El camino comenzó a estrecharse poco después de que dejamos atrás la última gasolinera.
Hasta entonces, el viaje había transcurrido sin demasiadas complicaciones. Habíamos pasado varias horas dentro del automóvil, con la música cambiando de una canción a otra, las conversaciones interrumpidas por momentos de silencio y las inevitables discusiones sobre quién estaba ocupando demasiado espacio en la parte trasera.
Ahora, sin embargo, el paisaje había empezado a cambiar.
A ambos lados de la carretera se extendían árboles cada vez más altos, algunos tan juntos que sus ramas parecían encontrarse sobre nuestras cabezas. La vegetación cubría buena parte de las laderas y, de vez en cuando, entre los espacios que dejaban los troncos, podía distinguirse la profundidad del valle. El cielo estaba despejado, aunque algunas nubes permanecían suspendidas sobre las montañas, como si todavía no hubieran decidido si quedarse o marcharse.
Apoyé la frente contra la ventanilla durante unos segundos.
—¿Cuánto falta? —preguntó Mateo desde el asiento trasero.
Mi mamá miró brevemente el navegador.
—Veinte minutos, más o menos.
—Eso dijiste hace media hora.
—Porque hace media hora faltaban treinta.
—Ah, bueno. Entonces sí estamos avanzando.
Daniel soltó una risa desde el otro lado.
—Deja de preguntar. Parece que tú eres el único que quiere llegar.
—Es que tengo hambre.
—Tú siempre tienes hambre.
—Y tú siempre tienes algo que decir.
No me molesté en girarme para participar. Ya había escuchado discusiones bastante parecidas durante el viaje y sospechaba que, si les daba la oportunidad, podían continuar con el mismo tema hasta que llegáramos.
Mi mamá bajó un poco el volumen de la música.
—¿Alguien quiere que paremos un momento antes de llegar?
—No —respondimos casi al mismo tiempo.
—Entonces no quiero escuchar quejas cuando estemos allá.
—Yo no me estoy quejando —dijo Mateo.
—Estás preguntando cuánto falta desde hace una hora.
—Eso es distinto.
Daniel volvió a reírse.
Saqué el teléfono para comprobar si tenía señal. Una sola barra apareció durante unos segundos antes de desaparecer por completo.
—Ya no hay internet —comenté.
—¿Otra vez? —preguntó mi mamá.
—Nada. No tengo señal.
—Mejor. Así dejan de estar mirando el celular.
Mateo se inclinó ligeramente hacia delante para escuchar.
—Tía, yo no estoy mirando nada.
—No he dicho nombres.
—Pero lo has dicho mirándome por el espejo.
—Entonces por algo será.
Sonreí y guardé el teléfono en el bolso.
No me molestaba demasiado estar desconectada. De hecho, llevaba un rato sin revisar nada. El paisaje era lo suficientemente bonito como para mantenerme entretenida, y después de tantos días de clases, trabajos pendientes y horarios que parecían no dejar espacio para nada más, la idea de pasar unos días lejos de todo empezaba a parecerme bastante atractiva.
El hotel había sido una recomendación de la familia. Mi mamá había escuchado hablar de él por una conocida que había pasado allí un fin de semana y, después de revisar algunas fotografías, decidió que era una buena opción para nuestras vacaciones.
Lo que más le había llamado la atención eran las instalaciones y el entorno natural. A mí, en cambio, me había convencido una fotografía de los jardines.
Había algo agradable en la idea de despertar rodeada de árboles, sin escuchar el ruido de los automóviles ni tener que pensar en las cosas que había dejado pendientes en casa.
Aunque, considerando el tiempo que llevábamos viajando, también habría agradecido encontrar una cama lo antes posible.
—¿Y qué tan bueno es el buffet? —preguntó Mateo.
Mi mamá sonrió.
—Eso fue lo que más me recomendaron.
—¿Pero qué hay?
—No sé. De todo, supongo.
—¿Y la carne?
—También.
—¿De qué carne?
Mi mamá soltó una pequeña carcajada.
—Mateo, no tengo el menú. Cuando lleguemos podrás averiguarlo.
—Es una pregunta válida.
—Tu pregunta sería válida si no la hubieras hecho cuatro veces desde que salimos.
Daniel intervino:
—Yo solo quiero saber si hay postres.
—Por fin alguien pregunta algo importante —dije.
—Gracias. Al menos alguien entiende mis prioridades.
—Tú no tienes prioridades —respondió Mateo—. Si te ponen un plato de comida delante, desaparecen todas tus preocupaciones.
—Exactamente. Es una vida bastante sencilla.
Esta vez me reí con ellos.
El automóvil tomó una curva pronunciada y el camino empezó a ascender. Las ruedas pasaron sobre algunas piedras sueltas y mi mamá redujo la velocidad para evitar los baches. A través de la ventanilla alcancé a ver una pequeña construcción de madera junto a la carretera, rodeada de arbustos y con un techo oscuro. No había nadie cerca.
—¿Estamos seguros de que es por aquí? —pregunté.
—Sí. El navegador marca que falta poco.
—Parece que nos estamos metiendo cada vez más en el bosque.
—Esa era la idea, ¿no? —respondió mi mamá—. Querías salir de la ciudad.
—Sí, pero tampoco quería terminar viviendo entre los árboles.
—Todavía puedes regresar caminando.
—Qué considerada.
Mi mamá sonrió sin apartar la vista del camino.
Unos minutos después, la carretera hizo una última curva y la vegetación comenzó a abrirse.
Fue entonces cuando vimos el hotel.
No apareció de golpe, sino poco a poco, a medida que el automóvil avanzaba y los árboles dejaban espacio para mostrar la construcción. Primero distinguí una parte del techo, después los balcones de madera y, finalmente, toda la fachada.
Era más grande de lo que había imaginado.
El edificio se levantaba sobre una pequeña extensión de terreno en la montaña. Tenía varios niveles, paredes revestidas de piedra y amplios ventanales que reflejaban la luz de la tarde. La madera oscura de los balcones contrastaba con el color claro de la fachada, y algunas enredaderas trepaban por los muros sin cubrir demasiado la arquitectura.