No eras parte del plan

Capítulo 14 - No era tan fácil disimular

El día amaneció tranquilo, con el sonido de las olas filtrándose por las ventanas abiertas. En la casa reinaba ese silencio raro que precede al caos, y Tina lo agradeció. Después de lo del “estudio”, necesitaba despejarse un poco… o fingir que lo había hecho.

Estaba terminando su desayuno cuando escuchó la voz de Lucas desde el pasillo.

—¡Tina! —gritó, como si la casa tuviera cien metros de largo—. ¿Has visto a Nico?

Ella levantó la vista del café, intentando sonar indiferente.
—No. ¿Por?

—Quedamos para ir a surfear temprano, pero desapareció.

“Qué raro”, pensó, justo cuando una sombra cruzó la puerta del patio. Y ahí estaba: Nico, con el cabello todavía mojado, una toalla al cuello y esa sonrisa que no debería estar permitida tan temprano.

—Buenos días —dijo, directo a ella, sin siquiera mirar a Lucas.

Tina sintió cómo le subía el color a las mejillas.
—Madrugaste —dijo, buscando refugio en su taza.

—O me costó dormir —contestó él, con voz baja, casi sin querer.

Lucas, por supuesto, no entendió nada.
—Genial, entonces ya estás listo. ¡Vamos al agua!

—Dame cinco —dijo Nico, mirando a Tina un segundo más de lo necesario antes de subir al baño.

En cuanto desapareció por las escaleras, Lucas la observó con cara de sospecha.
—¿Qué pasa con ustedes dos?

—¿Con quiénes dos? —preguntó ella, demasiado rápido.

—Con Nico. Hay algo raro.

Tina fingió reírse.
—Claro, raro es que tú te levantes antes del mediodía.

Pero su hermano no se dio por vencido.
—No me tomes el pelo, lo conozco. Ese tipo te mira distinto.

—Lucas… —empezó ella, alzando una ceja—, ¿de verdad creés que tengo tiempo para fijarme en eso? Estoy demasiado ocupada intentando no reprobar matemáticas.

—Ajá —dijo él, sin creérselo del todo.

Justo en ese momento, Nico bajó, listo para salir.
—¿Vamos? —preguntó, dirigiéndose a Lucas.

—Sí, pero luego me cuentas —le dijo su amigo en tono cómplice.

Nico frunció el ceño, confundido.
—¿Contar qué?

—Nada. Paranoias de mi hermano —se apresuró Tina, levantándose con el plato vacío.

Sus miradas se cruzaron otra vez, y en ese segundo hubo más electricidad que en toda la instalación de la casa.
Solo ellos dos sabían lo que estaban ocultando.
Solo ellos dos sabían lo cerca que habían estado el día anterior… y lo cerca que querían volver a estar.

Más tarde, cuando los chicos regresaron del mar, el ambiente se volvió todavía más difícil de disimular. Tina estaba sentada en la terraza, leyendo (o fingiendo hacerlo), cuando Nico se dejó caer en la hamaca frente a ella, el pelo revuelto por el viento y gotas de agua aún en la piel.

—¿Estás muy ocupada con tus ecuaciones imposibles? —preguntó él, divertido.

—No te burles, que ya casi entiendo lo de los senos y cosenos.

—Bueno, si necesitas una clase de repaso… —empezó él, con una sonrisa cargada de doble sentido.

—No creo que sobreviviera a otra de tus clases —le cortó ella, mordiéndose el labio sin querer.

Nico soltó una risa baja.
—Yo tampoco.

El silencio volvió a caer, cómodo y peligroso a la vez.
Lucas apareció justo a tiempo para arruinarlo.
—¿Se apuntan a una barbacoa esta noche? Carla dijo que trae a unos amigos.

Tina se tensó al instante.
—¿Carla viene? —preguntó, intentando sonar neutra.

—Sí, claro —contestó Lucas, sin notar nada—. Dice que extrañaba vernos.

Nico se acomodó en la hamaca, incómodo. Tina fingió revisar su libro, pero el gesto no le pasó desapercibido.
Y aunque ninguno dijo nada, ambos sabían que esa noche… la calma iba a durar poco.

La noche cayó sobre la playa con ese brillo anaranjado que vuelve todo más bonito de lo que realmente es.
El sonido del mar se mezclaba con la música que salía del parlante portátil, las risas y el chisporroteo de la parrilla donde Lucas hacía gala de sus escasas dotes culinarias.

Tina llegó con un vestido liviano, el pelo suelto y una sonrisa que escondía un revoltijo de nervios. Quería que fuera una noche tranquila, pero desde que escuchó que Carla iba a venir, su estómago no había vuelto a la normalidad.

Y, por supuesto, Carla llegó tarde… y espectacular.
Shorts blancos, top ajustado, perfume que se notaba incluso con el viento del mar. Saludó a todos con abrazos y risas, pero cuando vio a Nico, su tono cambió.

—¡Pero mira quién está aquí! —exclamó, lanzándose a abrazarlo—. Creí que te habías olvidado de mí.

Nico sonrió con educación, pero Tina lo notó: ese gesto forzado, esa mirada que buscaba inconscientemente la suya.

—Imposible olvidarse de alguien tan… insistente —bromeó él, soltándola despacio.

Carla rió, encantada, y se colocó a su lado sin pedir permiso.
Tina, desde unos metros, apretó los labios.
“Insistente. Perfecta palabra.”




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