No eras parte del plan

Capítulo 9 - Bajo las olas

El verano había vuelto a su modo brillante, como si la tormenta de hacía unos días nunca hubiera pasado.
La arena estaba caliente, el mar, lleno de tablas, y el centro de surf vivía una de esas mañanas caóticas que parecían un anuncio de protector solar: música, risas, y más gente de la que el chiringuito podía manejar.

Tina había vuelto a reír con naturalidad. O al menos lo intentaba.
Desde aquella charla nocturna con Nico, algo había cambiado. No hablaban de ello —ni falta hacía—, pero el aire entre los dos se había vuelto distinto. Más liviano y, a la vez, más cargado.
Y claro, Lucas, como buen hermano, no había tardado en notarlo.

—¿Desde cuándo se llevan tan bien tú y Nico? —preguntó, con una sonrisa sospechosamente fraternal, mientras llenaba una caja con botellas de agua.
—Desde nunca —respondió ella, demasiado rápido.
—Ajá. “Desde nunca”. —Él arqueó una ceja—. Qué definición tan… detallada.
—¿No tienes otra cosa que hacer?
—No, me entretiene verte mentir tan mal.

Antes de que pudiera lanzarle una servilleta mojada, Leo apareció, salvándola a medias.
—¿Listos para el evento? —preguntó con su entusiasmo habitual—. Competencia de surf, música, y premio sorpresa cortesía del centro.
—¿Competencia? —repitió Tina, alarmada.
—Sí, y adivina quién se ofreció como voluntaria. —Leo la señaló con teatralidad.
—¿Yo? ¡Jamás!
—Demasiado tarde, Fauschina —dijo una voz detrás de ella.
Nico.
Con ese tono imposible de distinguir entre burla y ternura.

Tina giró, incrédula.
—¿Tú me apuntaste?
—Digamos que fue un acto de fe.
—¿Fe en qué?
—En que no te ahogarías.

Leo soltó una carcajada.
—Esto va a ser buenísimo.

Tina lo fulminó con la mirada.
—No pienso hacerlo.
—Claro que sí —respondió Nico, tranquilo, mientras ajustaba su tabla—. Además, si te caes, yo te rescato.
—Qué suerte la mía. —Rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír.

Una hora después, el sol estaba alto, las olas perfectas, y el evento en pleno apogeo.
Nico era el centro de todas las miradas —no solo por cómo surfeaba, sino por cómo sonreía cada vez que salía del agua y le revolvía el pelo a Tina al pasar.
Ella fingía molestarse. Pero Leo la había visto suspirar más de una vez.

—Esto es fascinante —dijo él, observándolos—. Son como una telenovela en cámara lenta.
—Te juro que te voy a lanzar al agua con la caja de refrescos incluida —amenazó ella.
—Confirmo. Es amor. —Leo se echó a reír.
Cuando llegó su turno, Tina respiró hondo, como si con ese aire pudiera inhalar también un poco de valor.
El mar brillaba bajo el sol del mediodía, las olas rompían con fuerza, y Leo le gritó algo desde la orilla que sonó vagamente a “¡no mueras!”.
Genial. El ánimo del público, inmejorable.

Ajustó la correa de la tabla, se acomodó el pelo en una coleta improvisada y se lanzó al agua.
La primera ola fue amable, la segunda la hizo sentirse invencible… y la tercera decidió recordarle quién mandaba allí.

El equilibrio se le fue de golpe, la tabla se escabulló bajo sus pies y el mundo se volvió espuma y burbujas.
Por un segundo no supo qué era arriba o abajo.
Hasta que una mano firme la sujetó por la cintura, arrastrándola hacia la superficie.

—Tranquila, Fauschina —susurró una voz conocida, demasiado cerca de su oído.
El aire volvió de golpe.
Él estaba ahí. Mojado, respirando agitado, con el sol marcando destellos sobre su piel.
Demasiado héroe para su gusto.
—Te dije que te rescataría.

—No necesitaba un héroe —logró decir entre toses, el cabello pegado al rostro.
—Ya, pero igual lo soy —replicó él, con esa sonrisa que siempre rozaba la insolencia.

Tina lo fulminó con la mirada, pero la expresión se le desarmó cuando notó que él no la soltaba.
Sus manos aún la rodeaban, el pulgar rozándole apenas la piel, y aunque el agua estaba fría, ella juraría que ardía.

Por un momento, el ruido de las olas y los gritos del público se volvieron lejanos.
Solo existía el vaivén del mar y los ojos de Nico, fijos en ella, con algo entre diversión y ternura.

—¿Sabes qué es lo peor? —murmuró Tina, intentando recuperar la compostura.
—¿Qué?
—Que creo que estoy empezando a divertirme.
—Te lo dije. —La sonrisa de él se volvió suave, casi íntima—. Actos de fe, Fauschina.

Ella rodó los ojos, pero no apartó la mirada.
—Eres imposible.
—Y tú estás temblando —dijo él, bajito—. No sé si de frío… o de mí.

Tina le dio un leve empujón con la tabla, rompiendo la tensión justo a tiempo.
—De frío, idiota.
—Claro, claro. —Él rió, salpicándola un poco con el agua—. Aunque, si era por dramatismo, te ganaste el premio a la mejor escena del día.
—Por lo menos yo no grité como tú la semana pasada cuando pisaste un pez.
—¡Era una raya!
—Era una hoja de alga, Nico.
—Se movía.
—Porque la empujaba la corriente.

Él la miró fingiendo indignación, pero terminó riendo.
El tipo de risa que le temblaba en los labios, desarmándole todo el enojo que fingía.

Y así, entre bromas, chapuzones y esa tensión que parecía no irse nunca, volvieron nadando hacia la orilla.
El sol les daba de lleno, el mar los empujaba con suavidad, y Tina pensó —sin querer admitirlo— que quizá, solo quizá, empezar a divertirse con él no era tan terrible como había creído.




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