No debes tronar tus dedos de noche

Parte 3

Henry aferró su reloj de pulsera; el segundero pareció resonar en la madera hueca del suelo. Elena palideció: las “llaves” tintinearon como huesos diminutos. Y Dominick hojeó al azar uno de los cuadernos: en la margen, una sola frase garabateada mil veces—
“No debía tronar sus dedos de noche.” Y mientras el notario cerraba el documento, un golpe seco retumbó desde el ala este—como si algo hubiera cedido… o se hubiera partido en dos.

Las exigencias les resultaban ridículas. Los tres hermanos no dudaron en acercarse a sus respectivas parejas e hijos. Henry y Elena no dudaron en hablar sobre las condiciones, Dominick por su parte, solo miraba aburrido los cuadernos. Por la noche, los tres se reunieron para cenar.

—Como en los viejos tiempos —comentó Elena removiendo la copa y tomando vino. —Papá juega con nosotros incluso muerto. No entiendo las condiciones que nos dejó.

—Solo son burlas de un anciano que murió. No le des tantas vueltas —comentó Henry mientras se limpiaba la tierra debajo de las uñas con un cuchillo de plata—. Revisé la casa, desde mi punto de vista arquitectónico, ninguno de ustedes podría valorarla.

—¿Otra vez obsesionado con la casa? —comentó Elena con cierta burla—. Sigues queriendo quedarte con esta casa vieja. Bueno, lamento decirte que tengo cuatro hijos, creo que es obvio que un espacio grande sirve para el desarrollo de los niños. Eso dicen las investigaciones de...

—Por favor, ahórranos los argumentos de tu libro de autoayuda comercial —suplicó exasperado Dominick mientras bostezaba, dejando caer un poco de polvo del diario sobre el mantel—. Dejen de alardear. Cuando ustedes mueran de gastritis y pretensiones, yo seguiré aquí para cobrar la casa.

—Solo porque papá estuvo con la zorra de tu madre a los cincuenta, no te da derecho a nada. Bastardo tardío —comentó quejumbrosa Elena con el vino claramente liberando su lengua venenosa.

—Quien dure siete días se queda con la casa —suspiro Henry viendo su reflejo en la reluciente plata— ¿Cuánto dinero quieren para irse?

—El dinero que no tienes, arquitecto fracasado —suspiro Elena mientras disfrutaba de su líquido rojo—. Henry, de niño medía paredes con la regla de pegar—recuerda Elena, esbozando una sonrisa torcida. Aquellas palabras eran como si la imagen de su padre aún estuviera presente.

—Bueno, la señorita autoayuda quiere darnos consejos de éxito.

—Quien truene los dedos pierde la mano. Ya lo dijo el viejo —un silencio espeso selló la mesa, roto solo por nueve campanadas huecas que nadie creyó oír. La casa respiró con ellos.

Y la conversación continuó así. Casi como si fuera consecuencias del ambiente familiar, los ataques personales, profesionales flotaban como si aquellos tres solo pudieran comunicarse de esa manera. Mostraban su verdadera esencia, aquella tóxica, estoica, cruel, sádica, cínica e indiferente que solo su padre pudo moldear, salía a la luz, como un cruel espejo de lo que siempre han sido. Parte de la familia Magnolio.

La primera noche, bajo vigas que crujían como huesos viejos, los hermanos alzaron copas a la memoria de Marco Magnolio, más por superstición que por cariño. El vino empalagó el aire con frutas maceradas; fuera, el carillón repicó siete veces sin cuerda y la tregua quedó sellada a regañadientes. La nueva generación por su parte, observaban a su tía Giselle caminar descuidadamente tocando todo en la sala.

La segunda y la tercera noche se fusionaron en la monotoneidad en la que se sumergieron. La convivencia se deslizó hacia una rutina casi doméstica: Elena catalogó la bodega “paz mediante inventarios”, Henry dibujó planos mentales de reformas imposibles y Dominick, con despreocupación estudiada, sacó polvo a viejos juguetes para subastarlos después. Cocinaron el estofado de la abuela y, por un instante, el vapor de romero les hizo creer que la casa podía ser hogar. Solo pequeños sobresaltos filtraban la calma: un reflejo duplicado en los espejos barrocos, huellas diminutas de barro junto al fregadero, susurros cuando el horno exhalaba. Pero casi como un pacto silencioso, asumieron los tres hermanos que si los adultos no se preocupaban, los niños no tendrían que reflejar preocupación.

La cuarta noche fue atravesada por el aburrimiento, así que se citaron en la sala de música, decididos a jugar a “la casita perfecta”: cada uno debía describir cómo decoraría el palacio si ganaba. Henry habló de columnas lucernarias; Elena, de un invernadero educativo; Dominick, de convertir los sótanos en club nocturno. El fuego agonizaba, y el único sonido era el tropel dispar de treinta relojes que nunca habían coincidido. Entonces, Dominick tronó los dedos, un chasquido seco, doble,para acompañar una broma. El eco se propagó por corredores y tabiques, como si la casa respondiese con un crujido propio. La tregua se resquebrajó en ese instante, aunque ninguno supo por qué sintió el escalofrío.

La penumbra dorada del atardecer se filtraba por los vitrales art-nouveau, rebanando la sala de música en franjas púrpura y ámbar. El piano de cola, cubierto por una manta bordada con iniciales olvidadas, servía de improvisada mesa para un juego de mesa ancestral que Henry había rescatado de la biblioteca: La Torre de Ébano. Las piezas, peones de hueso, torres talladas en obsidiana y un dado de madera de sándalo, despedían un olor terroso que se mezclaba con cera caliente de los candeleros encendidos.

—Bien —anunció Henry, ajustándose las gafas como si presidiera una junta de accionistas—. Regla número uno: no se permite hablar de papá. Regla número dos: cada victoria otorga derecho a un cambio estructural en la casa—. Sonrió con la arrogancia arquitectónica que Elena detestaba.



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En el texto hay: terror, casa encantada, lbdt

Editado: 31.12.2025

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