El día del cumpleaños de Lucas amaneció con energía de verano en su punto más alto.
El cielo estaba despejado, el viento traía olor a sal y a promesa de descontrol.
Tina lo supo desde el desayuno, cuando lo vio atravesar la cocina con una caja de cerveza bajo el brazo y una sonrisa que anunciaba caos.
Nico iba detrás, cargando altavoces y un rollo de luces, como si se prepararan para conquistar la playa.
—No me digas que vas a montar una rave —dijo ella, bostezando, con el café todavía en la mano.
—Cumplo veintiuno, Tina. ¡Veintiuno! —Lucas la señaló con una cuchara de madera, como si eso lo justificara todo—. Es el cumpleaños más importante del calendario.
—Ajá. El del desastre, querés decir.
—El de la leyenda. —Sonrió con orgullo—. Fiesta en la playa, fogata, música, gente… y mi querido socio DJ Nico a cargo de la lista.
Nico, desde la puerta, levantó las cejas y alzó su taza.
—No me eches la culpa cuando la policía aparezca.
—Tranquilo, hermano —replicó Lucas—. Esta vez tengo un permiso.
—¿Firmado por quién? ¿Por Poseidón? —dijo Tina, arqueando una ceja.
—Por mi encanto natural.
Nico soltó una carcajada, y Tina no pudo evitar sonreír también.
Mientras los veía salir con cajas, bolsas y una energía casi contagiosa, se dio cuenta de algo que no quería admitir: hacía días que el ambiente entre ellos estaba raro.
Silencios largos, miradas que decían demasiado, roces que parecían accidentales pero nunca lo eran.
Nadie hablaba del tema, pero todos lo sentían, como una corriente eléctrica flotando en el aire.
Tina fingía no notarlo. Se refugiaba en sus bromas, en su sarcasmo, en esa distancia cómoda que le había servido durante años. Pero cuando Nico pasaba cerca, cuando le hablaba bajo, cuando la miraba como si la entendiera sin palabras… todo se desarmaba.
Y aunque lo negaba incluso ante el espejo, esa noche tenía un plan.
Esa noche iba a llamar la atención de Nico.
Después de todo, era el cumpleaños número veintiuno de su hermano.
Y si Lucas iba a tener su gran noche, quizá ella también.
Cuando llegó la hora, el sol ya se estaba escondiendo y la playa se había transformado en un lienzo de luces cálidas, risas y olor a sal.
Lucas había armado un círculo de antorchas alrededor de la fogata, las guitarras pasaban de mano en mano y la música flotaba ligera, como si el verano se hubiera condensado en ese instante.
Tina apareció bajando por la pasarela de madera con una tranquilidad que parecía casual, pero que en realidad estaba calculada.
Llevaba un vestido corto, de tonos claros que contrastaban con su piel ligeramente dorada, el cabello suelto, con mechones moviéndose con el viento, y una sonrisa que iluminaba más que las antorchas.
Cada paso suyo parecía retener la atención de todos, pero había alguien cuya mirada se había quedado atrapada en ella.
Nico.
Se quedó un segundo sin respirar, la botella de refresco temblándole ligeramente en la mano. Sus ojos la recorrían con una mezcla de asombro y algo que él mismo no sabía cómo llamar.
—Vaya… —susurró sin querer, para sí mismo.
Lucas, a su lado, notó la expresión y le dio un codazo burlón.
—Tranquilo, tiburón, que todavía no es medianoche.
—Cállate —gruñó Nico, sin apartar la vista, ignorando el cosquilleo que le subía por la espalda.
Tina lo notó. Claro que lo notó.
Su mirada se cruzó con la de él, y por un segundo, el ruido de la fiesta desapareció. Solo estaban ellos, la luz de las antorchas reflejándose en sus ojos y el mar suave de fondo.
Sonrió, divertida por su reacción, y por primera vez desde que empezó el verano, Nico se dio cuenta de que nada ni nadie había logrado dejarlo tan desarmado como ella.
Justo cuando Nico empezaba a recomponerse, apareció Alex.
Alto, moreno, sonrisa fácil, y con esa seguridad que hacía que todos los que lo rodeaban se sintieran un poco más pequeños.
—¡Hey, Tina! —dijo, aproximándose con un guiño—. ¿Me concederías este baile?
Tina tragó saliva, notando un escalofrío distinto, ese que se mezcla entre diversión y advertencia.
—No suelo bailar mucho —respondió, tratando de sonar despreocupada.
Pero Alex ya le había tomado la mano, conduciéndola hacia el centro del círculo de antorchas.
—Vamos, que la noche es joven —insistió.
Desde la distancia, Nico la vio moverse junto a él, las manos de Alex sobre las suyas de forma demasiado confiada. Sintió un nudo en el estómago. Sus músculos se tensaron. Su respiración se aceleró.
Leo, que estaba justo detrás de Nico, sonrió con malicia.
—Venga, tío, ¿qué miras? —susurró—. Anda, rescata a tu chica antes de que este se la lleve de paseo por toda la playa.
Nico bufó, maldiciéndose por dejarse provocar, pero no pudo ignorarlo. Se lanzó hacia ellos, con pasos largos, intentando disimular que le temblaban las manos. Respiró hondo y se acercó a Tina entre la gente. La música y las luces no parecían afectarle; su mirada estaba fija en ella, intensa.
—Eh, Fauschina —dijo, con tono casual, aunque había algo en su voz que no pasaba desapercibido—. Necesito tu ayuda, nos estamos quedando sin bebidas para la fiesta.
Tina lo miró, fingiendo sorpresa, aunque secretamente se sintió aliviada. Alex todavía la estaba guiando hacia el centro del círculo de antorchas, insistiendo en bailar. No quería hacerlo, y esta era la excusa perfecta para escapar.
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Editado: 17.11.2025