No era el momento, Ni el lugar

capitulo 5: comenzamos otra vez

Lucas salió de la sala de reuniones con el paso seguro que esperaba la gente que trabajaba con él. Afuera lo saludaron, le entregaron documentos, le hicieron preguntas. Respondió todo con calma. Con esa eficiencia impecable que se construye a golpes de disciplina y expectativas familiares.

Nadie notó que no había dicho nada durante los primeros segundos.

Nadie notó el silencio pequeño, casi imperceptible, donde la mente se le quedó atrapada.

Él continuó caminando. No miró atrás. No la buscó en el reflejo de los cristales. No dejó que su mirada se desviara.

Aprendió hace años que mirar atrás es peligroso.

Especialmente cuando la tentación tiene nombre y memoria.

Cuando entró a su oficina, cerró la puerta despacio. No era un gesto dramático. Era un gesto automático. Como si cerrarla fuera lo único que podía asegurarle un espacio donde todo se mantuviera quieto.

Dejó el teléfono sobre el escritorio.

Luego dejó la carpeta.

Luego el bolígrafo.

Cada acción con una precisión casi obsesiva.

Ordenar el espacio para ordenar la mente.

Falló.

Porque incluso con todo en su sitio, el pensamiento seguía ahí.

Lucía Vera.

No la había visto en años.

Y sin embargo, el recuerdo no había envejecido ni un día.

Respiró hondo. Una vez. Dos.

Esperando que el aire lograra empujar fuera un nombre que ya no debería afectar nada.

No funcionó.

Se sentó finalmente. Abrió la laptop. Empezó a leer informes. Los ojos avanzaban sobre las líneas, pero la mente iba por su cuenta.

Habían cambiado tantas cosas.

Y también, casi nada.

Recordó, sin querer, la última vez que la vio. No la escena completa. Solo un fragmento. Un gesto. Una frase a medias. Nada concreto. Nada útil.

Los recuerdos eran traicioneros así: no mostraban el error, solo la herida.

Alguien golpeó la puerta.

—Adelante —dijo, recomponiéndose.

Entró Marco, su asistente. Siempre sonriente, siempre eficiente, siempre ajeno al ruido interno que Lucas cargaba como un hábito.

—La reunión fue un éxito —dijo Marco—. Todos quedaron satisfechos. Creo que esta colaboración será grande.

Lucas asintió.

—Sí. Tienen una estructura sólida. Origen sabe lo que hace.

Marco sonrió.

—Y su CEO… bastante imponente.

Lucas no reaccionó. Ni un gesto.

Solo un parpadeo medido.

—Profesional —corrigió.

—Eso también —respondió Marco, sin notar el tono.

El asistente dejó algunos documentos y salió.

El silencio volvió, más sincero que antes.

Lucas apoyó los codos en la mesa. Se frotó el puente de la nariz.

Por un momento, cerró los ojos.

El problema no era verla.

El problema era qué tanto había cambiado su mirada.

Lucía ya no era la chica que callaba para evitar conflictos.

No era la voz suave que dudaba antes de decir lo que quería.

No.

Ahora era firme.

Precisa.

Inquebrantable.

Un muro.

Y no uno construido contra él, sino uno que simplemente ya existía. Como si su opinión hubiera dejado de importar hacía mucho tiempo.

Ese detalle le incomodó de una manera que no sabía nombrar.

No era ego.

No era nostalgia.

Era otra cosa.

Una especie de reconocimiento tardío.

Una aceptación inesperada.

Ella ya no giraba en torno a nadie.

Ni siquiera a la posibilidad de que él la recordara.

La puerta volvió a abrirse sin aviso.

—Lucas —dijo Sofia, la directora de proyectos—. Necesito que revises los documentos finales del acuerdo.

—Déjalos ahí —respondió él.

Sofia observó su rostro un segundo. No era de las que se impresionaban fácil. Había visto a Lucas bajo presión muchas veces, y siempre funcionaba igual: perfecto. Imperturbable.

Pero esta vez algo era… distinto.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí.

Sofia le sostuvo la mirada un segundo más.

No insistió.

Cuando salió, Lucas no volvió al documento.

No volvió al informe.

No volvió a nada.

Tomó aire.

Se incorporó.

Caminó hacia la ventana.

Desde donde estaba podía ver parte de la ciudad. Edificios, autos, gente moviéndose en direcciones opuestas. La vida seguía. Inevitable. Indiferente.

Tal vez eso era lo que más le costaba aceptar.

El tiempo no se detuvo para él.

Tampoco para ella.

Y sin embargo, ahí estaban.

Frente a frente otra vez, como si nada y como si demasiado.

Una frase le cruzó la mente, casi molesta por su propia precisión:

A veces reconoces a alguien sin tener derecho a decir que lo conoces todavía.

Eso era ella ahora.

Un lugar conocido que ya no le pertenecía.

Una puerta cerrada sin rencor.

Una historia que no necesitaba justificarse ante él.

En su escritorio, el teléfono vibró.

Una notificación.

Era del equipo de logística:

“Confirmada la próxima reunión de seguimiento con Origen.”

Reunión.

Con ella.

Otra vez.

Lucas dejó el teléfono boca abajo.

El gesto fue pequeño. Pero sincero.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a incertidumbre.

No miedo.

No dolor.

Solo la certeza incómoda de que algunas historias, incluso cuando terminan, dejan hilos sueltos que el tiempo no siempre alcanza a cortar.

Y la sensación persistente de que, quizá,

solo quizá,

una grieta era suficiente para que el pasado encontrara un camino de regreso.




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