Nadie me enseñó a quedarme

Capítulo 2: La casa de bloques

El bus nos dejó en una parada que no era más que un poste y un techo de zinc, y desde ahí caminamos el resto, mi madre adelante con una bolsa en cada mano, mi hermano agarrado de mi camisa, yo mirando todo con esa curiosidad que todavía no sabe que también puede doler.

El pueblo olía distinto a Caracas. Eso lo noté antes que cualquier otra cosa, antes incluso de ver una sola cara conocida: un olor a tierra mojada, a leña quemándose en algún patio cercano, a un verde que yo no sabía nombrar todavía porque nunca había estado tan cerca de tanto verde junto. En Caracas el aire olía a otra cosa, a calle, a gasolina, a encierro. Aquí el aire se sentía más grande, como si hubiera espacio de sobra para que cupiera.

La casa de mi abuela apareció al final de una calle sin asfaltar, de bloques sin frisar, gris, sin pintar, con una puerta de metal que alguien había dejado abierta de par en par. Y ahí, parada justo en el marco, con las manos en la cintura y una expresión que no terminaba de ser bienvenida ni tampoco rechazo, estaba mi abuela Rosa.

Nos quedamos las dos mirándonos un momento. Yo con la mano todavía enredada en la camisa de mi hermano, ella con esa quietud de quien ya ha visto llegar y partir a demasiada gente como para sorprenderse por una nieta más.

―Así que esta es Carol ―dijo, al fin, sin moverse del marco de la puerta.

No lo dijo como pregunta. Lo dijo como quien confirma algo que ya sabía de antemano, algo que quizás había discutido con alguien más en alguna llamada, en alguna charla, mucho antes de que yo pusiera un pie en esa calle. No supe, esa tarde, si lo decía por mí, por la niña de siete años parada frente a ella, con las trenzas medio deshechas del viaje o por todo lo que mi nombre ya cargaba antes de que yo misma llegara a cargarlo.

Detrás de ella empezaron a aparecer caras. Primero un par de primos que no conocía, un niño y una niña más o menos de mi edad, que se quedaron mirándome desde la distancia prudente con la que los niños miran a lo desconocido: ni hostil ni amable, solo evaluando. Después salieron dos tíos, hombres grandes con los brazos cruzados, que me midieron de arriba abajo con esa mirada lenta que yo todavía no sabía leer del todo, pero que ya me hacía sentir pequeña de una manera distinta a la estatura.

Nadie me dijo nada directamente esa tarde. No hubo insultos, no hubo una sola palabra fuera de lugar. Y sin embargo, algo en el aire, en la forma en que me miraban, en el silencio que siguió a la frase de mi abuela, me dijo que ese pueblo entero ya tenía una idea de quién era yo antes de que yo abriera la boca: la hija de la muchacha que se metió con un viejo casado. La hija del negro.

Entramos a la casa. Adentro olía a café recién colado y a algo más, algo de humedad de las paredes de bloque que todavía no habían visto una capa de pintura. Mi abuela nos señaló un cuarto al fondo, con dos camas y una ventana pequeña por la que entraba una luz distinta a la que yo conocía, y dijo, ya de espaldas, caminando hacia la cocina:

―Acomódense. Ya casi es hora de comer.

Fue todo lo que dijo. No hubo abrazo, no hubo pregunta sobre el viaje, no hubo ninguna de esas cosas que yo, sin saber que las esperaba, había estado esperando de alguna manera desde que subimos al bus. Solo esa instrucción práctica, dicha sin mirar atrás, y el sonido de sus pasos alejándose hacia la cocina.

Me senté en el borde de una de las camas, con mi hermano a mi lado todavía sin decir palabra, y miré por la ventana pequeña hacia el patio de tierra donde ya se distinguían las siluetas de mis primos, que seguían ahí afuera, hablando entre ellos en voz baja, mirando de reojo hacia la ventana de nuestro cuarto.

Nadie me lo dijo así, esas primeras semanas. Pero algo en mí ya sentía, incluso a los siete años, que había partes de mí que a la gente le costaba mirar de frente. No sabía todavía nombrar esa sensación, no tenía las palabras, ni la edad, ni la distancia que tengo ahora, escribiendo esto, pero la sentía en el cuerpo, del mismo modo en que un animal joven siente el peligro antes de poder explicarlo.

Esa primera noche en la casa de bloques dormí mal, no por el colchón ni por el calor ni por ninguna de las razones normales por las que un niño duerme mal en una cama nueva. Dormí mal porque algo en mí, sin que yo lo supiera todavía, ya estaba empezando a prepararse para lo que venía.




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