Mi cabello fue lo primero.
Rizado, grueso, distinto al de mis primas, que lo tenían liso o con ondas suaves que caían sin esfuerzo. El mío se enroscaba sobre sí mismo, se esponjaba con la humedad del pueblo, se negaba a comportarse del modo en que parecía que un cabello "normal" debía comportarse. En la escuela no tardaron en ponerle nombre: "pelo e cabuya". Lo decían en el recreo, mientras yo intentaba jugar como cualquier otra niña, y a veces no se conformaban con decirlo: se acercaban por detrás y jalaban, un mechón, un instante, lo suficiente para que doliera y para que yo entendiera que mi cabello, para ellos, no era parte de mi cuerpo sino un objeto con el que se podía jugar.
Después siguió el color de mi piel. Carbón, me decían, como si repetir esa frase fuera suficiente acusación, como si mi piel necesitara una explicación que la de ellos no necesitaba. Y después llegó la palabra que más se repitió, la que con el tiempo terminó sonando como un segundo nombre pegado al mío: fea.
No fue un solo niño. No fue una sola vez. Fue la escuela entera, en distintas voces, distintos recreos, distintos días de la semana, hasta que se volvió parte del paisaje de mi infancia del mismo modo en que el olor a leña o el verde del monte se habían vuelto parte del paisaje del pueblo. Y fue, esto es lo que más me cuesta escribir, incluso ahora, también mi propia casa.
Cuando lloraba, lloraba mal. Me lo decían mis primos, mis tíos, a veces hasta mi propia madre: que llorar era peor, que llorar me hacía ver más débil, más blanco fácil para que siguieran. Aprendí rápido a tragarme las lágrimas delante de la gente y guardarlas para la almohada, donde nadie pudiera verlas ni convertirlas en otra razón para señalarme.
Un día junté el valor que tenía, que a esa edad no era mucho, pero era todo lo que tenía, y le mostré a mi madre los moretones de un empujón que me habían dado ese mismo día a la salida de la escuela. Se los mostré en el brazo, todavía frescos, y le conté de los insultos, del asco con que algunos compañeros me trataban, de la palabra que ya empezaba a sentir pegada a mi nombre.
Pensé que una madre, al ver eso, iba a hacer algo. No sabía todavía que "hacer algo" era una expectativa que en esa casa no siempre se cumplía.
Ella me miró los moretones sin levantar mucho la vista, con esa mezcla de cansancio y algo más que yo entonces no sabía nombrar.
―A mí también me pasó ―me dijo―. Aguántate.
No dijo nada más. No preguntó quién había sido, no preguntó si estaba bien, no hizo el gesto que yo esperaba de acercarse y revisar el brazo con más cuidado. Solo esas tres palabras, dichas casi sin mirarme, y después volvió a lo que estuviera haciendo antes de que yo la interrumpiera.
Me quedé parada un momento, con la manga todavía subida, el moretón expuesto al aire de la casa, sin saber bien qué hacer con la decepción que se me estaba formando en el pecho. No fue crueldad, entiendo ahora, escribiendo esto con la distancia que da haber crecido. Fue lo único que ella sabía ofrecer: la prueba de que ella había sobrevivido a lo mismo, como si compartir esa prueba debiera consolarme en vez de asustarme más de lo que ya estaba.
Bajé la manga. Me fui a mi cuarto. Y esa noche, como tantas otras que vendrían después, aprendí a llorar bajito, con la cara contra la almohada, para que el sonido no llegara hasta la cocina.
Ese día no lo entendí del todo. Pero algo en mí empezó, desde entonces, a archivar una lección que solo terminaría de comprender años después, capítulo tras capítulo de esta misma historia: que en esa casa, mostrar una herida no garantizaba que alguien fuera a cuidarla.