Nadar Contra Tí

Humillación

El pitido del cronómetro no sonaba fuerte, pero en la piscina se sentía como un golpe.

Eliara estaba sentada en el borde con las piernas dentro del agua, los brazos apoyados sobre las rodillas. Se concentraba en respirar con calma, en bajar el pulso, en convencer al hombro de que el ardor era normal, manejable, parte del precio.

El entrenamiento había seguido como si nada, pero no era verdad. Desde lo que Zyren dijo, el aire se había cargado. Nadadores que antes charlaban ahora medían cada palabra. Los juveniles miraban a Eliara con curiosidad, como si estuvieran esperando descubrir si la leyenda de su regreso era real… o un mal chiste.

El entrenador principal, Kovács, caminaba por el borde con una tabla en la mano. No levantaba la voz a menudo. Cuando lo hacía, era porque quería que el mensaje se quedara.

—Hoy hacemos una serie cronometrada —anunció—. Cien metros. Uno contra uno.

Hubo un murmullo inmediato. El tipo de murmullo que solo nace cuando el entrenamiento se convierte en espectáculo.

Eliara sintió que algunos la miraban antes de que Kovács dijera el nombre.

—Valka —dijo el entrenador, sin emoción—. Voss.

El agua pareció enfriarse de golpe.

Zyren estaba de pie, apoyado en el carril cuatro, secándose la cara con la mano. Ni siquiera preguntó por qué. Solo asintió y se acercó al bloque como si lo hubieran llamado a una tarea rutinaria.

Eliara tragó saliva.

Esto es exactamente lo que querías, ¿no? Demostrar que no soy un adorno.

Podía decir que no. Podía pedir otra serie, otro día, más tiempo. Pero la palabra “segundas oportunidades” seguía flotando en su cabeza como cloro en los pulmones.

—Acepto —dijo, antes de que su prudencia la frenara.

Un par de nadadores se apartaron para dejarles espacio. Alguien se subió las gafas con nerviosismo, como si ver esa carrera fuera parte de su formación.

Eliara subió al bloque del carril cinco. Sintió la textura rugosa bajo los dedos de los pies, el temblor leve de los músculos, el hombro enviando su recordatorio punzante, como una mano apretándole la articulación desde adentro.

A su izquierda, Zyren ya estaba listo. El cuerpo inclinado, la espalda dibujada con precisión, la calma de alguien que conoce su propio final feliz.

Eliara no miró al público porque no había. Pero el grupo de nadadores alrededor del borde era suficiente. Ese tipo de ojos pesan más que cualquier tribuna.

Kovács levantó la mano.

—A sus marcas.

Eliara se dobló hacia adelante. Los dedos se aferraron al borde del bloque. Inspiró.

Una sola cosa: salida limpia. Primeros cincuenta firmes. No dejarlo ir.

—¡Ya!

Se lanzó.

La explosión fue buena. Eliara sintió el agua tragársela, cerrarse sobre su cuerpo, volverse silencio. Se estiró, pateó delfín, rompió la superficie con la respiración controlada y comenzó a tirar de la línea negra como si pudiera arrastrarla hacia ella.

Las primeras brazadas fueron un alivio: el cuerpo respondió. El hombro dolía, sí, pero no se desarmaba. Eliara encontró un ritmo alto, agresivo, y durante unos instantes creyó que podía sostenerlo.

A los veinticinco metros, estaba pareja con Zyren.

A los treinta, todavía.

La adrenalina le encendió la sangre: el sonido del agua a su lado, la presencia del campeón, tan cerca que podía sentir la vibración de su patada.

Estoy aquí. Estoy aquí de verdad.

En el viraje, Eliara giró con decisión. Tocó la pared, encogió las rodillas, se impulsó con fuerza.

El hombro protestó al estirar el brazo en la salida. Un pinchazo filoso, corto, como un chasquido interno. Eliara apretó los dientes debajo del agua y siguió.

Cuando volvió a emerger, en los cincuenta metros, seguía en carrera.

Zyren estaba apenas delante. Nada dramático. Apenas media cabeza.

Eliara respiró, apretó el ritmo. Tiró más fuerte. Aumentó la frecuencia de brazada. Sintió el ácido acumulándose en los antebrazos, en los muslos. El cuerpo empezaba a cobrar la deuda.

A los sesenta metros, Zyren hizo algo que Eliara conocía demasiado bien: cambió.

No fue evidente para cualquiera. No fue una explosión. Fue una decisión mínima, técnica, como si apretara un botón que el resto no tiene.

Su patada se volvió más profunda. Su brazada, más larga. La respiración, más espaciada.

Y de pronto, él no estaba “apenas” delante.

Estaba yéndose.

Eliara intentó seguirlo. Lo intentó con rabia, con orgullo, con todo lo que había perdido durante la rehabilitación. Subió el ritmo hasta sentir que el hombro ardía como si le hubieran metido fuego.

Pero el cuerpo no mintió.

Los últimos veinticinco metros se convirtieron en una pared invisible. Eliara empezó a perder agua en la brazada, a sentir el agarre menos sólido, a escuchar su propia respiración volverse un ruido torpe.

Zyren, en cambio, se alejaba con una crueldad tranquila.

A los ochenta metros, ya era un cuerpo completo.

A los noventa, dos.

Eliara tocó la pared con el pecho apretado, la vista nublada, la garganta raspándole. Se quedó agarrada al borde, temblando, obligándose a no doblarse, a no mostrar el colapso.

Escuchó el toque de Zyren.

Había tocado antes.

Varios segundos antes.

Kovács miró el cronómetro. Luego otro. Luego levantó la vista.

—Valka: cincuenta y uno —dijo, como si leyera un dato sin emoción—. Voss: cincuenta y seis.

Cinco segundos.

En cien metros, cinco segundos era una sentencia.

Eliara sintió el golpe detrás de las costillas. No era que hubiera perdido. Era cómo había perdido: con claridad, con margen, con la evidencia de que su regreso era todavía una promesa sin respaldo.

Los nadadores alrededor intentaron disimular. Algunos miraron al agua. Otros al reloj. Pero Eliara sabía leer ese silencio: era lástima mezclada con alivio.

No fui yo. No me eligieron a mí para el paredón.




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