Nadie me enseñó a quedarme

Capítulo 1: Antes de mí

Antes de eso, antes de que existiera cualquier versión de mí, Marisol era solo una muchacha de dieciséis años parada en una terminal de autobuses, con una maleta que pesaba menos que sus ganas de irse. Vengo de esa imagen, aunque nunca la vi con mis propios ojos: la imaginé tantas veces, con tantos detalles distintos según el humor con que me la contaban, que a estas alturas ya no sé cuánto es memoria heredada y cuánto es mía, inventada a fuerza de necesitar entender de dónde salí.

El caserío del que venía no tenía casi nada. Eso lo he escuchado siempre en la misma frase, dicha por ella con el mismo tono seco: "no había ni trabajo, ni futuro, ni una razón para quedarse." Caracas, en cambio, prometía las dos cosas que a los dieciséis años le faltaban a mi madre: dinero, y una vida que no fuera calcada de la de su propia madre. No sé si alguna vez se preguntó qué precio tenía esa promesa. Sospecho que no había tiempo, a esa edad, para hacerse esa clase de preguntas. Uno simplemente sube al autobús.

Consiguió trabajo como empleada doméstica en casa de un hombre llamado Argenis. Él tenía cincuenta años. Tenía esposa. Tenía un hijo con esa esposa, y otros hijos ya adultos de una relación anterior, hijos que le llevaban más años a mi madre de los que ella misma tenía.

Marisol tenía dieciséis.

Escribo esa frase sola, en su propia línea, porque así es como me la han contado siempre: como un dato que se sostiene solo, sin necesidad de explicación, porque la explicación es precisamente lo que falta. Nunca supe los detalles de cómo empezó. Dejé de preguntar hace mucho, en algún punto de mi adolescencia en que entendí que preguntar no me iba a dar una respuesta distinta a la que ya tenía armada en la cabeza. Lo que sé, lo que me llegó en pedazos, a lo largo de los años, dicho entre otras cosas, nunca de frente, es que la esposa de Argenis los descubrió. Que hubo un divorcio. Y que Marisol, diecisiete años recién cumplidos, sin nada más que un cuerpo joven y una casa que ya no era de nadie, se quedó con un hombre que le triplicaba la edad.

A veces pienso en esa palabra, "se quedó", y me pregunto cuánto de decisión tuvo y cuánto de no tener a dónde más ir. No lo voy a saber nunca del todo. Es una de esas preguntas que heredé sin las respuestas que las acompañan.

Ahí nací yo. Después, mi hermano.

De esos primeros años en Caracas no recuerdo casi nada, y lo poco que recuerdo probablemente lo armé después, juntando pedazos de conversaciones de adultos que no sabían que yo escuchaba desde el otro cuarto, desde detrás de una puerta entreabierta, desde ese lugar intermedio donde los niños aprenden más de lo que los adultos creen. Sé que mi padre bebía. Sé que cuando bebía, el aire de la casa cambiaba de temperatura, como si las paredes mismas supieran, antes que nosotros, que había que tener cuidado.

Aprendí, antes que casi cualquier otra cosa, antes que a leer, antes que a andar en bicicleta, antes que muchas de las cosas que se supone que un niño debe aprender primero a reconocer sus pasos en el pasillo. Había un paso liviano, casi normal, que significaba que se podía respirar. Y había otro paso, más pesado, más irregular, que arrastraba consigo un silencio distinto en toda la casa, un silencio que mi hermano y yo aprendimos a leer como quien lee el cielo antes de una tormenta. En esas noches, sin que nadie nos lo tuviera que explicar con palabras, sabíamos que convenía desaparecer: hacernos pequeños en un rincón del cuarto, fingir que ya dormíamos, esperar a que el ruido de la casa volviera a bajar de volumen.

Tenía siete años cuando mi madre finalmente se fue.

No recuerdo el momento exacto de la decisión, si es que hubo un momento así, un instante preciso en que ella dijo "hasta aquí". Lo que recuerdo o lo que creo recordar, que a estas alturas del libro ya sé que no es lo mismo, son las maletas abiertas sobre la cama, la prisa con la que empacamos lo que cupo, la sensación de que nos íbamos con menos de lo que habíamos llegado a tener. Volvimos al caserío del que ella había escapado una vez, años atrás, con dieciséis años y una maleta liviana de otras ganas. Volvimos a la casa de mi abuela.

Yo pensé, con la lógica simple de una niña de siete años, que estábamos huyendo hacia algo mejor. Todavía no sabía tardaría años en aprenderlo, y todavía más en poder escribirlo así, con esta claridad que solo da la distancia que a veces uno solo cambia de infierno por otro con distinto paisaje. Que el miedo, cuando ya aprendiste a reconocerlo desde tan chica, tiene la costumbre de encontrar la manera de seguirte, aunque cambies de ciudad, de casa, hasta de país.

o lo sabía esa tarde, mirando por la ventana del autobús cómo Caracas se iba quedando atrás. Solo sabía que mi madre iba callada a mi lado, que mi hermano dormía con la cabeza apoyada en su hombro, y que en algún lugar por delante nos esperaba una abuela que yo apenas recordaba, en un pueblo que todavía no tenía ni nombre ni cara para mí.

No sabía todavía que ese pueblo, el mismo que se suponía iba a ser nuestro refugio, se iba a convertir en el lugar donde aprendí, línea por línea, exactamente cuánto podía doler el mundo.




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