Nadar Contra Tí

El Entrenamiento Nocturno

El centro acuático de noche era otro lugar.

Sin voces rebotando en las paredes, ni el golpeteo constante de chanclas, ni el silbato que ordenaba el tiempo. Solo quedaba el eco del agua moviéndose despacio, como si la piscina respirara por su cuenta. Las luces del techo estaban a media potencia y dibujaban franjas amarillas sobre el fondo azul; cada reflejo temblaba en el techo como un pensamiento que no se queda quieto.

Eliara entró usando su tarjeta, sin saludar a nadie porque no había nadie. El guardia de turno estaba en la garita del acceso, mirando una pantalla vieja. Levantó la vista apenas, más por costumbre que por interés.

—¿Otra vez? —preguntó, sin juicio.

—Solo un rato —respondió Eliara, bajando la voz como si el silencio del lugar lo exigiera.

Ella sabía que mentía. Lo sabía desde que salió del estudio y el aire frío de la calle le pegó en la cara: no venía “un rato”. Venía a callar el ruido de la entrevista. Buscaba recuperar una sensación que no dependiera de titulares ni de chats.

En el vestuario, el silencio era más pesado. Eliara se cambió despacio, como si cada gesto tuviera que ser exacto para no despertar el dolor. Se recogió el pelo, ajustó las gafas, se miró un segundo en el espejo.

La cara era la misma de siempre, pero los ojos no. Había algo tenso ahí, una vigilancia constante, como si se estuviera esperando fallar.

Última oportunidad.
La frase de Kovács era una piedra en el bolsillo.

Eliara salió al borde de la piscina.

El agua estaba tranquila. Demasiado.

Se detuvo un segundo, mirando la superficie lisa. Esa calma la retó. Le recordó que el agua no se conmueve por nada: ni por la prensa, ni por la reputación, ni tampoco por la nostalgia. Si nadas mal, te lo cobra. Si nadas bien, te lo devuelve.

Se sentó en el borde y metió las piernas. El frío le subió por la piel y le aclaró la cabeza.

—Series largas —murmuró, más para sí que para el lugar—. Resistencia.

No tenía entrenador marcando parciales. No tenía compañeros para empujar el ritmo. Solo un reloj en la pared que hacía tic con indiferencia.

Eliara se empujó al agua.

La primera ida fue suave, casi una negociación con el cuerpo: estoy aquí, no te pido milagros, solo que te acuerdes. El hombro aceptó, con esa protesta leve que ya se había vuelto su fondo permanente.

A los cuatrocientos metros, el cuerpo entró en calor y la mente empezó a apagarse.

A los ochocientos, el ritmo se asentó. Brazada, respiración, patada. El sonido de su propio desplazamiento se volvió lo único importante. Los pensamientos de la entrevista se quedaban atrás, como espuma.

A los mil doscientos, Eliara ya no estaba discutiendo con el mundo. Estaba discutiendo consigo misma.

¿Por qué me importa tanto lo que digan?
Porque le importaba. Porque antes de la lesión nadie dudaba de ella. Ahora todos buscaban el momento en que su historia se quebrara en público.

Eliara aumentó el ritmo.

Hizo una serie de mil quinientos, luego otra. Metió descansos cortos, quince segundos, veinte. Se apoyaba en el borde, respiraba, volvía a empujarse.

Cada regreso al agua era una decisión.

La piscina siguió vacía. O parecía vacía. En realidad estaba llena de sombras: la sombra de la Eliara que tocaba primero, la sombra de la lesión, la sombra de Zyren sentado al fondo del estudio, escuchándola como si guardara cada palabra para usarla después.

En el tercer bloque, el hombro empezó a hablar más fuerte.

Al principio era un ardor tolerable, una quemazón en el tendón que se puede disfrazar de cansancio. Luego fue un pinchazo al entrar la mano. Después, una sensación de debilidad: el brazo derecho tiraba, pero no agarraba el agua como debía.

Eliara tocó la pared y se quedó quieta, flotando con las manos en el borde.

Respiró.

El reloj marcaba tarde. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí. Dos horas, tal vez más. En su cabeza, el número no importaba. Lo único que importaba era que el cuerpo estaba volviendo a poner condiciones.

Si sigues, mañana lo vas a pagar.
Si paras, hoy perdiste.

Eliara se obligó a mirarse con honestidad. El dolor no era imaginado. El hombro tenía esa vibración interna que anunciaba peligro, esa línea fina entre esfuerzo y lesión.

Se quedó unos segundos inmóvil, sintiendo el agua moverle la cintura, fría en la espalda.

Podía parar. Podía decir que fue suficiente por hoy, que la resistencia se construye con tiempo. O podría optar por lo inteligente.

Y sin embargo…

Pensó en el periodista: “¿Crees o sabes?” —en el video filtrado, en el chat que esperaba su caída, en Kovács y su carpeta de fechas rojas.

Eliara apretó los dedos contra el borde.

—Una serie más —dijo en voz baja.

No lo dijo como promesa heroica. Lo dijo como condena elegida.

Se impulsó.

Los primeros cien metros fueron feos. El hombro se quejó en cada entrada. Eliara corrigió la técnica: bajó un poco la frecuencia, alargó brazada, buscó apoyo con el torso, repartió la carga. Intentó nadar “limpio” para no irritar más.

A los doscientos, el dolor se estabilizó, pero no se fue. Se quedó como un animal atado a su brazo.

A los trescientos, empezó la fatiga real: piernas pesadas, respiración más ruidosa. La mente le pedía salir.

Eliara no salió.

Tocó la pared en el cuatrocientos y giró.

En el quinientos, ya no nadaba para mejorar. Nadaba para no rendirse.

El agua le golpeaba los pómulos. La luz del techo se rompía en su visión cada vez que respiraba. Su brazo derecho se sentía ajeno, como si alguien lo hubiera reemplazado por uno prestado.

—Vamos —se dijo, con rabia—. Vamos.

Cuando terminó la serie, tocó la pared final y se quedó colgada del borde, jadeando. La boca le sabía a metal. El hombro ardía con una intensidad que le subía al cuello.

Eliara cerró los ojos un instante, reuniéndose.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.