Nadie me enseñó a quedarme

Capítulo 5: El cuarto de juegos

En esa casa había habitaciones enteras a las que nunca entrábamos.

El estudio de mi tío Edward, con su escritorio de caoba y su colección de vinilos que nadie tenía permitido tocar. La sala de fumar, que ya nadie usaba para fumar pero que seguía llamándose así, con sus sillones de cuero verde oscuro. Y, desde ese invierno, el cuarto de juegos; un salón pequeño al fondo del pasillo del segundo piso que mi tío Edward mandó a equipar con la última consola que había salido ese año, una pantalla enorme, y dos sillones gamer que parecían sacados de una revista.

—Nadie la toca sin permiso —anunció mi abuela, la tarde que lo terminaron de instalar, con esa autoridad suya que no admitía preguntas—. Y menos los niños pequeños.

—Yo tengo diez años —protesté.

—Por eso mismo —contestó, sin mirarme, ya caminando hacia la cocina.

No entendía la lógica ¿qué iba a romper yo con solo mirar una pantalla? pero a esa edad uno todavía no tiene las palabras para señalar que una regla no tiene sentido, solo tiene el peso de quien la dice. Creo, ahora, que no era la consola lo que protegían. Era el orden de quién tenía permiso de ocupar ciertos espacios en esa casa, y ese orden nunca me incluyó a mí primero.

Los amigos de mi tío sí podían entrar. Llegaban casi todos los sábados por la tarde, y yo me quedaba cerca de la puerta no invitada, pero tampoco corrida del todo mirando ese salón como quien mira una fiesta a la que nunca la invitaron pero a la que igual se asoma por la rendija.

—¿Puedo ver? —le pregunté una tarde a mi tío, asomando la cabeza.

—Desde la puerta —contestó él, sin girarse—. No entres.

Me senté en el marco, con las piernas hacia afuera y la espalda hacia adentro, mirando esa pantalla que para mí, a los diez años, tenía algo de objeto mágico.

Entre los amigos que llegaban casi todos los sábados había uno en particular, mayor que mi tío, aunque yo no sabría decir cuántos años tenía exactamente. A esa edad todos los adultos me parecían de la misma edad: la edad de quien manda. Venía seguido, se sentaba con los demás, jugaba lo que fuera que se jugara esa tarde, y yo lo conocía de la misma manera vaga en que conocía a todos los que pasaban por esa casa: una cara más entre las caras que tenían permiso de estar donde yo solo podía mirar desde el marco de la puerta.

No tenía entonces ninguna razón para fijarme en él más que en cualquier otro. Eso también quiero dejarlo escrito aquí, antes de seguir: no hubo ninguna señal previa, ningún presentimiento que yo pudiera reconocer. Solo era uno más de los que tenían permiso de entrar, mientras yo, desde mi lugar en el marco de la puerta, seguía aprendiendo a mirar desde afuera las cosas que se suponía no me pertenecían todavía.




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