La casa estaba en silencio.
Afuera solo se oía el murmullo del mar y el viento colándose entre las persianas, moviendo las cortinas con un vaivén lento, casi hipnótico.
Era una de esas noches cálidas de verano en las que el aire huele a sal y todo parece posible.
La tía Vera se había ido al bingo del pueblo con sus amigas —según ella “solo un rato”, lo que en su idioma quería decir “volveré pasada la medianoche”—, y Lucas había salido con su ligue de verano, dejando tras de sí un eco de colonia barata y promesas dudosas.
En resumen: estaban solos.
Tina y Nico.
Y el silencio entre ellos, que no era tan inocente como parecía.
Tina bajó las escaleras despacio, descalza, con el pelo suelto y una camiseta grande que le llegaba hasta medio muslo.
El suelo de madera crujía apenas bajo sus pasos, y cada sonido le recordaba que, técnicamente, no tenía por qué estar despierta a esas horas.
Iba a por un vaso de agua… o al menos eso se decía a sí misma, aunque en el fondo sabía perfectamente qué (o a quién) esperaba encontrar.
Y ahí estaba.
Nico.
Sentado en el sofá, con la guitarra apoyada en una pierna y el ceño ligeramente fruncido, concentrado en una melodía que se deslizaba suave por el aire.
La luz cálida de la lámpara dibujaba sombras doradas sobre su rostro, realzando las líneas de su mandíbula, la forma en que se mordía el labio al cambiar de acorde.
Sus dedos se movían con una naturalidad hipnótica sobre las cuerdas, como si la guitarra formara parte de él.
Tina se quedó quieta en el marco de la puerta, observándolo.
Durante unos segundos no hizo ruido, no respiró siquiera.
Solo lo miraba, como si aquel chico frente a ella no fuera el mismo que solía molestarla con apodos absurdos o hacerla rabiar a propósito.
Era otro Nico: tranquilo, sereno, distinto… y peligrosamente atractivo.
La música llenaba la sala de una forma que le erizó la piel.
Le recordó las noches de su infancia, cuando se quedaba escondida en las escaleras escuchando a Nico y a su hermano cantar con los demás chicos del pueblo.
Entonces también lo miraba así, sin que él lo supiera.
Solo que ahora ya no era una niña, y lo que sentía al verlo era mucho más complicado.
La melodía terminó, y el silencio volvió a colarse entre ellos.
Nico levantó la mirada, sorprendido al encontrarla allí.
Por un instante pareció dudar si era real o si la había imaginado.
—No sabía que tocabas esta noche —dijo Tina por fin, en voz baja, con esa sonrisa suya que siempre parecía esconder algo.
Nico apoyó la guitarra sobre la pierna y se recostó en el sofá.
—Pensé que ya estabas dormida —respondió, con un tono tranquilo, aunque en sus ojos brilló algo distinto al verla allí, descalza y despeinada, envuelta en la penumbra.
—Dormir con eso sonando es imposible —bromeó ella, acercándose un poco—. Siempre me ha gustado escucharte tocar.
Él arqueó una ceja, divertido.
—¿Siempre?
Tina asintió, mordiéndose el labio, como si acabara de decir más de lo que pretendía.
—Desde que éramos críos —admitió—. Aunque tú no lo sabías.
Nico soltó una risa suave.
—¿Así que tenía fans secretas? —preguntó, dejando la guitarra a un lado.
—Solo una. —Ella sonrió, sin apartar la mirada—. Pero bastante fiel.
El ambiente se volvió más denso, más íntimo.
El tic-tac del reloj en la pared marcaba el ritmo de algo que ninguno de los dos se atrevía a romper.
Tina notó cómo el corazón le latía en los oídos; Nico, en cambio, se inclinó un poco hacia adelante, sin poder evitarlo.
Afuera, el mar seguía rompiendo suave contra la orilla.
Dentro, algo empezaba a romperse también: esa barrera frágil que los había separado durante demasiado tiempo.
Tina dio un par de pasos más y se apoyó en el respaldo del sofá, mirando la guitarra.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo, jugando con un mechón de su pelo—. Que de pequeña me sabía de memoria todas las canciones que tocabas con Lucas y los otros. Yo tendría 11 0 12 años.
Nico la miró, sorprendido.
—¿Ah, sí? No recuerdo que estuvieras por ahí.
Ella rió, bajando la mirada.
—Porque no me veías. Me escondía detrás de la puerta o en las escaleras. Os escuchaba cantar y… no sé, me gustaba. —Se encogió de hombros—. Era como mi momento favorito del día.
Él sonrió, con esa mezcla de ternura y nostalgia que solo sale cuando alguien te desarma.
—Así que eras mi fan número uno y yo sin saberlo.
—No exageres —dijo ella, sonrojándose—. Solo me gustaba… bueno, tú. —Y cuando lo dijo, se dio cuenta de que ya no podía echarse atrás.
El silencio que siguió fue tan largo que Tina pensó que el corazón le iba a estallar.
Nico la observaba con una expresión que no supo leer del todo: mezcla de sorpresa, emoción y algo más profundo que le erizó la piel.
—¿Yo? —preguntó él, apenas en un susurro.
Ella asintió, intentando reírse de sí misma.
—Sí, bueno, eras el típico chico guapo del grupo. Mi amor platónico. Aunque claro, para ti yo era solo “la enana pesada que no paraba de molestar”.
Nico bajó la mirada, sonriendo con un gesto que tenía un punto de culpa.
—No lo eras... por lo menos para mi.
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Editado: 17.11.2025