Nadie pregunta por ellos

Capítulo 2

Capítulo 2

El pasillo estaba más silencioso de lo que había imaginado.

Mientras caminaba hacia el ascensor, escuché el sonido de una puerta cerrándose a mis espaldas y, un poco más adelante, las voces de algunas personas que conversaban dentro de una habitación. El hotel parecía haber comenzado a llenarse de vida desde nuestra llegada. Había visto familias en la recepción, parejas con equipaje y algunos huéspedes que se movían por los pasillos con la tranquilidad de quienes ya conocían el lugar.

Presioné el botón del ascensor y esperé.

Cuando las puertas se abrieron, entró una pareja que llevaba unas bolsas de papel y hablaba sobre algo que habían comprado durante el viaje. Los saludé con una sonrisa antes de colocarme a un lado.

—¿Primer día? —preguntó la mujer, al notar que miraba los botones.

—Sí. Acabamos de llegar.

—Nosotros también. Bueno, llegamos ayer por la noche. Es nuestra segunda vez aquí.

—¿Les gustó?

—Muchísimo. Por eso regresamos.

Su acompañante asintió.

—La primera vez vinimos por recomendación de unos amigos. Ahora ya nos hemos encargado de recomendarlo nosotros.

La mujer se rio.

—Sobre todo por la comida. No te pierdas la cena.

—Eso me han dicho.

—Entonces ya sabes. No te quedes con las ganas de probarlo todo.

El ascensor llegó al primer nivel y nos despedimos. La pareja tomó el camino hacia la recepción mientras yo me dirigía a las puertas principales.

Al salir, el aire fresco me recibió nuevamente.

La tarde había avanzado un poco desde que llegamos. El sol comenzaba a descender detrás de las montañas, aunque todavía iluminaba buena parte del jardín. Algunas nubes habían adquirido un tono anaranjado en los bordes y las sombras de los árboles se extendían sobre el césped.

Me detuve unos instantes en la entrada.

Desde allí podía tomar varios caminos. Uno conducía hacia la zona de las mesas exteriores; otro rodeaba el jardín central y continuaba hacia una parte más arbolada de la propiedad. También había unas escaleras de piedra que descendían suavemente hasta un espacio con bancas y macetas.

Decidí comenzar por el sendero que había visto desde mi habitación.

Las piedras estaban ligeramente húmedas, quizá por el riego de los jardines, y entre algunas de sus uniones asomaban pequeñas plantas. A ambos lados crecían arbustos recortados con cuidado, aunque no de una manera tan uniforme como para que el lugar pareciera artificial. Había flores blancas, rosadas y moradas, distribuidas en grupos que acompañaban el recorrido.

No tenía prisa. De vez en cuando me detenía para mirar algo que llamaba mi atención o simplemente para observar cómo cambiaba el paisaje a medida que avanzaba.

Un poco más adelante encontré una zona de descanso.

Habían colocado varias mesas de madera bajo una estructura abierta, cubierta parcialmente por plantas trepadoras. Algunas personas estaban sentadas allí, conversando mientras tomaban algo. Una pareja compartía una bebida fría y, en la mesa de al lado, dos mujeres revisaban las fotografías que habían tomado durante el día.

Me acerqué a una de las barandas.

Desde ese punto podía ver parte de la montaña y una extensión de árboles que descendía por la ladera. El paisaje parecía continuar mucho más allá de los límites del hotel. No se distinguían casas ni construcciones cercanas, solamente vegetación y algunas formaciones rocosas entre los árboles.

Saqué el teléfono y tomé una fotografía.

La primera salió demasiado iluminada. Probé desde otro ángulo, esta vez incluyendo una parte de la baranda y las flores que crecían junto a ella.

Me gustó más.

Guardé el teléfono y continué caminando.

El sendero se dividía unos metros después. A la derecha había unas escaleras que conducían a una plataforma de madera, mientras que el camino de la izquierda parecía rodear el jardín central. Elegí las escaleras.

La plataforma tenía varias sillas y una especie de pérgola desde la que se podía contemplar el paisaje. No había nadie en ese momento. Me acerqué al borde y apoyé las manos sobre la baranda.

El viento movía las hojas de los árboles con suavidad.

Me quedé allí un rato, sin hacer demasiado. Había algo agradable en no tener que llenar cada minuto con alguna actividad. En casa, incluso cuando tenía tiempo libre, siempre encontraba algo pendiente: una tarea que podía adelantar, un mensaje que responder, algún asunto que había dejado para después. Allí, por primera vez en varios días, no sentía la necesidad de hacer nada.

Un ruido de pasos me hizo girar la cabeza.

Un niño pequeño subía las escaleras acompañado por una mujer que llevaba una chaqueta clara sobre los hombros.

—Te dije que no corrieras —le recordó ella.

—Pero ya llegué.

—Y casi te caes.

—No me caí.

—Porque te agarré.

El niño se soltó de su mano y corrió hasta una de las sillas. La mujer suspiró, aunque terminó sonriendo al verlo tan emocionado.

—Disculpa —me dijo al acercarse—. ¿Estás esperando a alguien?

—No, tranquila. Solo estaba mirando el paisaje.

—Es bonito, ¿verdad? A mi hijo le encanta subir aquí. Desde que llegamos no ha querido quedarse quieto.

—Se nota que tiene energía.

—Demasiada para mi gusto.

El niño se volvió hacia nosotras.

—¡Mamá, mira! ¡Se ven las montañas!

—Sí, cariño. Ya las vimos hace cinco minutos.

—Pero desde aquí se ven más.

La mujer me miró con una expresión resignada.

—Llevamos así desde que salimos de la habitación.

Me reí.

—Creo que todavía le queda bastante por recorrer.

—Eso espero. Al menos así duerme temprano.

La conversación no duró mucho. La mujer llamó al niño para que se acercara y ambos comenzaron a bajar las escaleras. Los observé alejarse por el sendero antes de continuar mi recorrido.

Regresé por el mismo camino y, al llegar a la bifurcación, tomé la ruta que rodeaba el jardín central.



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En el texto hay: psicologico, supervivencia, suspense

Editado: 03.11.2026

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