Pasaron tres años. Entendí que nada era como lo imaginaba cuando era niña. La vida no se trataba solo de jugar, reír o compartir afecto con amigos y familia. Empezaron a aparecer emociones nuevas, dudas, cambios… cosas que siempre habían estado ahí, pero que recién ahora me atrevía a mirar de frente, como si por fin estuviera abriendo los ojos a una verdad más compleja y más real.
Aunque a veces extraño esa etapa de mi infancia en la que todo parecía sencillo y no existían batallas que librar, también descubro que en este umbral hay una intensidad distinta: desafíos que me hacen crecer y emociones nuevas que me despiertan por dentro.
En la secundaria empecé a ver qué cada persona lleva sus propias batallas, ya no todo es blanco o negro, hay grises, hay silencios, descubrimientos: ¿Quien soy?, ¿Que me gusta?, ¿Que me molesta?, ¿Qué me hace bien, y que no?
Y en medio de tantos cambios, entre rostros nuevos y pasillos desconocidos, apareció alguien que, sin saberlo, iba a inaugurar una etapa distinta en mi vida. Entre esa marea de emociones recientes, descubrí algo que jamás había sentido con tanta intensidad: el amor. Un sentimiento que no llegó con instrucciones ni advertencias, pero que transformó silenciosamente mi manera de mirar el mundo.
Editado: 25.02.2026