Lucas apareció con su habitual energía, móvil en mano y una sonrisa sospechosamente amplia.
—Vale, aviso de emergencia doméstica —anunció, agitando las llaves—. Esta noche salgo con Clara, y la tía Vera me acaba de escribir que se queda a dormir en casa de Nélida.
Tina levantó la vista desde la encimera. —¿Y eso qué significa exactamente?
—Que la casa queda en vuestras manos. —Lucas sonrió de oreja a oreja, divertido—. Pero si mañana encuentro el salón convertido en discoteca, os juro que os hago limpiar hasta el tejado.
—Tranquilo, que no pienso montar una fiesta —dijo ella, rodando los ojos.
—Ya… —Lucas miró de reojo a Nico, que fingía estar concentradísimo en cortar pan—. Bueno, confío en vosotros. Portaros bien, parejita.
Tina le lanzó una servilleta. —¡Largo ya, pesado!
—Sí, sí, ya me voy. Pero cuidado, que la casa tiene oídos —bromeó, antes de salir por la puerta.
El silencio que quedó fue casi cómico.
Tina y Nico se miraron, conteniendo una sonrisa.
—¿Parejita, eh? —dijo él, alzando una ceja.
—No le hagas caso. Lucas vive en su propio mundo.
—Puede, pero a veces acierta. —La sonrisa de Nico se ensanchó apenas.
Tina le lanzó otra servilleta, riendo, aunque su corazón le latía más rápido de lo normal.
—Anda, ayúdame a preparar la cena antes de que te echen también de la cocina.
Entre risas, improvisaron una cena sencilla: pasta y ensalada.
Cocinaban codo a codo, tropezando, probando la salsa con la misma cuchara, discutiendo si estaba demasiado salada o perfecta.
Y sin darse cuenta, lo que empezó como rutina acabó pareciendo algo mucho más íntimo, más natural.
—Esto parece una escena de peli romántica —dijo Tina, removiendo la pasta.
—Sí… solo que en las pelis, el chico no se quema con la sartén cada dos minutos. —Nico mostró un dedo ligeramente enrojecido.
Ella se rió y sopló suavemente sobre la quemadura.
—Ahí, remedio casero.
Nico se quedó mirándola. Tan cerca, tan despreocupada…
—Funciona —susurró, sin apartar la vista.
Tina tragó saliva y se giró hacia la encimera, intentando recuperar el control de su respiración.
—Venga, el chef, sírvase usted mismo antes de que se enfríe.
Comieron en la terraza, con el sonido del mar de fondo y las luces cálidas iluminándolos apenas.
Hablaron de tonterías: del verano, del surf, de cómo la tía Vera se convertía en detective cuando sospechaba algo.
Pero entre frase y frase, las miradas duraban demasiado.
Las sonrisas eran distintas.
Había algo en el aire que ya no se podía esconder.
Más tarde, en el salón, Tina puso una película “solo para pasar el rato”.
Nico se dejó caer en el sofá, y ella se acurrucó a su lado, con una manta sobre las piernas.
Durante un rato intentaron fingir que veían la pantalla, pero ninguno podía concentrarse.
La cercanía era insoportable y perfecta a la vez.
El roce de su brazo contra el de ella.
El olor a jabón y sal en su piel.
Las respiraciones cada vez más sincronizadas.
—Tina —susurró él, apenas un murmullo.
Ella giró la cabeza, encontrándose con su mirada.
No había palabras que hicieran falta.
Solo ese silencio cargado de todo lo que llevaban conteniendo.
Nico levantó una mano, rozándole el rostro con cuidado, como si temiera que desapareciera si la tocaba demasiado rápido.
Tina apoyó su mano sobre la de él, y en ese gesto, el mundo se encogió.
El beso llegó sin aviso, pero sin duda.
Fue lento al principio, casi una caricia, luego más profundo, más real.
Un beso que sabía a promesa, a todas las veces que habían querido hacerlo y no se habían atrevido.
Las manos se buscaron, el sofá se volvió demasiado pequeño, la película completamente irrelevante.
Las risas se mezclaron con susurros, los besos se volvieron más urgentes, y el aire se llenó de algo que ninguno de los dos supo cómo detener.
Los besos se volvieron más profundos, más urgentes.
Nico la atrajo suavemente hacia él, y Tina sintió cómo el corazón le latía desbocado contra el pecho.
Sus manos se movían despacio, explorando el contorno de su espalda, su cintura, deteniéndose cada vez que ella temblaba.
Todo era calor, respiraciones cortas y la certeza de que aquello ya no podía fingirse.
Tina se aferró a su camiseta, tirando de ella sin pensarlo. El roce de su piel era una descarga.
Nico la miró, con los labios apenas separados, la respiración agitada y esa mezcla de deseo y ternura que hacía que todo doliera un poco.
—Tina… —susurró, rozando su frente con la suya—. Dime si quieres que pare.
Ella negó despacio, pero sus ojos tenían algo más que duda: tenían miedo.
Un miedo pequeño, pero real.
—Nico… espera —murmuró, con la voz temblorosa—. Yo… nunca he estado con nadie.
Él se quedó quieto, mirándola, intentando procesar lo que acababa de oír.
—¿Nunca?
Tina asintió, mordiéndose el labio. —Nunca. Y no quiero que sea así… tan rápido. No esta noche.
Durante un segundo, el silencio pesó. Luego, Nico inspiró hondo y le apartó un mechón del rostro con una delicadeza que le desarmó.
—Ey… está bien. —Le sonrió, suave, sincero—. No pasa nada, ¿vale? No tienes que explicarme nada.
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Editado: 17.11.2025