No eras parte del plan

Capítulo 13 - Clases de verano

Tina salió de su cuarto con pasos lentos, intentando despejarse del sueño, pero su mente seguía atrapada en la noche anterior. Iba a bajar a la cocina, donde su tía Vera ya preparaba el desayuno y Lucas charlaba con entusiasmo, cuando algo la detuvo.

En la escalera, justo frente a ella, apareció Nico. Bajaba del ático con el pelo despeinado y la camisa medio desabrochada, con esa mezcla de despreocupación y tensión que solo él sabía lucir.

Se miraron y por un instante el mundo desapareció. La cocina, el desayuno, la luz de la mañana… nada importaba. Solo estaban ellos dos, muy cerca.

—Buenos días —susurró Nico, bajito, casi temeroso de romper el hechizo.

—Buenos días —respondió Tina, con un hilo de voz, sintiendo un calor que le subía desde el pecho hasta la cara.

Sus miradas se encontraron, cargadas de todo lo que habían callado: deseo, nervios, ganas. Nico respiró hondo, acercándose apenas un paso más, suficiente para que Tina sintiera su cercanía, su aliento mezclándose con el suyo.

—Muero por volver a besarte —dijo él, con la voz ronca y temblorosa, pero firme en su confesión.

Tina tragó saliva, sintiendo cómo se aceleraba su corazón. Una sonrisa tímida se dibujó en sus labios mientras le respondió:

—¿Y qué te detiene?

Eso bastó. Sin más palabras, Nico se inclinó hacia ella y la besó. Fue urgente, intenso, una descarga de todo lo reprimido: sus manos se encontraron, sus cuerpos se acercaron sin miedo, y el mundo volvió a desaparecer.

El beso duró lo que necesitaban para recordarse que ya no podían seguir conteniéndose. Cuando finalmente se separaron, respirando al unísono, Tina apoyó la frente contra su pecho por un segundo y murmuró:

—Esto se va a complicar.

Nico sonrió contra su cabello y respondió en voz baja:

—No me importa.

El silencio que siguió estaba lleno de promesas y de risas contenidas, y mientras bajaban finalmente a la cocina, tomados de la mano, ambos sabían que aquel verano los había atrapado para siempre.

Al llegar a la cocina, Tina se separó de Nico como si nada hubiera pasado, ajustando su vestido y ocultando la sonrisa tonta que todavía le duraba. Nico hizo lo mismo, enderezando la camisa y fingiendo revisar el contenido de la nevera.

—Buenos días, dormilones —saludó la tía Vera, ocupada en dar vuelta unas tortitas—. Hoy parece que vamos a tener un desayuno digno de campeones.

—Buenos días, tía —respondió Tina, intentando sonar completamente natural.
Tina tomó un sorbo de su jugo, intentando que nada de su sonrisa nerviosa se notara. Nico, al otro lado de la mesa, acomodaba los cubiertos con más cuidado del necesario, lanzándole de vez en cuando miradas rápidas que la hicieron sentir un calor extraño en las mejillas.

—¿Creen que vamos a poder aprovechar el día después del desayuno? —preguntó Lucas, señalando el sol que ya brillaba alto—. Surf, vóley, o más música en la playa.

—Seguro —respondió Tina, demasiado rápido, mientras apartaba un mechón de pelo del rostro—. Todo planeado y bajo control.

—Y no se olviden, Tina—interrumpió la tía Vera mientras servía las tortitas—. Hoy toca ponerse a estudiar matemáticas. No quiero que digas que no te lo advertí.

—¡Matemáticas! —Tina puso cara de horror—. Tía, soy un desastre con los números, ya lo sabes.

—Eso no es excusa —replicó la tía Vera con una sonrisa severa pero cómplice—. Al menos intenta un poco, ¿sí?

Lucas, como siempre buscando soluciones prácticas, soltó una risita y miró a Nico:
—Oye, tú que eras un genio en el instituto… ¿por qué no la ayudas un rato? Así de paso ella no se queja tanto.

Nico arqueó una ceja, fingiendo indignación, mientras Tina lo miraba con una mezcla de terror y diversión:
—¿Yo? ¿Ayudarla con matemáticas? —dijo con tono serio, aunque sus ojos brillaban con picardía—. Esto suena a tortura.

—Vamos, Nico —insistió Lucas—. Tú eres su única esperanza de sobrevivir a números y ecuaciones sin llorar.

Tina rodó los ojos, con una sonrisa medio traviesa:
—Perfecto, entonces hoy me condeno a la tortura… con un tutor de lujo.

Nico sonrió, dejando que sus dedos rozaran ligeramente los de ella al pasarle un plato de tortitas. Fue un gesto mínimo, pero suficiente para que un calor recorriera a Tina de la cabeza a los pies. Nadie más parecía notar la complicidad silenciosa entre ellos; todo lo demás era ruido de fondo.

—Bien —murmuró Nico en voz baja, solo para ella, mientras se inclinaba ligeramente—. Veremos si sobrevivimos a la tortura.

Tina respondió con una sonrisa apenas perceptible, mientras sus manos se separaban suavemente. Por un momento, se quedaron mirándose, compartiendo esa complicidad silenciosa que prometía que, más tarde, el verano seguiría siendo suyo, aunque nadie más lo supiera.

Más tarde, Tina suspiró mientras recogía sus cuadernos y lápices. Nico la seguía de cerca, arrastrando un par de sillas hacia la terraza del chiringuito. La brisa marina movía su cabello y hacía que cada gesto pareciera más lento, más intenso.

—Bien, Fauschina —dijo él, acomodando los apuntes frente a ella—. Hoy sobreviviremos a los números, ¿listos para la tortura?




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