Después de un largo silencio, finalmente le respondí: —Yo también lo siento… desde hace tiempo, pero no sabía si decirlo. Tenía miedo de que tú no lo sintieras.
Mis palabras salieron temblorosas, casi en un susurro, como si pronunciarlas liberara un peso que llevaba demasiado tiempo cargando. Sus ojos brillaron, y en ese instante supe que todo había valido la pena: cada duda, cada mirada, cada momento de incertidumbre.
Nos sonreímos, cómplices, como si por fin dejáramos de escondernos, y sin necesidad de palabras, nos abrazamos. El mundo siguió girando, pero para nosotros, el tiempo se detuvo.
Desde ese día, todo fue maravilloso, como sacado de un cuento de hadas. Todo era especial, mágico. Me protegía como si mi vida dependiera de ello, me miraba como si yo fuera lo único que existiera, me abrazaba con la ternura de un peluche. Su amor era evidente, y solo bastaba mirar sus ojos para sentirlo.
Cada mañana a su lado era increíble; cada atardecer, espléndido. Éramos como dos gotas de agua que jamás podían separarse. Había encontrado a mi media naranja… o al menos, eso creía.
Editado: 25.02.2026