No era el momento, Ni el lugar

capitulo 4:¿ironico?

Llegué diez minutos antes.

No por nervios.

Por hábito.

Aprendí hace tiempo que llegar antes no es ansiedad, es territorio. Es decirle al espacio que te espere, no al revés. Los lugares de reuniones siempre se parecen entre sí cuando has estado en suficientes: vidrio, concreto, mesas largas, plantas que sobreviven gracias a contratos de mantenimiento y una iluminación neutra diseñada para que nadie destaque demasiado.

Espacios donde todo parece limpio incluso cuando las decisiones ensucian.

El logo de Umbral estaba grabado en la pared principal.

Minimalista. Sobrio. Elegante.

Correcto hasta el cansancio.

No me detuve a mirarlo más de lo necesario. No porque no me provocara nada, sino porque ya no tenía por qué provocarme algo. El pasado puede reconocerse sin ser atendido.

—Buenos días —dije en recepción.

—¿Nombre?

—Lucía Vera de origen

Lo dije sin énfasis. Sin historia. Sin necesidad de aclaraciones.

La recepcionista asintió, revisó una pantalla y me entregó una tarjeta de acceso. Me indicó la sala con una sonrisa profesional que no esperaba respuesta emocional.

Caminé por el pasillo con pasos tranquilos. No estaba observando el lugar, estaba confirmándolo. Todo encajaba. Todo era exactamente como debía ser. Yo encajaba.

La sala de reuniones estaba preparada cuando entré. Mesa larga, pantalla encendida, botellas de agua alineadas con una precisión que rozaba la obsesión. Ese tipo de orden que pretende transmitir control, como si el control pudiera evitar incomodidades.

Me senté. Dejé el bolso a un lado. Abrí el portátil.

Revisé los documentos solo por disciplina. Sabía cada punto. Sabía cada cifra. Sabía exactamente por qué estaba ahí.

Origen no hacía colaboraciones por nostalgia.

Las hacía por estrategia.

Mientras esperaba, el silencio me dio espacio para pensar en algo que no tenía que ver con Umbral ni con Lucas.

El nombre.

Origen no fue una palabra bonita que encontré en una lluvia de ideas. Fue una elección casi defensiva.

Recuerdo estar sentada frente a una mesa pequeña, años atrás, con una libreta abierta y demasiadas preguntas. Tenía la idea clara de lo que quería construir, pero no sabía cómo nombrarlo sin traicionarme. No quería un nombre aspiracional ni uno emocional. Quería algo que no pudiera ser usado en mi contra.

Origen.

No como principio ingenuo.

Sino como punto de partida consciente.

Elegí ese nombre porque nadie puede quitarte de dónde vienes si tú misma lo nombras. Porque después de haber sido descartada tantas veces, necesitaba algo que me recordara que yo podía empezar de nuevo sin pedir permiso.

Origen era una forma elegante de decir: esto es mío.

De decir: nadie me lo regaló.

De decir: no me deben nada.

Cuando firmé el registro de la empresa, sentí algo parecido al vértigo. No felicidad. Vértigo. Como cuando das un paso sabiendo que ya no hay vuelta atrás.

Pensé, en ese momento, que el origen no era el pasado.

Era la decisión de no repetirlo.

La puerta se abrió.

No levanté la vista de inmediato. No era un gesto ensayado. Era coherencia. Ya no reaccionaba a entradas ajenas como si mi historia dependiera de ellas.

Escuché pasos. Voces. Un intercambio breve de saludos.

Luego levanté la mirada.

Lucas Bosetti estaba ahí.

Traje oscuro. Corte impecable. Postura recta. Esa forma suya de estar en los lugares como si el espacio ya lo hubiera aceptado antes de que llegara. Pulido. Profesional. Innegablemente competente.

Nos miramos.

Y no pasó nada.

Ni sorpresa.

Ni incomodidad visible.

Ni ese golpe interno que la gente espera cuando se reencuentra con alguien del pasado.

Solo una constatación silenciosa: ah, así que eres tú ahora.

—Ella es Lucía Vera, CEO de Origen.

—Ella es Lucía vera CEO de origen —dijo alguien del equipo—, te presento a Lucas Bosetti, CEO de Umbral.

CEO.

El título cayó limpio. Exacto. Merecido.

Lucas extendió la mano.

Yo hice lo mismo.

—Un gusto —dijo.

—Igualmente —respondí.

Un apretón firme. Correcto. Sin vacilaciones.

Si alguien hubiera estado observando con atención, habría notado que no sonreímos de verdad. Sonreímos como se sonríe cuando no hay nada personal en juego.

Nos sentamos frente a frente.

Pensé, no sin una ironía seca, que el universo tenía un talento especial para reciclar personas bajo cargos nuevos.

La reunión comenzó.

Lucas habló con claridad. Seguridad sin arrogancia. Liderazgo medido. El tipo de discurso que se aprende con años de exigencia y práctica. Era bueno en lo que hacía. Siempre lo había sido.

Yo escuché con atención profesional. Tomé notas. Hice preguntas precisas. Nada de más. Nada de menos.

—Desde Umbral buscamos alianzas a largo plazo —dijo—. No nos interesa algo superficial.

Asentí.

—En Origen priorizamos estructuras claras —respondí—. Nos interesan colaboraciones que aporten valor real, no solo visibilidad.

Las palabras encajaban. Los tonos coincidían.

Las intenciones, no necesariamente.

No había tensión evidente. Y eso era lo inquietante.

Porque la verdadera distancia no se nota cuando hay silencio incómodo. Se nota cuando todo funciona demasiado bien.

Observé gestos pequeños sin nostalgia, casi con curiosidad clínica. La forma en que juntaba los dedos al pensar. La pausa antes de dar cifras importantes. Todo seguía ahí.

Yo también había cambiado. Y no necesitaba demostrarlo. Ya no buscaba ser entendida. Ya no necesitaba que nadie me leyera entre líneas.

—Origen tiene una estructura sólida —comentó alguien del equipo de Umbral—. El crecimiento que han tenido es consistente.

Asentí.

—Hemos sido cuidadosos —dije—. Crecer sin sostenerse no es crecimiento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.