El día amaneció despejado, con ese tipo de sol que prometía calor y lío.
Tina llegó al centro de surf un poco tarde, con el pelo todavía húmedo y las gafas de sol torcidas. El aire olía a sal y a protector solar, las risas venían desde la orilla y todo parecía seguir su ritmo habitual.
Hasta que lo vio.
No lo conocía, pero bastó un segundo para que el estómago se le encogiera.
El chico estaba de pie junto a las tablas, hablando con Lucas y un par de turistas.
Moreno, alto, sonrisa confiada, la camiseta pegada por el agua. Tenía esa actitud de quien sabe exactamente lo bien que le queda existir.
Y, por desgracia, demasiado parecido a él.
No era una copia exacta, claro, pero algo en la manera en que ladeaba la cabeza al reír o se pasaba la mano por el pelo la llevó directo a un lugar que había prometido no volver a visitar.
—Vaya, no sabía que el centro tenía nuevas incorporaciones —dijo él, cuando la vio acercarse.
Tenía la voz grave, de esas que suenan a broma incluso cuando no dicen nada gracioso.
—No exactamente —respondió Tina, con una media sonrisa—. Pero veo que tú sí te has presentado solo.
—Alex —dijo él, ofreciéndole la mano.
Ella la estrechó un segundo, lo justo, antes de soltarla.
—Tina.
—Lo sé —dijo él, sonriendo—. Te he visto antes desde la orilla.
“Genial, un observador profesional”, pensó ella.
Detrás, Nico seguía apoyado en la barandilla del chiringuito, con los brazos cruzados y una expresión entre divertida y tensa.
Desde donde estaba, veía perfectamente cómo Alex se inclinaba un poco más de la cuenta al hablar con ella, cómo Tina se encogía levemente, incómoda, pero sin apartarse.
Alex tomó una tabla del montón y dijo:
—¿Te ayudo con esta? Parece pesada.
—Puedo sola.
—Ya, pero así es más divertido.
Tina rodó los ojos, pero antes de poder responder, escuchó una voz familiar detrás:
—Tranquilo, galán. Si quiere ayuda, ya sabe a quién pedirla.
Nico.
De pie, cerca, con el sol reflejándose en sus gafas y ese tono tan tranquilo que solo usaba cuando estaba muy cerca de perder la calma.
Alex le dedicó una sonrisa cortés, sin soltar la tabla.
—Solo intentaba ser amable.
—Sí, claro —dijo Nico, ladeando la cabeza—. Amable. Se te da bien.
Tina los miró a ambos, sintiendo cómo el aire se tensaba un poco más de la cuenta.
Ella solo quería trabajar.
Ellos parecían listos para medir egos con tablas de surf.
—Voy a dejar esto en el depósito —intervino ella al fin—. Antes de que alguien se rompa algo… el orgullo, por ejemplo.
Y se marchó, con la tabla al hombro y el corazón acelerado, sin mirar atrás.
Pero sabía —lo sabía— que los dos la estaban mirando.
Tina dejó la tabla en el soporte y se pasó una mano por el pelo, intentando calmarse.
No era nada. Solo un chico. Solo una sonrisa. Solo un recuerdo que el universo tenía la pésima costumbre de repetirle en bucle.
Pero antes de poder sacudirse el pensamiento, escuchó pasos detrás de ella.
—¿Todo bien, Fauschina? —preguntó Nico, apoyado contra la puerta.
—Sí. Perfecto. Me encantan los déjà vu no solicitados y los tipos que creen que el sol sale para ellos.
Él sonrió apenas.
—¿Así que te recordó a alguien?
Tina se tensó.
—No, claro que no. Bueno… un poco.
—Ajá.
—No empieces con ese “ajá”, que suena a psicólogo barato.
Nico se acercó un paso, luego otro, hasta quedar frente a ella.
—No voy a analizarte. Solo me dio curiosidad.
—No tiene sentido hablar de eso.
—Entonces me vas a dejar con la duda. —Levantó una ceja, con ese tono mitad burla, mitad interés genuino que la desarmaba siempre.
Ella suspiró, bajando la mirada.
—Era… alguien con quien estuve. Hace tiempo.
—¿El idiota que te hizo daño? —preguntó él, sin dudar.
Tina lo miró, sorprendida.
Por un segundo, el silencio se estiró entre los dos.
El aire olía a sal, a madera mojada, a algo eléctrico.
—Supongo que sí —admitió ella, bajando la voz—. Fue una historia rara. Yo quería encajar, y terminé… olvidándome un poco de quién era.
—Eso pasa cuando te rodeás de la gente equivocada.
—Lo sé. —Sonrió con tristeza—. Pero ya está, es pasado.
—A veces el pasado vuelve con otra sonrisa —dijo él, apenas rozándole la mano al pasarle una cuerda—, y no porque quieras.
Ese roce no fue casual.
Sus dedos se encontraron por un instante, firmes, cálidos, demasiado conscientes.
Tina no se movió. No podía.
Él tampoco.
—No te preocupes —murmuró Nico, con una media sonrisa que parecía una promesa—. No pienso dejar que ese tipo vuelva a meterse en tu cabeza.
Y entonces, justo cuando el aire se volvió casi irrespirable, una voz irrumpió desde afuera:
—¡Ey, Tina! ¡Leo pregunta si vas a salir al agua! —gritó Lucas, con todo el entusiasmo del mundo.
Ella se separó al instante, riendo nerviosa... lo miró un segundo más de la cuenta.
Y se fue.
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Editado: 17.11.2025