No era el momento, Ni el lugar

CAPITULO 6:Agenda compartida

Lucía llegó puntual.

No antes.
No después.

Exactamente a la hora marcada en la invitación de calendario, como si ese detalle fuera una declaración silenciosa: no corro, pero tampoco espero.
La puntualidad era una forma elegante de control.

La sala era distinta a la anterior. Más pequeña. Menos ceremonial. Una mesa ovalada, pantallas laterales, café recién servido que nadie parecía tocar. El tipo de espacio pensado para “trabajo real”, no para presentaciones pulidas.

Lucía dejó su bolso a un lado y abrió su portátil sin mirar a nadie.

No necesitaba reconocimiento.
Necesitaba eficiencia.

Lucas llegó segundos después.

La diferencia fue mínima, casi imperceptible. Pero ella la notó. Siempre notaba esas cosas. No porque le importaran, sino porque su mente funcionaba así: registrando datos, archivando patrones.

Se saludaron con un gesto breve.

Nada más.

El equipo empezó a hablar. Propuestas. Ajustes. Fechas. Todo avanzaba con una fluidez incómoda, como si ambos hubieran ensayado ese equilibrio durante años sin saberlo.

Lucía intervenía solo cuando era necesario.

—Ese plazo no es realista —dijo en un momento, sin levantar la voz—. Si quieren resultados sostenibles, necesitamos margen.

Nadie discutió.

No porque tuvieran miedo, sino porque ella tenía razón.

Lucas la observó mientras hablaba. No de manera evidente. No como alguien distraído. La miraba como se mira algo que funciona demasiado bien: con atención técnica y una incomodidad difícil de justificar.

—Podemos ajustar el cronograma —dijo él—. Prefiero hacerlo bien que rápido.

Lucía asintió una sola vez.

No sonrió.

Ese era su nuevo idioma: acuerdos sin adornos.

La reunión avanzó durante casi una hora. Cuando terminó, los equipos comenzaron a recoger cosas, intercambiar correos, comentar próximos pasos. El ruido habitual del “seguimos en contacto”.

Lucía cerró su portátil.

—Te envío el resumen hoy —dijo, dirigiéndose al equipo de Umbral.

Lucas la miró.

—Perfecto —respondió—. Lo reviso esta tarde.

No “lo vemos”.
No “lo hablamos”.

Lo reviso.

Las palabras importaban. Siempre habían importado.

Cuando la sala empezó a vaciarse, Lucía se levantó sin prisa. No tenía intención de quedarse. No por evitación. Por claridad.

Lucas habló entonces.

—Lucía.

Ella se giró.

No de inmediato.
Pero se giró.

—¿Sí?

El tono fue neutro. Profesional. Casi amable.

—Hay un punto que no tocamos —dijo él—. El evento de lanzamiento. Creo que sería mejor discutirlo sin intermediarios.

Lucía lo miró durante un segundo más de lo necesario.

No había sorpresa en su expresión.
Solo cálculo.

—Puedes enviarme tu propuesta por correo —respondió—. La reviso con mi equipo.

Lucas sostuvo la mirada.

—Prefiero hablarlo ahora. Son cinco minutos.

Lucía evaluó la situación con rapidez. La sala ya estaba casi vacía. El equipo se había ido. No había testigos innecesarios. No había riesgo real.

Suspiró, apenas.

—Cinco —dijo—. No más.

Se sentaron otra vez, uno frente al otro. La mesa entre ambos parecía más grande de lo que era. No por la distancia física, sino por todo lo que no ocupaban.

Lucas habló primero.

—Quiero que el evento sea sencillo —dijo—. Sin discursos largos. Sin protagonismos forzados.

Lucía levantó una ceja.

—Eso es raro viniendo de alguien con tu trayectoria.

Él no sonrió.

—Estoy cansado de vender perfección.

La frase cayó entre ellos con un peso que no estaba en el contexto empresarial.

Lucía no reaccionó.
Pero algo en su postura se tensó apenas.

—Origen tampoco vende perfección —respondió—. Vendemos procesos claros. Si eso incomoda a alguien, no es nuestro problema.

Lucas la miró como si quisiera decir algo más. No lo hizo.

—Entonces coincidimos —dijo finalmente.

Lucía asintió.

Silencio.

Uno distinto.
No cómodo.
No hostil.

Lleno.

Y sin quererlo, a ella se le cruzó un recuerdo.

No uno bonito.

Uno preciso.

Lucía tenía dieciocho años. Estaban sentados en una mesa parecida, mucho más barata, mucho más pequeña. Él hablaba de un futuro que parecía enorme. Ella escuchaba sin decir nada.

En algún momento, él había dicho:

—Si hago algo, tiene que ser perfecto. No puedo fallar.

Ella había pensado, sin decirlo: ¿y si fallas conmigo?

Nunca lo preguntó.

Ahora, años después, esa frase regresaba con otra forma, pero el mismo fondo.

Lucía volvió al presente sin que se le notara.

—¿Algo más? —preguntó.

Lucas negó.

—No.

Ella se levantó.

—Entonces seguimos por correo.

Tomó su bolso. Caminó hacia la puerta. No se detuvo. No miró atrás.

Lucas la observó irse con una sensación incómoda en el pecho. No era nostalgia. No exactamente.

Era la certeza de que, esta vez, ella no estaba disponible para lo que él no supiera decir bien.

Lucía salió del edificio con el mismo paso con el que había entrado.

Afuera, el ruido de la ciudad la recibió sin ceremonia. Gente hablando, autos pasando, vida ocurriendo. Todo normal.

Eso le gustó.

Caminó un par de cuadras antes de detenerse. Sacó el teléfono. Anotó una frase en notas, sin pensar demasiado:

“El pasado no vuelve a pedir permiso.
Pero tampoco manda.”

Guardó el teléfono.

Siguió caminando.

El lector no lo sabía aún, pero esa agenda compartida no era un acuerdo profesional.

Era el inicio de una fricción lenta.
Constante.
Inevitable.

Y Lucía Vera estaba más que lista para sostenerla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.