Comencé la primaria con los zapatos nuevos que me apretaban un poco, y una mochila rosada que parecía demasiado grande para mis hombros pequeños. Me sentía con una mezcla de emoción y nervios, no sabía que iba a suceder, solo que iba a estar rodeada de niños y niñas que no conocía.
Hasta que llego él; se llamaba Mateo, aunque tarde en aprenderme su nombre. Tenía el cabello rebelde y unos ojos grandes hermosos de color del mar. Se sentaba dos asientos más adelante de la mía y a veces me miraba por unos segundos mientras la maestra explicaba.
No entendía bien que me pasaba cuando él me miraba, ni porqué sentía que el tiempo se hacía más largo cuando nuestras miradas se chocaban. Un día, me presto su goma de borrar y me dijo algo que no entendí del todo, "Sos la luz de mis días"; Me sonroje y no supe que decir.
No sabía explicar eso que sentía, ni como llamarlo, solo esa extraña sensación como si tuviera mariposas en el estómago.
Nunca pasamos más de miradas a lo lejos y de algunas palabras compartidas. Jamás fuimos amigos, ni nos juntábamos, solo existía esos momentos lindos cuando nuestras miradas se cruzaban.
A pesar de todo, el tiempo transcurrio como si nada de eso hubiera importado, la primaria terminó, y con esos pequeños momentos llegaron a su fín. Cada uno tomo su propio camino en secundarias diferentes. No hubo adiós, ni promesas, solo ese instante suspendido: el último día, cuando nuestras miradas se cruzaron entre la multitud por última vez.
Editado: 25.02.2026