La madera de la vieja casona de Valle Sombrío crujía como si tuviera huesos viejos y cansados. Desde su cama, Leo miraba el techo fijamente, siguiendo el rastro de las humedades que formaban figuras grotescas bajo la débil luz de la luna que se filtraba por la ventana.
Hacía tres semanas que se habían mudado. Tres semanas desde que su padre, Tomás, había decidido que el aire del campo y la herencia de la abuela eran la solución para las deudas y el estrés de la ciudad. Pero para Leo, aquella casa se sentía como una trampa. En la escuela nueva las cosas no iban mejor; los chicos locales eran implacables con el "niño raro de la ciudad", y los moretones en sus brazos, ocultos bajo las mangas largas, eran la prueba silenciosa de su fracaso por encajar.
Un golpe seco, proveniente del piso superior, rompió el silencio de la madrugada. Toc, toc.
Leo se encogió bajo las sábanas, conteniendo el aliento. El piso de arriba era el ático, un lugar cerrado con candado donde su padre guardaba las cajas que aún no habían desempacado y los muebles cubiertos con sábanas blancas.
—Solo es el viento, Leo. Solo es el viento —se susurró a sí mismo, repitiendo la frase que su madre, Elena, usaba siempre para calmarlo. Como psicóloga, ella siempre tenía una explicación lógica para todo: el estrés del cambio, la hiperactividad de la imaginación infantil, la falta de sueño.
Pero el viento no caminaba. Y sobre su cabeza, algo arrastraba los pies con una lentitud exasperante.
Vencido por una mezcla de terror y una curiosidad infantil que no conocía límites, Leo se deslizó fuera de la cama. Sus pies descalzos sintieron el frío helado del parqué. Salió al pasillo en silencio, esquivando las tablas que sabía que crujían. La casa estaba sumida en una penumbra azulada. Al fondo del corredor, la puerta del ático permanecía entreabierta, dejando ver una línea de negrura absoluta. ¿Acaso su padre no le había puesto el candado esa tarde?
El niño subió los escalones de madera uno a uno, con el corazón golpeándole el pecho como un pájaro enjaulado. Al llegar arriba, el olor a polvo, humedad y papel viejo le inundó las fosas nasales.
No había nadie. Las sábanas sobre los muebles viejos parecían fantasmas mudos bajo la luz lunar. Leo exhaló un suspiro de alivio, dispuesto a regresar, cuando sus ojos se fijaron en una mesa de noche que se había volcado. Junto a ella, un libro de tapas de cuero grueso y desgastado yacía abierto en el suelo.
Olvidando el miedo, se arrodilló y lo recogió. Las páginas eran amarillentas, escritas en un idioma que no comprendía, pero llenas de ilustraciones hechas a tinta: figuras humanas rodeadas de un aura de humo, rostros sin ojos, y diagramas extraños. En la página central, alguien había escrito una traducción a mano con una caligrafía temblorosa:
"El Tulpa: La criatura del pensamiento. Dale una forma. Dale un nombre. Descríbelo cada noche antes de dormir. Imagina el calor de su mano, el sonido de su voz. Si tu mente es lo suficientemente fuerte, él vendrá a protegerte."
Leo acarició las letras con la yema de los dedos. Una extraña calidez pareció subir por su brazo. Pensó en los chicos que se habían burlado de él esa tarde en el patio de la escuela, en el empujón que lo había hecho caer al barro, en la profunda y agobiante soledad que sentía cada vez que cruzaba esa puerta.
—Un protector... —murmuró en un susurro apenas audible.
Cerró los ojos con fuerza. En la oscuridad de su mente, empezó a dibujar. No quería un monstruo, quería a alguien alto, fuerte, alguien que llevara una gabardina oscura para esconderse y cuyos ojos brillaran con una luz azul, pacífica. Un ser que hablara con una voz profunda, como el eco de una caverna, y que se llamara Kael.
—Te llamas Kael —susurró Leo hacia el interior del ático vacío—. Y vas a ser mi amigo.
El aire de la habitación se volvió repentinamente tan frío que el aliento de Leo se transformó en vapor. De fondo, el péndulo del reloj de la sala, abajo, se detuvo en seco.
A pocos metros de él, detrás de la silueta de un viejo ropero cubierto por una sábana, el tejido de la realidad pareció rasgarse. El aire se distorsionó, volviéndose denso, y una sombra, un poco más oscura que la mismísima noche, comenzó a estirarse sobre la pared, imitando la forma de un hombre alto.
Leo no la vio. Se dio la vuelta con el libro bajo el brazo y bajó corriendo a su habitación, sintiendo por primera vez en semanas una chispa de esperanza en el pecho.
No sabía que, en la esquina más oscura del ático, la sombra acababa de parpadear con dos puntos de una intensa y fría luz azul.