El día siguiente amaneció con el olor del mar y la brisa de verano colándose por las ventanas de la casa de la tía Vera.
Tina se desperezó y, aunque intentó dormir un poco más, la memoria de la noche anterior no la dejaba tranquila. La forma en que Nico había tomado su mano, su voz baja al confesar lo que sentía, el roce eléctrico… todo había dejado un calor extraño en su pecho, mezclado con una sonrisa tonta que no podía borrar.
Bajó a la cocina, donde la tía Vera ya preparaba café y tostadas.
—Buenos días, durmiente —dijo, con una sonrisa cómplice—. Te veo con cara de haber peleado con la almohada y perdido.
—Algo así —respondió Tina, con la voz todavía dormida—. La almohada ganó.
Tina tragó saliva mientras recordaba la intensidad de la noche anterior.
Cuando llegaron al centro de surf, la rutina diaria parecía no haber cambiado, pero algo en el aire era distinto. Cada roce con Nico, cada mirada cruzada, estaba cargada de electricidad.
Lucas estaba organizando un grupo de turistas en la orilla, y Leo se acercó a Tina con su habitual sonrisa traviesa.
—Veo que el viento te tiene en modo “no puedo dejar de pensar en él” —dijo, señalando a Nico que revisaba las tablas al fondo.
—¿Qué viento? —Tina rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír—. Todo está normal, Leo.
—Claro, claro —replicó él, con un guiño—. Todo normal mientras tu corazón late como si hubiera corrido un sprint.
Tina suspiró y se concentró en su trabajo, aunque su mente no dejaba de buscar a Nico. Cada vez que él se acercaba para ajustar una tabla o entregar una bebida a un cliente, su pecho se aceleraba. Y Nico lo notaba, aunque fingiera que no.
—Fauschina —llamó él discretamente—. ¿Me ayudas con las tablas de los principiantes?
Ella asintió, y mientras caminaban juntos hacia la orilla, sus manos se rozaron una vez más. Esta vez, ninguno apartó la suya. El simple contacto era suficiente para que ambos sintieran la electricidad que aún no podían controlar.
—Nico… —susurró ella, con la voz apenas audible sobre el murmullo del mar.
—Shh —respondió él, acercándose un poco más—. Mejor que nadie nos escuche, ¿sí?
Se detuvieron un momento, frente al agua, con la arena fría bajo los pies y la brisa suave jugando con su cabello. Por primera vez, no intentaron disimular la tensión entre ellos. Cada respiración compartida, cada roce de hombros, estaba cargada de algo que ambos temían reconocer en voz alta.
—Te he dicho que eres imposible —murmuró Tina, divertida y nerviosa a la vez.
—Ya lo sé —respondió Nico, con una sonrisa que hacía que su corazón latiera más rápido—. Pero tú tampoco eres fácil de ignorar, Fauschina.
Por un instante, solo el mar y ellos existían. La risa de Lucas y Leo, los turistas, las tablas… todo parecía haberse desvanecido.
—Volvamos antes de que nos busquen —dijo Tina, aunque nadie la apresuraba.
—Sí —replicó Nico, entrecerrando los ojos y tomando suavemente su mano—. Pero recuerda esto: esto… lo que sentimos, no lo vamos a negar.
Y mientras caminaban de regreso, con la arena fría bajo los pies y las olas rompiendo a lo lejos, Tina supo que, por fin, algo había cambiado. Lo que había empezado como un verano cualquiera estaba convirtiéndose en un verano que ninguno de los dos podría olvidar.
La tarde avanzaba y el centro de surf empezaba a vaciarse. La mayoría de los turistas se había ido, dejando solo a los habituales. Nico estaba ajustando unas tablas cuando Tina se acercó, fingiendo despreocupación.
—Fauschina, ¿me pasas esa cuerda? —pidió él, señalando una tabla.
Ella caminó hacia él y, al tomarla, sus manos se rozaron. No fue un accidente: ambos lo sintieron. Tina tragó saliva, con un calor extraño subiéndole por el pecho.
—Gracias —dijo Nico, dejando que sus dedos se rozaran antes de soltar la cuerda. Tina no apartó la mirada.
Entonces apareció Carla, con su sonrisa brillante y segura.
—¡Nico! ¿Quieres que te ayude con las tablas? —preguntó, acercándose como si fuera la única que podía hacerlo.
Nico levantó la vista y sonrió cortésmente.
—Gracias, pero creo que podemos con esto —dijo, aunque su mirada volvió a Tina de inmediato.
Carla no se dio por vencida y se inclinó un poco hacia él, con esa confianza que hacía que todo pareciera natural.
—Vamos, Nico… déjame echar una mano. No es tan pesado, ¿verdad?
Tina sintió un nudo en el estómago. La forma en que Carla se movía, tan adulta, tan segura, tan… sexy, era todo lo que ella no era. Por un instante, dudó, intimidada por la seguridad y la cercanía de Carla con Nico.
—Bueno… —dijo Tina, tomando aire y tratando de sonar indiferente—. Te dejo en buena compañía —y, con un giro rápido, se dirigió hacia el chiringuito para terminar su trabajo, intentando no mirar atrás mientras sentía que Nico la observaba.
Nico frunció apenas el ceño, pero no dijo nada. Sus ojos seguían a Tina mientras ella desaparecía detrás del mostrador, y la tensión entre ellos se hizo aún más evidente, cargada de celos y de lo que ambos se negaban a admitir.
El chiringuito ya estaba cerrado. Las luces se habían apagado, dejando solo la tenue claridad de la luna sobre el mar y el reflejo de las olas rompiendo suavemente en la orilla. Tina y Nico caminaban lado a lado, como tantas otras noches de verano, la arena fría bajo sus pies y el sonido del agua marcando un ritmo pausado pero intenso.
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Editado: 17.11.2025