Nadie me enseñó a quedarme

Capítulo 4: El camino del establo

Hubo un niño, más grande que yo, que decidió que yo era su juego.

Empezó a esperarme cerca del establo, donde tomábamos las clases de equitación los sábados otra de esas cosas que en esa familia se daban por sentadas, como el té de las cinco o la cena a las siete en punto. Al principio solo estaba ahí, apoyado contra la cerca, mirándome con esa sonrisa que los niños ponen cuando ya saben que van a molestar a alguien.

—¿Otra vez tú? —le dije, la tercera vez que lo encontré en el mismo lugar.

—Es un camino público —contestó, sin moverse—. Puedo estar donde quiera.

Aprendí a salir del establo por la puerta trasera, a cortar camino por el bosque aunque me diera más miedo que el camino normal, a calcular, cada sábado, si valía la pena el atajo más largo con tal de no cruzarme con él. Mi corazón aprendió a adelantárseles a mis piernas, a latir más rápido apenas veía, a la distancia, una silueta que se pareciera a la suya.

Un día me siguió más allá de donde solía quedarse, hasta casi la entrada de la propiedad.

—Espera —dijo, agarrándome del brazo cuando pasé a su lado—. Solo quiero hablar.

—Suéltame.

No me soltó enseguida. Lo hizo después de un segundo que se sintió mucho más largo, riéndose, como si mi miedo fuera parte de la gracia.

Esa noche se lo conté a mi madre, mientras ella revisaba unos papeles en el escritorio de la sala.

—Hay un niño que me sigue —le dije—. Hoy me agarró del brazo.

—¿Qué niño?

—No sé su nombre. El que siempre está cerca del establo.

Mi madre levantó la vista de los papeles, un segundo, y después volvió a bajarla.

—Seguro es el hijo de los Whitfield —dijo, casi sin darle importancia—. Son buena gente.

—Me agarró del brazo —repetí, porque sentí que la frase se me había perdido en el camino.

Ella se rió. No fue una risa corta, de esas que se sueltan por incomodidad. Fue una risa completa, sostenida, como si el miedo de una niña de ocho años fuera lo más gracioso que había escuchado en toda esa semana.

—Ay, Carol —dijo, todavía con la risa colgándole de la voz—, no seas exagerada. Es un niño. Los niños hacen esas cosas.

No volví a insistir. Me fui a mi cuarto con una sensación más honda que la de otras veces, porque no era solo indiferencia lo que había recibido: era burla, dicha en mi propia cara, por algo que a mí me quitaba el sueño.

Seguí calculando atajos los sábados que hicieron falta, mirando hacia atrás en el camino del bosque, sin volver a mencionarle a nadie el nombre de ese niño ni el miedo que me daba verlo aparecer. Aprendí, en cambio, algo mucho más silencioso y mucho más duradero: aprendí a no pedir.




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