Tina despertó con algo cálido y pesado sobre ella.
Durante unos segundos no entendió dónde estaba. El salón estaba en penumbra, la tele aún encendida con el volumen bajísimo, proyectando luces azules que parpadeaban sobre las paredes.
Tardó un poco en darse cuenta de que el “algo cálido” era Nico.
O, más concretamente, el brazo de Nico rodeándole la cintura.
Estaba recostado medio encima de ella, dormido, con la cabeza apoyada en su hombro y el pelo despeinado, caído sobre la frente.
Tina contuvo la respiración. Se quedó quieta, observándole, sin saber si moverse o quedarse así para siempre.
El corazón le latía tan fuerte que temía despertarle solo con eso.
Pero, como si la hubiera escuchado pensar, Nico se movió un poco y murmuró algo entre sueños.
—Fauschina…
Tina sonrió, apenas un suspiro.
—¿Siempre hablas dormido o es que hoy te has pasado de dulce? —susurró, divertida.
Él abrió los ojos lentamente, con esa mirada somnolienta que mezclaba desconcierto y ternura.
—¿Qué hora es? —balbuceó.
—Ni idea. Pero diría que las tantas. —Tina señaló la ventana, donde apenas entraba una franja de luz azulada del amanecer.
Nico se incorporó un poco, aún medio dormido.
—Nos quedamos fritos… —dijo con voz ronca, pasándose una mano por el pelo.
—Ajá. Y te has quedado encima mío, por si no te habías dado cuenta —bromeó ella, aunque sin moverse un milímetro.
Él arqueó una ceja, sonriendo.
—Podría haber sido peor. Podría haber roncado.
—No lo digas muy alto, que no estoy segura de que no lo hayas hecho —replicó Tina, riendo en voz baja.
Se quedaron así, mirándose a poca distancia, con la manta todavía cubriéndolos y el aire cargado de ese tipo de intimidad que no necesita palabras.
Nico alzó una mano y le apartó un mechón de pelo del rostro.
—Estás preciosa —murmuró, con una sinceridad que la dejó sin respuesta.
Tina tragó saliva.
—No digas esas cosas recién despierta, que me da un infarto —bromeó, intentando disimular el rubor.
Pero él seguía mirándola, con esa calma que le desarmaba por completo.
Y durante un momento, el mundo volvió a detenerse.
Pero él seguía mirándola, con esa calma que la desarmaba por completo.
El silencio entre los dos se hizo más denso, casi tangible, como si el aire mismo contuviera la respiración.
Nico bajó la mirada apenas un segundo, como buscando el valor para decir algo que llevaba tiempo guardándose.
—¿Sabes? —murmuró al fin, con voz ronca de sueño y de algo más profundo—. He imaginado esto más veces de las que debería.
Tina parpadeó, desconcertada.
—¿Esto…?
—Sí. —Él sonrió, casi avergonzado, y le acarició la mejilla con el pulgar—. Despertar contigo así. Tenerte tan cerca. Pensar en cómo sería abrazarte… o besarte. —Hizo una pausa, dejando escapar una pequeña risa nerviosa—. Pero ninguna de esas veces se parecía a esto. Esto es mucho mejor.
Tina sintió que el corazón se le disparaba. No por las palabras, sino por cómo las dijo: sin filtro, sin el tono juguetón que usaba para disimular, sin la armadura del humor que solía ponerse.
Era Nico, de verdad.
—No digas esas cosas recién despierta, que me da un infarto —intentó bromear, aunque la voz le tembló un poco.
—Entonces no respires —susurró él, con una media sonrisa—, porque pienso seguir diciéndolas.
La frase la pilló tan desprevenida que solo pudo mirarle, sonrojada, con una mezcla de nervios y ternura.
Nico se inclinó apenas, lo suficiente para que sus frentes se rozaran.
—Llevo tanto tiempo queriendo esto, Fauschina… que ahora que lo tengo, no quiero ni parpadear por miedo a que desaparezcas.
Ella cerró los ojos un instante, sintiendo cómo el calor de su voz le recorría la piel.
—No voy a desaparecer —susurró.
Nico sonrió despacio, sin apartar la mirada.
—Menos mal —murmuró—, porque no pienso moverme de aquí todavía.
Tina soltó una pequeña risa, nerviosa y dulce, mientras él volvía a acurrucarse a su lado, abrazándola por la cintura.
Se quedó un momento en silencio, procesando todo lo que él acababa de decir.
Sentía el corazón golpeándole el pecho, como si de pronto la noche se hubiera llenado de todas las palabras que nunca se habían atrevido a decir.
—Nico… —susurró, con una mezcla de timidez y curiosidad—. ¿Desde cuándo… te gusto?
Él soltó una risa breve, bajando la mirada, como si no supiera por dónde empezar.
—¿Quieres la verdad o una versión menos vergonzosa?
—La verdad. —Tina le miró con una media sonrisa—. Siempre la verdad.
Nico suspiró y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, mirándola de reojo.
—Supongo que hace mucho… pero desde que tenias trece soy consciente.
—¿Trece? —repitió ella, sorprendida—. ¿En serio?
—Sí. —Él sonrió, con un brillo divertido en los ojos—. Yo tendría dieciséis, y fue en el cumpleaños de Lucas. Te pasaste toda la tarde intentando que tu tarta no se cayera mientras los demás hacíamos el tonto en el jardín. Tenías el pelo recogido de cualquier manera, una camiseta enorme y unos auriculares puestos, como si el resto del mundo no existiera.
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Editado: 17.11.2025