Nadie me enseñó a quedarme

Capítulo 7: Las salidas de cada cuarto

Los días después fueron raros de una manera que no supe nombrar hasta mucho más grande.

Empecé a fijarme en dónde estaban las salidas de cada cuarto de la casa. Entraba a la biblioteca, o al salón principal, o a cualquier habitación de esa casa enorme, y mis ojos, antes que cualquier otra cosa, ya habían localizado la puerta, la ventana, cualquier abertura por la que pudiera salir si hiciera falta.

—¿Qué haces ahí parada? —me preguntó mi prima Sophie, una tarde, encontrándome quieta en el marco de la sala de estar en vez de sentarme en el sofá con los demás.

—Nada —dije—. Ya voy.

Empecé, también, a no querer sentarme en las piernas de nadie. Ni de mis tíos, ni de mis primos mayores, ni siquiera cuando era un gesto completamente inocente. Una tarde mi tío Edward, sin pensarlo, me llamó para que me sentara junto a él en el sillón mientras veíamos algo en la televisión, y yo me quedé de pie, rígida, sin acercarme.

—Ven, siéntate aquí —dijo, dando una palmadita al cojín a su lado.

—Estoy bien aquí —contesté, quedándome en el suelo, apoyada contra la pata del sillón, lo más lejos que podía estar sin que pareciera raro.

—Qué niña más rara te has vuelto —dijo mi abuela, desde la puerta, con ese tono suyo que no era del todo un reproche pero tampoco era cariño—. Antes te trepabas encima de cualquiera.

Nadie preguntó por qué. Nadie se detuvo el tiempo suficiente para notar que algo había cambiado de verdad, más allá de una manía nueva de niña consentida. Y yo, que ya había aprendido que contar no servía de mucho, tampoco ofrecí ninguna explicación. Dejé que pensaran lo que quisieran pensar de mi nueva rigidez, mientras por dentro empezaba a construir la primera versión de una regla que me acompañaría por años: que la distancia era más segura que la cercanía.

Una noche, mi hermano entró a mi cuarto sin tocar, como hacía siempre, y yo di un salto tan brusco que él se quedó parado en la puerta, sorprendido.

—¿Qué te pasa? —preguntó—. Soy yo.

—Nada —dije, sintiendo el corazón todavía acelerado—. Me asustaste.

—Estás rara últimamente.

—Estoy bien.

No le conté. No le conté a nadie, ni esa noche ni las que siguieron. Me quedé con la mirada fija en la puerta un rato después de que él se fuera, notando, sin poder explicármelo del todo, que ya nunca dejaba una puerta cerrada del todo detrás de mí. Necesitaba verla, saber que estaba ahí, que se podía abrir rápido si hacía falta.

No fue el único golpe de esa etapa de mi vida, pero fue el que se instaló más hondo, el que se sentó en un lugar de mí que ninguna palabra alcanzaba a nombrar del todo. El acento, las burlas del colegio, el niño del establo todo eso me había enseñado que el mundo afuera podía ser cruel. Esto me enseñó algo peor; que el peligro también podía estar adentro, en un cuarto conocido, en alguien que se suponía tenía permiso de estar ahí, y que un cuerpo que se suponía debía estar a salvo en su propia casa en realidad no lo estaba en ningún lado.

Tenía nueve años. Faltaban años todavía para que esa casa terminara de enseñarme todo lo que tenía para enseñarme. Y aunque en ese momento no lo sabía, ya estaba aprendiendo la lección que después, de grande, tendría que desaprender letra por letra con cada persona que se acercara demasiado: que amar y arriesgarse a que te hicieran daño eran, quizás, la misma cosa.




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