses solía dejarle chocolates y notas amables en el escritorio, detalles que Gin siempre ignoraba con cortesía. Sin embargo, esta vez su postura no era tímida. Había un nerviosismo eléctrico en sus movimientos y sostenía una tableta digital con fuerza.
—Gin, hola... —dijo Mark, bajando la voz y barriendo el pasillo con la mirada de forma sospechosa—. El departamento de TI está haciendo una actualización de seguridad obligatoria en las credenciales de los administradores del sistema. Necesito que firmes este registro digital para verificar que tu contraseña de acceso no ha sido compartida.
Gin se tensó de inmediato en su asiento. Recordó con nitidez las advertencias que Arthur le había hecho en la madrugada dentro del pent-house, tras descubrir la brecha de seguridad real y el software espía vinculado a los Rostov. Miró a Mark directamente a los ojos. Había un ligero temblor en las manos del analista y una insistencia que no correspondía a un mantenimiento de rutina.
—Déjamelo aquí, Mark. Lo revisaré con calma y se lo enviaré firmado al jefe de sistemas antes de que termine mi jornada —respondió Gin, manteniendo una sonrisa estrictamente profesional y gélida.
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Editado: 17.10.2026