El olor a café recién hecho llenaba la casa. La mañana era luminosa, con el rumor del mar colándose por las ventanas abiertas y el murmullo de tazas sobre la encimera.
Tina bajó las escaleras con paso tranquilo —o al menos eso intentó—, fingiendo que su corazón no iba al ritmo de una batería. Al llegar al último peldaño, lo vio.
Nico estaba en la cocina, de espaldas, con una camiseta gris y el pelo revuelto. Movía una cuchara distraídamente dentro de una taza, como si la noche anterior no hubiera pasado nada. Pero en cuanto la sintió detrás, se giró.
Durante un segundo se quedaron quietos. Silencio. Solo ellos y el sonido del mar al fondo.
—Buenos días… —dijo ella, casi en un susurro.
—Buenos días, Fauschina —respondió él, con una voz suave, un poco ronca, un poco peligrosa.
Ella no sabía si huir o quedarse ahí para siempre.
Intentó mantener la compostura, pero sus ojos se fueron directos a su sonrisa.
Él, por su parte, parecía debatirse entre acercarse o seguir fingiendo que preparaba café.
—¿Dormiste bien? —preguntó él, apoyándose en la encimera.
—Más o menos… —contestó ella, jugueteando con un mechón de su pelo—. Supongo que tú también tuviste una noche… intensa.
Nico esbozó una media sonrisa.
—Podríamos decirlo así.
El aire entre ellos se volvió denso, familiar, peligroso. Tina dio un paso más, sin pensarlo. Él bajó la mirada a sus labios, y ella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Justo entonces, la voz de la tía Vera resonó desde el pasillo:
—¡Buenos días, tortugas! ¿Quién quiere tostadas?
El hechizo se rompió. Tina dio un salto hacia atrás y Nico se aclaró la garganta, girándose hacia la cafetera como si de repente fuera lo más interesante del mundo.
—Yo… yo quiero una —dijo ella, muy rápido, evitando mirarle.
—Sí, yo también —añadió él, tosiendo un poco para disimular.
La tía Vera entró sonriente, con el pelo todavía húmedo del baño y su energía habitual.
—¡Vaya caras! —comentó divertida—. Parecéis recién levantados de un sueño bonito.
—Algo así —murmuró Nico, mirando de reojo a Tina.
Ella se mordió el labio para no sonreír.
Y mientras la tía hablaba sin parar sobre su noche en el bingo, las miradas seguían cruzándose por encima de las tazas, como si cada una llevara escondida una promesa.
Porque sí, lo intentaban disimular. Pero era evidente: entre ellos, algo había cambiado para siempre.
La tarde cayó lenta sobre la playa, con el sol tiñendo el cielo de tonos dorados y el murmullo de las olas acompañando cada risa, cada conversación.
El chiringuito estaba casi lleno, y Tina se movía de un lado a otro entre bandejas y vasos, intentando concentrarse… sin demasiado éxito.
Desde la mañana no había podido sacarse de la cabeza la mirada de Nico en la cocina. Esa mirada que decía mucho más de lo que él se atrevía a pronunciar.
Y, sinceramente, tampoco estaba segura de si quería que lo hiciera.
Porque si lo hacía… no habría vuelta atrás.
—Tina, ¿puedes revisar si queda más hielo en el depósito? —gritó Lucas desde la barra.
—¡Voy! —respondió, agradeciendo la excusa para escapar un rato de las miradas curiosas.
Empujó la puerta del pequeño depósito, ese espacio que ya empezaba a tener historia entre ellos. Estaba fresco, con el aroma a limón y madera que siempre quedaba después de las cajas de bebidas.
Iba directa hacia el congelador cuando una voz suave sonó a su espalda.
—Te estaba esperando.
Tina se giró, sobresaltada.
Nico estaba apoyado contra la pared, los brazos cruzados, con esa sonrisa ladeada que parecía tener su propio magnetismo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, intentando parecer indiferente.
—Digamos que… quería comprobar si te quedaba algo de tiempo para mí —respondió él, dando un paso hacia ella.
Tina notó cómo el aire cambiaba. Cómo cada paso de él parecía reducir el espacio que los separaba y aumentar el ritmo de su corazón.
Intentó disimular, pero su voz salió más baja de lo que esperaba:
—Nico, van a buscarnos…
—Que busquen —murmuró él, acercándose un poco más.
Y entonces, sin darle tiempo a reaccionar, la abrazó por la espalda.
Sus brazos rodearon su cintura con una naturalidad que la desarmó. Tina se quedó quieta, sintiendo su respiración cerca de su cuello, su pecho rozando su espalda, la piel erizándose.
—Te he echado de menos todo el día —susurró él.
Ella cerró los ojos. No había pasado ni veinticuatro horas desde la última vez que se habían besado, pero se sentía como si hubieran pasado semanas.
Se giró despacio, aún dentro de su abrazo, y lo miró a los ojos.
—Nico… —susurró, apenas un hilo de voz.
Él la miró, con una mezcla de deseo y ternura que la desarmó del todo.
Y antes de que pudiera decir nada más, Tina se estiró sobre la punta de los pies y lo besó.
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Editado: 17.11.2025