Nacido de mí mente

Capitulo 2: Desayuno con sombras

El sol de la mañana en Valle Sombrío no calentaba; solo iluminaba la niebla que flotaba sobre los campos como un manto sucio. En la cocina de la casona, el aroma a café recién hecho intentaba, sin mucho éxito, camuflar el persistente olor a humedad de las paredes.

​Elena revolvía su taza con una cuchara, el tintineo metálico rítmico acompañando el ceño fruncido con el que miraba su computadora portátil. Las notas de sus pacientes de la ciudad seguían acumulándose en el correo, y la transición a las consultas en línea estaba resultando un dolor de cabeza.

​—¿Otra vez con el informe de los Martínez? —preguntó Tomás, entrando a la cocina mientras se abotonaba una camisa de franela a cuadros. Tenía ojeras marcadas y las manos agrietadas por el trabajo de carpintería que había estado haciendo en el porche.

​—No, estoy revisando unos artículos sobre el trastorno de adaptación en niños —respondió Elena, sin apartar los ojos de la pantalla—. Leo no está durmiendo bien, Tomás. Anoche volví a escucharlo caminar de madrugada. Y esta mañana encontré esto en el pasillo.

​Elena deslizó un objeto sobre la mesa de madera. Era el candado del ático. Estaba abierto, pero no forzado; la llave seguía colgada en el llavero de la entrada. Tomás lo recogió, extrañado.

​—Ayer juraría que lo cerré —murmuró, dándole la vuelta al metal frío—. Quizás me olvidé con el cansancio. Llevo tres días tratando de reparar las vigas del sótano y ya no sé ni qué día es.

​—O quizás Leo subió a buscar algo. Ayer volvió de la escuela con la campera embarrada y no quiso decirme por qué. Está esquivo, se encierra en su cuarto y... bueno, la mudanza le está pegando más duro de lo que pensábamos.

​—Dale tiempo, Elen. Es un chico fuerte. Solo necesita hacer amigos.

​Los pasos de Leo interrumpieron la conversación. El niño entró a la cocina arrastrando los pies, con la mochila escolar colgando de un solo hombro. Tenía un aspecto extrañamente tranquilo, casi radiante, a pesar de las sombras oscuras bajo sus ojos.

​—Buen día —dijo Leo, sentándose a la mesa.

​—Buen día, campeón —Tomás le revolvió el pelo—. ¿Cómo dormiste? ¿Escuchaste los ruidos de la madera anoche? Esta casa parece que está viva.

​—Dormí muy bien —respondió Leo, esbozando una sonrisa que sus padres no veían desde hacía semanas—. Ya no tengo miedo de los ruidos. Kael dice que las casas viejas solo están cansadas, que no hay nada malo en ellas.

​Elena detuvo la cuchara en seco. Su instinto profesional se encendió de inmediato. Miró a su hijo con una mezcla de ternura y escrutinio analítico.

​—¿Kael? —preguntó, suavizando la voz—. ¿Quién es Kael, mi amor? ¿Un chico nuevo de la escuela?

​—No, no va a la escuela —Leo tomó un sorbo de su leche, con total naturalidad—. Es mi amigo. Lo conocí anoche. Es muy alto, usa una campera larga y me cuida. Me dijo que hoy en el recreo los chicos grandes no me van a molestar más.

​Tomás miró a Elena de reojo. Elena forzó una sonrisa comprensiva y se inclinó hacia adelante haciéndose un rodete con sus cabellos rubios.

​—Vaya, un amigo invisible. Es normal tener una imaginación tan grande cuando nos mudamos a un lugar nuevo, Leo. A veces la mente crea compañeros para ayudarnos a procesar los cambios. Yo misma, de chica, tenía una...

​—No es invisible —la interrumpió Leo, mirándola con una fijeza que incomodó a su madre—. Es real. Solo que todavía no le gusta que lo vean los adultos. Dice que ustedes complican mucho las cosas con sus explicaciones.

​Un silencio denso cayó sobre la cocina. El refrigerador viejo comenzó a zumbar con un ruido metálico y vibrante que pareció llenar toda la habitación. De repente, la luz del techo parpadeó dos veces, una chispa rápida que apagó la calidez de la cocina por una fracción de segundo.

​Tomás carraspeó, tratando de romper la tensión.

​—Bueno, invisible o no, más vale que Kael te ayude a terminar la tarea de matemáticas hoy por la tarde —dijo con tono jocoso, aunque su mirada reflejaba desconcierto—. Anda, ve a buscar la campera que el transporte escolar no tarda en pasar.

​Leo se levantó de la mesa de inmediato. Antes de salir de la cocina, miró hacia el rincón más oscuro, al lado de la alacena antigua, y asintió levemente con la cabeza, como si respondiera a una orden silenciosa.

​Cuando el niño se alejó por el pasillo, Elena cerró la computadora de golpe.

​—¿Viste eso? —susurró.

​—¿El parpadeo de la luz? Sí, la instalación eléctrica de este pueblo es una basura, tendré que revisar los fusibles...

​—No me refiero a la luz, Tomás —lo cortó Elena, con la voz temblorosa—. Miró a la esquina. Le habló a la nada con quién una seguridad que me dio escalofríos. No es el típico amigo imaginario con el que un niño juega a la hora del té. Habla de él como si fuera una autoridad. "Kael dice". No me gusta.

​—Elen, por favor, eres psicóloga, no busques fantasmas donde no los hay —Tomás suspiró, pasándose una mano por el rostro—. El chico sufrió bullying en la ciudad, llega aquí y los chicos lo tratan peor. Está creando un mecanismo de defensa, un protector. Es de manual, ¿no?

​—Sí, es de manual —admitió Elena, tratando de autoconvencerse mientras se cruzaba de brazos—. Pero el tono de su voz... no parecía la voz de un niño jugando. Parecía la de alguien que está obedeciendo.

​Afuera, el bocinazo ronco del transporte escolar interrumpió la discusión. Leo abrió la puerta principal y salió corriendo hacia el camino de tierra.

​Desde la ventana de la cocina, Elena observó a su hijo caminar hacia el vehículo amarillo. El patio estaba cubierto por la niebla matutina. Por un segundo, debido al reflejo del vidrio y a la densidad de la bruma, a Elena le pareció ver una silueta inusualmente alta, desproporcionada, caminando justo detrás de Leo, extendiendo una mano invisible sobre el hombro del niño como si lo guiara.

​Elena parpadeó, sacudiendo la cabeza. Cuando volvió a mirar, la silueta ya no estaba. Solo estaba Leo, subiendo los escalones del autobús.




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