No eras parte del plan

Capítulo 17 - Entre cajas y polvo

La mañana siguiente amaneció con olor a café y a intento de disimulo.
Tina se despertó con una mezcla de sueño, sonrisas tontas y recuerdos que parecían sacados de una película que no quería que terminara.

El beso.
Otra vez.
Más intenso. Más real.
Y, si se lo preguntaban, sí: todavía podía sentir el cosquilleo en los labios.

Bajó las escaleras en silencio, intentando parecer relajada, aunque por dentro tenía un pequeño terremoto.
En la cocina, Lucas ya estaba desayunando —camiseta arrugada, el pelo revuelto y la típica energía de quien había dormido poco pero estaba orgulloso de su noche.

—Buenos días, dormilona —saludó, con la boca llena de tostadas.

—Buenos días —respondió Tina, sirviéndose café con cuidado, como si fuera una bomba a punto de estallar.

Y entonces… apareció él.
Nico.

Bajó del ático con el pelo algo despeinado, una camiseta gris y ese aire tranquilo que, para desgracia de Tina, lo hacía aún más atractivo.
Sus miradas se cruzaron.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.

Tina bajó la vista enseguida, fingiendo concentrarse en el azúcar.
Nico carraspeó, intentando sonar casual.
—Buenos días.

—Buenos —respondió ella, sin atreverse a levantar la mirada.

Lucas, ajeno a todo, sonrió. —Vaya, parece que anoche todos dormimos bien, ¿eh?

—Sí, sí —dijo Nico, demasiado rápido.
Tina casi se atraganta con el café.

Silencio.
Solo el sonido del reloj y del mar al fondo.

Entonces apareció la tía Vera, con su habitual energía matutina y un sombrero imposible de ignorar.
—¡Buenos días, mis veraneantes favoritos! —anunció, dejando un beso en la mejilla de Tina—. Hoy necesito ayuda, que voy a reorganizar el garaje y las cajas pesan más que mis años.

Lucas levantó las manos enseguida.
—Yo no puedo, tía, tengo guardia en el chiringuito.

—Perfecto —replicó Vera, mirando directamente a Nico y a Tina—. Vosotros dos podéis hacerlo.

Tina se quedó inmóvil con la taza a medio camino hacia la boca.
—¿Nosotros?

—Sí, cariño. Tú y Nico. Hacéis buen equipo —respondió la tía, con una sonrisa traviesa que hizo sospechar a ambos que algo intuía.

Nico intentó mantener la compostura.
—Claro, ningún problema.

—Genial —dijo Vera, dándose media vuelta—. Y si os sobra tiempo, revisad las luces del porche, que no encienden.

Cuando se fue, Lucas soltó una carcajada.
—Buen equipo, ¿eh? No os rompáis nada.

Tina lo fulminó con la mirada.
—Eres un pesado.

—Y tú muy floja —le devolvió él, con una sonrisa burlona.

Nico tosió para disimular una sonrisa y se levantó.
—Vamos, Fauschina, antes de que tu tía vuelva con más tareas.

Ella resopló, pero lo siguió, intentando ignorar el temblor en las manos.

Ya en el garaje, entre cajas, polvo y risas nerviosas, volvió a ocurrir lo inevitable: sus dedos se rozaron al levantar una caja, y ninguno la soltó.

Silencio.
Miradas.
Corazones acelerados.

—Parece que hacemos buen equipo de verdad —murmuró él.

Tina sonrió, sin apartar la vista. —Depende del tipo de trabajo…

Él rió bajito, pero antes de responder, una voz llegó desde arriba:
—¡Y no os distraigáis ahí abajo! —gritó la tía Vera.

Ambos dieron un respingo y se echaron a reír, intentando recuperar el aire.

—Demasiado tarde —susurró Tina.

Y mientras reían, sin mirarse demasiado tiempo para no delatarse, los dos supieron que disimular iba a ser cada vez más complicado.

El garaje se había convertido en un campo de batalla.
Cajas, herramientas y recuerdos viejos por todas partes.
Tina tenía las manos llenas de polvo y el pelo alborotado, con un mechón rebelde pegado a la frente.

—Genial —murmuró, estornudando—. Me siento dentro de un comercial sobre alergias.

Nico, riéndose, se agachó para abrir otra caja. —Pues te queda bien el look de obrera vintage.

Ella le lanzó un trapo viejo a la cara.
—Idiota.

—Oye, te lo digo en serio —respondió, apartándose el trapo y sonriendo—. Si supieras lo guapa que estás ahora mismo…

Tina rodó los ojos, intentando ignorar el calor que le subía por el cuello. —Ya, claro. Cúbreme de polvo y luego di que es un cumplido.

—Técnicamente no te cubrí yo. Fue la caja.
—Ah, claro, culpa del mobiliario —replicó, divertida.

Él sonrió, y por un momento, entre risas y cajas medio abiertas, volvieron a mirarse más de la cuenta.
Otra vez ese silencio.
Esa tensión que ya conocían tan bien.

Hasta que una voz los sobresaltó desde la puerta:
—¡Chicos!

La tía Vera apareció con un bolso enorme y gafas de sol.
—He decidido ir a casa de Nélida, que me invitó a tomar algo y ver su nuevo gato —anunció, con ese tono que mezclaba entusiasmo y misterio—. No creo que vuelva temprano, así que comportaos, ¿eh?




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